Crónicas maricas #16: Vacaciones en el mar I

por • 16 julio, 2019 • Actualidad, Crónicas maricas, CULTURA, Sexualidad, SociedadComentarios (0)1397

El invierno en Berlín puede a veces llegar a hacerse eterno. Por eso muchas maricas alemanas procuran escaparse a la isla de Gran Canaria a pasearse ataviadas de vaporosos pareos por las dunas de Maspalomas. Mientras tanto, a otras nos toca conformarnos con el recuerdo del sol, el mar y de nuestras últimas vacaciones embarcadas en un crucero… un crucero gay. En dos entregas explicaré, con todo lujo de detalles, uno de los viajes más inolvidables de mi vida, mi experiencia cruzando el mar de la locura. El crucero de La Demence.

Creo que todo maricón liberal y moderno debería hacer un crucero gay. De hecho, considero que debería estar subvencionado por la Seguridad Social, por nuestra salud mental. Porque es allí donde uno se libera, goza, se ríe y disfruta sin que nadie le mire de reojo o le insulte. Sin preocupaciones ni prejuicios.

La Demence es un nido de locas, una tira de marabú surcando los mares, una aventura inolvidable que empieza el mismo día de la reserva del camarote. Nervios, pelucas, tacones, vestidos de señora del Humana, dieta y largas sesiones en el gimnasio… que no sirvieron de nada.

El trayecto del barco y el tipo de camarote no es lo importante de la experiencia. Eso da igual. Seamos sinceros: lo realmente importante son los 2500 maricones borrachos y drogados encerrados en el mismo recinto con ganas de follar y pasarlo bien. Considero que lo ideal sería que el barco se quedara a unas diez millas de la costa y que un barco-ambulancia diera vueltas para atender los posibles accidentes y/o casos de sobredosis grave. Sin duda alguna tendría más éxito que visitar Marsella o desembarcar en Nápoles y que te metan dos horas en un autobús sin aire acondicionado rumbo a Pompeya (verídico).

El crucero de la Demence gira en torno a las diferentes fiestas que se organizan cada día… y nuestra historia empieza en una de esas fiestas. En el «cóctel del capitán». Aquel día, mi amigo Fernando y yo nos imaginamos, por el nombre y la localización (el «piano bar»), un evento serio y selecto. Una bienvenida en petit comité con el comandante del buque.

Para tal ocasión tan especial con semejante autoridad marítima, se nos ocurrió travestirnos con nuestras mejores galas. Él, mi amigo Fernando, lucía una peluca larga pelirroja y vestido corto negro de lentejuelas, muy de noche; y yo, una peluca rubia de media melena y vestida de azul, algo más comedida y formal. Nuestros outfits eran totalmente opuestos. Éramos como Kate Moss e Isabel Tocino cogidas del brazo saliendo del Space de Ibiza. La pura antítesis.

Cuál fue nuestra sorpresa al llegar al piano bar que el evento había cambiado de localización, y que en su lugar se celebraría de forma multitudinaria en la terraza de la cubierta principal. Pues allí que fuimos cargadas de bolso, tacón y abanico. Paseando por la cubierta bajo un sol de justicia, pintarrajeadas y con 40°. A nuestro alrededor, cuerpos musculados enfundados en minibañadores de slip y caras de desconcierto al vernos. Allí no pegábamos ni con cola ¡Que ridículo, por Dios! Yo me quería morir…

—¡Fernando!, ¿qué hacemos?, ¿crees que deberíamos bajar al camarote a cambiarnos?

—¡Tira! ¡Ahora ya está hecho!

Apechugamos… y una hora después, tras dos botellas de vino rosado y víctimas de una intoxicación etílica de caballo, contoneábamos nuestros cuerpos encima de una de las tarimas. Como testigo de todo, el vídeo de promoción en el que nos dieron varios primeros planos. Tras la fiesta, que no duró toda la tarde, se celebró en el comedor principal una cena de gala, a la que la gente se presentaba totalmente perjudicada, travestida o semidesnuda. Todo muy de taberna y de caverna, de locura y desatino. Tras el bufé y un receso, fuimos a los camarotes a prepararnos, pues aquella misma noche se celebraba una de las fiestas grandes del crucero, la famosa fiesta fetish.

