La palabra nostalgia viene del griego nóstos (regreso) y álgos (dolor). En alemán se usa Heimweh, “dolor de hogar”, o Sehnsucht, “padecer de anhelo”. En español usamos “añoranza”, que proviene del verbo ignorare. Añorar es no saber qué pasa lejos, ignorar cuánto del mundo conocido perdura y cuánto se nos escapa como arena entre los dedos.
Asociamos el dolor del regreso a su ausencia, al deseo insatisfecho de un hogar platónico. Pero ¿y si el verdadero dolor se encontrara en el acto mismo de regresar? ¿Y si lo que más nos duele al añorar fuera no saber qué ocurrirá cuando volvamos?
En los relatos clásicos, el héroe regresa transformado para salvar a su pueblo. Aun sin la promesa de gloria, retornar sigue siendo lo lógico, lo correcto, lo natural.
Milan Kundera, en La ignorancia, relee la Odisea como el gran mito de la nostalgia: Ulises elige volver con Penélope antes que quedarse con Calipso, a quien amó durante más años y con quien construyó una vida de alegrías. La cultura decidió que ese era el final noble, y nuestro imaginario colectivo así lo ha interiorizado.
Hemos interiorizado la idea de que la vida es un relato que debe volver al punto de partida para encontrar su sentido. Pero cuando retornamos no volvemos al principio, entramos en otro capítulo. Quizás el problema de esta manera de narrarnos sea esperar que el regreso traiga estabilidad en vez de transformación.
¿Pensando en el retorno?
La idea del retorno es parte de la experiencia migratoria (escucha nuestro podcast en COSMO ¿Volver o no volver a mi país?). Para unos como deseo; para otros, como amenaza. A veces como fantasía, otras como plan. Algunos se van con fecha de regreso; muchos “nos fuimos quedando”; y otros (no pocos) carecen, desgraciadamente, de un lugar seguro al que volver.
Llegamos hambrientos de mundo. Vivimos, nos adaptamos, evolucionamos. A veces conseguimos lo que buscábamos; otras, algo distinto. En algún momento nos asentamos sobre una meseta y disfrutamos el horizonte conocido, hasta que aparece la pregunta: ¿y ahora qué? Cambiar de casa, de trabajo, tener un hijo, escribir un libro, plantar un árbol… o preparar el retorno. La vida nos empuja hacia otra etapa.
Si elegimos quedarnos, el duelo migratorio se reactiva. Sentimos la necesidad de integrar con más fuerza la cultura de origen en nuestro proyecto vital. Nos da por apuntarnos a asociaciones, colectivos, clases de tango, salsa o flamenco (cada uno con la suya). Es una forma de reconciliar el yo de origen con el yo conquistado.

Quienes deciden volver no lo harán de inmediato. Las condiciones externas suelen actuar como detonantes: una enfermedad, una ruptura, la pérdida de empleo… pero también oportunidades que se presentan en el lugar de origen. Si hay que empezar de cero, mejor hacerlo de vuelta.
Y, de nuevo, la misma pregunta: ¿vale la pena? Solo podemos intuir una respuesta. Nos toca aceptar que todo cambio significativo conlleva pérdidas y que todo duelo implica sufrimiento. Como escribió la poeta Idea Vilariño: “Vuelvo, como se vuelve siempre, sin saber”. Y es que plantarse al borde del “¿qué pasará?” da vértigo.
El choque cultural inverso
El retorno se vive como otra migración. El choque cultural inverso es el proceso de reajuste psicológico dentro de nuestra cultura de origen. Si el regreso es “voluntario”, suele iniciarse con una fase de luna de miel, repleta de ilusión por construir algo nuevo con lo aprendido fuera. Después de este periodo de idealización aparece el malestar asociado al choque con la realidad: frustración, nostalgia (ahora del lugar que dejamos), soledad, dudas, decepción y mucha ambivalencia.
Primero, el tiempo ha pasado para todos. Las amistades tienen otras rutinas, dinámicas y prioridades. Y si el mundo ha cambiado, nosotros más. Ya no encajamos en la foto que conservábamos en la memoria. La imagen del “hogar” se mantuvo estática a través de visitas vacacionales y recuerdos selectivos. Ahora nos toca habitar una realidad dinámica e incierta.

También las expectativas sobre nosotros mismos pueden estar desajustadas. Volvemos pensando que seremos un pequeño Ulises con currículum hasta que la realidad laboral, social o económica nos coloca en nuestro sitio (uno carente de épica). No porque lo aprendido no valga, sino porque el contexto es otro y no vamos a cambiarlo. Somos nosotros quienes tenemos que adaptarnos a él. Otra vez.
¿Qué echamos de menos al volver?
Mejores condiciones laborales, amistades que hicieron de familia, lugares que se volvieron propios… Muchas veces las pérdidas son el reverso exacto de aquello que buscábamos recuperar. Solemos volver con el deseo de una sociedad más colectiva, más “amable”. Ya de vuelta echamos en falta la libertad del anonimato y la comunicación directa. Llega el calor sofocante del verano y añoramos el cielo nublado. Volvemos a acostarnos con el estómago lleno de croquetas y (sorpresa) qué conveniente era el Abendbrot a las siete de la tarde…
Uno de los puntos más delicados es la distancia que podemos sentir en relaciones que creíamos cercanas. Necesitamos que nos vean como quienes somos hoy, pero ese reconocimiento debe ser recíproco. Para reconectar tenemos que conocernos de nuevo; a veces ese proceso solo confirma la distancia, otras (por suerte) nos arraiga.

Identidad en espiral
Volver puede hacernos sentir extraños en el lugar del que somos. Extraños en nuestro propio ser. Si la cultura es para el ser humano como el agua para los peces, no esperamos ahogarnos allí donde aprendimos a nadar.
T. S. Eliot escribió: “Y el final de toda nuestra exploración será llegar a donde empezamos y conocer el lugar por primera vez”. La experiencia migratoria transformó nuestra manera de ver el mundo. Me gusta entender el tiempo no de forma lineal ni circular, sino como una espiral: volvemos al mismo punto, pero miramos desde otra altura.
Nuestro inconsciente colectivo (condicionado por un sinfín de mitos e historias) entiende el retorno como la llegada definitiva a la estabilidad. Pero el mundo no deja de dar vueltas, ni nosotros con él. La realidad cambia y nuestra identidad evoluciona. El retorno cierra una etapa, no la aventura. Ya de vuelta, nos tocará reinventarnos allí donde nos prometieron la calma del hogar y escribir la parte del viaje que nadie nos contó.
Próximo Debate Berlinés: El Miedo
Una emoción que nos influye más de lo que estamos dispuestos a admitir. Buena consejera, fatídica directora. Comprenderla hoy es una forma de resistirnos a la manipulación.
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