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Una vuelta por el Reichstag

por • 1 diciembre, 2012 • Actualidad, AlemaniaComentarios (0)2050

Rueda la carne picada en su mayor esplendor –bien aliñadita de ajo y perejil– por uno de los buques insignias del penar económico y moral: el Parlamento alemán o el Reichstag. A su tribuna de invitados llegó la Señora Albóndiga, deseando verse en un cara a cara con la ‘otra’ señora -la del manojito de primas de riesgo, Madonna de la intervención y luterana de pro- Ángela Merkel, el pasado 21 de noviembre, en plena duda sobre la deuda griega y con un Ministro de Finanzas sin dormir hasta las cinco de la mañana, de reunión a teléfono (y Casio de las guays en mano), por precisar de una vez por todas cuánto tendrá que pagar el contribuyente alemán por unas botellas de Ouzo y los Mercedes flotando hacia los concesionarios Helenos.

A las 11:30 horas estaba estipulado que la Canciller diera inicio al show. De colosal verticalidad era la entrada norte al edificio, donde nuestra Albóndiga fue introducida media hora antes al santuario político (mezcla de hormigón, cristales punzantes y roca bombardeada) que en la fecha estaba poblado de periodistas, colegios de visita, una delegación ministerial medio achinada del Azerbayán, y unos señores de frac muy rudos ejerciendo de ujieres del Reich (uno sustituía el vaso de agua en el atril de los discursos con tal parsimonia y elegancia que aquello parecía más bien el podio de Sissi emperatriz). Como la Señora Albóndiga entraba allí casi vía vaginal, de mano de un amante de verano que escribe informes en sus ratos bodrio, no tuvo que aportar prácticamente identificación y ni siquiera pasó el bolso por los rayos. Lástima –dirán muchos– un petardito, una banderola, una reclama… algo, ¿no? Pues nada de salsas, no.

Debate bajo el acero

La criminalidad única que nuestra simpática amiga se atrevió a cometer fue el hacer fotos desde el móvil, a escondidas, desde aquellas butacas azules, de absoluto respeto y silencio, donde los privilegiados abrían la boca a ratos, otros hablaban por Wasup desde las rodillas y en general se miraba mucho al techo. Mirar sin remedio a esa cúpula de Norman Foster donde el turista pasea maravillado, repitiéndose a mudas la panacea de sociedad que es la alemana, y que pocos (excepto los que están en el ajo) saben que por dentro le cuelga una especie de aguja que apunta igual que un cañón de la Guerra de las Galaxias, hacia el centro del salón de plenos o el culo del poder, amenazando a cualquier díscolo con partirle en dos de un corte muy limpio.

De fondo, el águila, un gigante de acero alemán, con las alas a punto de arrasar y un pico del que se imagina uno a cuatro o cinco colgando en medio de la selva, tipo King Kong, hace a los hombres excesivamente pequeñitos. A estas alturas, la albóndiga hacía ya auténticos esfuerzos por superar su miedo a convertirse en picadillo de matanza.

El líder del SPD, Peer Steinbrück, un tipo que se sospecha se levanta una pasta al margen de su puesto como diputado de la oposición –en plan “conferencias”– , bablotea como un perro de esos con carrillos suaves y colgantes, y boca caída hasta el sopor más insoportable al humano, maldiciendo la falta de precisión del partido en el gobierno y su desconfianza de las cuentas griegas.

En realidad, nadie le está haciendo caso; escasamente le aplauden desde las butacas de la fracción roja. La Señora Albóndiga puede ver desde su asiento superior los atriles con el periódico desplegado, algunos Ipads, y a uno que está enviando mensajes también desde la rodilla…Y los 21 minutos de Steinbrück, anunciados en paneles electrónicos a cada lado de las alas del aguilucho, se convierten en horas estériles a este universo.

Merkel, una estrella galáctica

Y entonces le tocó el turno a ella. Sus diputados comienzan a aplaudir como si de Michael Jackson resucitado se tratara. Toda una ovación al nivel de un perfil galáctico. Minutos antes, una asesora de partido le había pasado una carpeta amarilla: Merkel miró su interior y medio sonriendo se la pasó al Ministro de Exteriores, dos butacas a la derecha. Guido Westerwelle, ese apuesto madurito del partido liberal, abrió la carpeta con las gafas a medio recorrido de la nariz, sonrió victoriosamente a la jefa y se relajó curvado en su asiento mientras el líder de la oposición languidecía al término de su intervención. “Ahí está nuestro auténtico destino”, pensó la Albóndiga, “en la carpeta puede estar el informe   de una agencia de calificación sobre todo el sur de Europa o, más probablemente, las satisfactorias últimas cifras de exportación de la industria alemana”. Vaya usted a saber.