Para tan singular celebración, yo, con el objeto de dejar el pabellón de Berlín en lo más alto, me había preparado un outfit de látex rojo y negro de pies a cabeza, con botas militares y fusta incluida. Todo un despropósito ante los 30° de temperatura ambiente de aquella noche de agosto. Pues el látex, al no transpirar, provocó un exceso de sudor que hizo que me fuera dando tirones todo el tiempo para evitar que se me escurrieran los leggings al andar.

Con tan mala pata, que en uno de los tirones me quedé con el culo al aire y un pedazo de látex en la mano. Tuve un desgarro plástico. Con semejante panorama, el ambiente y el pedo que llevaba, decidí quitarme la ropa y dejarme perder desnuda por la cubierta de popa, llevando luz a la oscuridad.

La cubierta de popa era uno de los lugares más concurridos del barco al caer el sol, porque allí entre el rocódromo y las pistas de tenis, se montaba con hamacas apiladas un cuarto oscuro al aire libre. Había tal cantidad de cuerpos que al final resultaban una sola estructura, una sola masa, un cerebro sexual lleno de surcos, giros, gemidos y hendiduras. Un conglomerado de éxtasis y orgasmo sobre césped artificial. Una penitencia para mis rodillas.

Y allí, en un momento de lucidez, conocimos a Luis, un madrileño cuarentón funcionario de prisiones y adicto a la ketamina. Luis nos contó que llevaba peluquín y que nunca falta a ninguno de los cruceros. Una usuaria experimentada. También nos relató que era amigo íntimo del organizador y que las mejores fiestas no se celebraban en la cubierta del barco, sino en las suites de popa.

Fue así como, después de aquella fiesta y tras cambiarnos, acabamos en la 1010 (la «diez-diez»), la suite presidencial. La suite en la que aquel año se montarían las mejores fiestas privadas. Aquel camarote de lujo pertenecía a Pier, un chico belga negro que, según nos dijeron, provenía de una rica familia del Congo. Lo supe por Rafa, camello de esteroides y mi compañero de camarote de aquel año. A Rafa lo conocí ese mismo día; me lo había asignado la organización para compartir cabina.

En la 1010 había de todo y para todos. Por allí parecía que había pasado un tornado; cuadros descolgados, la moqueta arrugada y un olor intensísimo a poppers y a tabaco impregnaba el ambiente, el cual se podía cortar con cuchillo debido al calor y la humedad allí reconcentrados.

La suite constaba de dos espacios: por un lado, el salón con una mesa ovalada con un bufé de polvos diferentes y colores estridentes. Y, por el otro, una zona de sofás, donde dos travestís contaban su vida mientras un señor de edad avanzada bailaba y otros personajes bebían y escuchaban. En un rincón, un bulto dormía/yacía en el suelo.

En lo que se supone que era el dormitorio principal, había un colchón atiborrado de cuerpos apilados. Unos colapsados, otros follando, otros mirando y otros… ni se sabe. Y de fondo, en medio de aquel barullo… mis amigas haciendo una performance de Mayra Gómez Kemp y Lidia Bosch imitando un número del famoso concurso de TVE de los ochenta Un, dos, tres, del maestro Ibáñez Serrador. ¡De psiquiátrico!

En el balcón, Mustafá, un egipcio de pito kilométrico, esperaba a ser mamado, mientras un revoltijo de señores travestidos subidos en tacones follaba mirando al horizonte. Ajenos a todo aquello, los prácticos del puerto que amarraban unos metros más abajo el buque, y Pier… el dueño de la suite, que miraba con ojos aletargados el ambiente del puerto de Palermo en el que acabábamos de atracar.

Pepe Müller para Berlín Amateurs © julio 2019

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