También la Albóndiga aprecia cuánta amabilidad candil, casi pueril, hay en esa líder europea, la misma que se levanta y, tras la ovación, comienza a bufar… y mucho mejor que su contrincante. Viste una chaqueta marrón de tartán muy fino sobre fondo negro, hoy está especialmente elegante. “Éste es el mejor gobierno de la historia de Alemania” – suelta en su primer asalto. La tribuna del CDU da palmas extasiada. Menciona como un disco rayado la palabra “Solidarität”, para justificar la ayuda a los países empobrecidos, cuando en realidad de lo que se trata es de mantener un mercado europeo que compre los productos alemanes. Y la señora Albóndiga allí, tragando saliva aterrorizada por la contundencia de Frau Merkel, bajo el aguilucho, la galactita de Foster y rodeada de los señores del frac.

Los miembros del Gobierno no pueden jalear ni expresar la más mínima emoción ante la performance de su jefa, en señal de que el Ejecutivo es un mero invitado a la institución soberana del pueblo. Pero ¿quién manda más realmente? –se pregunta nuestra invitada. Las tribunas de invitados son seis lanzaderas, en semi círculo frente al centro de la acción. Se tiene sólo una hora, totalmente cronometrada por los ujieres, pero suficiente para apreciar la dureza allí contenida. Existe también el reflejo de ese espíritu de austeridad tan patrio: simples grises y azules, sin adornos, y el registro de lo allí hablado por un cuerpo de taquígrafos que funciona sólo con boli y en turnos de cuatro.

Túneles, cárceles y Kinderbuffet

Los pasillos que llevan del Salón de Plenos a las oficinas de los parlamentarios muestran las antiguas paredes agujereadas por la metralla en la Batalla de Berlín. Más emocionante que en ninguna otra zona del edificio es ver las pintadas de soldados rusos y americanos hechas aquella primavera del 45, lo que confirma cómo Alemania es la reina en esta disciplina: conservar y mostrar antes que olvidar y repetir.

Recuperada un poco del susto del debate, nuestra protagonista tiene ganas de meterse en miga de pan con sopa. Conoce uno de los túneles principales del Reichstag a la Paul-Löbe Haus (no será el primero en unir los distintos edificios del distrito gubernamental, pero sí el más moderno, ya que hay algunos que parecen simplemente cuartos de contadores).

El autoservicio para comer es visible desde el Spree por sus famosas lámparas de colores, que de cerca parecen una broma de mal gusto porque asemejan chupetes. El diseño es del cubano Jorge Pardo, que también parece haberse reído un rato largo al inventar para el restaurante unas pequeñitas sillas de madera con rayajos de más colores, como si en lugar de un comedero para señores parlamentarios aquello fuera un Kindergarten. Precios muy asequibles y un ambiente casi de MacDonalds, mientras la Señora Albóndiga observa a la delegación del Azerbayán pasear al otro lado del cristal, por el río, con guardaespaldas y abrigos muy bien atados a la cintura.

Tras la comida, el anfitrión de la Señora Albóndiga le enseña el hall principal de la Paul-Löbe, una especie de colmenero de hormigón y más acero que enfrenta diferentes salas de reuniones políticas y donde una serie de pantallas como en un aeropuerto indica las horas y despachos de los encuentros del día. Tanta actividad da miedo, más que gracia. Se dirigen posteriormente al complejo del Jakob Kaiser, donde hay más de dos mil empleados al servicio de partidos y diputados. “También a lo grande” –piensa la invitada. Los despachos confluyen en torno a una escalera central a modo de corrala, construida de maderas y más cemento, con algún patio interior e instalación artística de hormigón, a veces partido, otras representando una escalera que lleva a ninguna parte pero sirve para tapar el sistema de ventilación.

Sí, hay mucho arte contemporáneo, tanto fotografía, como instalaciones, por todos los edificios, y de creadores alemanes; pero poco supera las trazas de tiza de los soldados. La Señora Albóndiga siente pena por los asistentes políticos, trabajando en ese tétrico plan de corrala, igualito que una cárcel, con las puertas a cada lado y en masa. Al fin es tiempo de salir de allí, casi corriendo, y reflexionar en la calle, abarrotada de turistas felices, y donde el pueblo vive, suspira, o lucha. Nuestra protagonista vuela hacia su dulce hogar respirando hondo cuando se topa con los manifestantes por los derechos de los refugiados políticos muy cerca. “Imposible” –se dice–, “está claro que tanto hormigón impide ver ni escuchar lo que ocurre fuera”.

La Señora Albóndiga para Berlín Amateurs © diciembre 2012

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