LA VISIÓN BRITÁNICA: ALEMANIA – RECUERDOS DE UNA NACIÓN
Pendiente, en suspenso, el curso de una nación que hasta hace poco ni lo era. Una que, como reza el compendio del astrolabio alemán de 1526, sabe de sobra cómo “el tiempo pasa” y “la muerte es el umbral a cruzar”. La que, pese a estar en el corazón de Europa, con más fronteras a países que ninguna otra, es de “geografía e historia totalmente inestables”, tal y como apunta Neil MacGregor, primer comisario de la muestra Alemania, recuerdos de una nación, en el Museo Martin Gropius Bau —a escasos cinco metros de los antiguos cuarteles generales de la Gestapo y del también mortal muro comunista— hasta el 9 de enero y consistente en doscientos objetos ilustrativos de la difusa identidad alemana.
- La hija del artista alemán más valorado en la actualidad, Gerhard Richter, mira hacia una de las obras de su padre, dándonos la espalda. La ambigüedad del gesto simboliza el paso entre generaciones, el drama y la historia de un país, entre la aceptación o el rechazo del pasado, y con la vista puesta en el futuro. Richter nació un año antes del III Reich nazi en Dresde y escapó de la República Democrática Alemana solo dos meses antes del cerco de Berlín
- Una de las imágenes de Lutero, fundador de la iglesia protestante, es esta de Lucas Cranach el Viejo, de 1526. La obra es un retrato del fraile tras su boda con la joven Catalina de Bora, con la que llegó a tener seis hijos, y una elocuente crítica al celibato católico
- Uno de los objetos más impresionantes de la exposición es la escultura de bronce de Ernst Barlach: un ángel colgando, en pendiente, con la boca y los ojos cerrados. Barlach la creó en 1926 para la iglesia de Güstrower como memorial antibélico. La cara es una reminiscencia de la artista Käthe Kollwitz, que perdió a su hijo en la guerra en octubre de 1914. Representa el dolor de todas las madres. La escultura original fue asimismo destruida por los nazis en 1937
Quizás el más estremecedor de todos es la escultura Schwebender, o el ángel de bronce en suspenso. Su creador, Barlach, creyó una vez, como tantos, en la gloria de una Primera Guerra Mundial para Alemania, quedando posteriormente horrorizado ante la carnicería y el fracaso que supuso la misma. Movido por un empeño antibelicista, diseñó la figura colgando en el aire, ciega y tiesa de dolor, en la catedral protestante de Güstrow, invitando con ello al Erinnerung und innere Schau (la memoria y la reflexión interior), hasta que los nazis la derritieron, paradójicamente, para convertirla en material de la siguiente guerra de millones de víctimas, en 1937.
Dos años después de la destrucción del ángel Schwebender algunos de los amigos del escultor, ya fallecido, junto a un galerista con contactos entre las autoridades nazis, localizaron el molde de la escultura, creando una idéntica que permaneció escondida hasta 1951, cuando el país vivía un nuevo drama por la separación comunista. Una fría mañana de febrero, en 1981, ambos de sus mandatarios, Helmut Schmidt y Erich Honecker, inauguraron la réplica juntos, acción entonces simbólica de un futuro próximo, al fin unidos. El ejemplo de una pieza de bronce destruida y actualmente recuperada, y su relación con diferentes estadios de la historia e ideales del país, sirve para ilustrar lo que Georg Baselitz, artista de la bandera deshilachada y el águila boca abajo en la muestra, siente: “Al final nunca puedo escapar de Alemania, ni evitar ser alemán”.
Integra la exposición más memorable relativa a un Sacro Imperio Romano Germano que Napoleón se fundió —están la antigua corona del emperador, así como el sombrero que el francés olvidó en su huida de Waterloo—, a ciudades que ya son de otros países como Königsberg o Bohemia (Praga), o también a la imaginación nacional del Romanticismo (en los cuadros de Caspar D. Friedrich o Carus, el paisaje siempre es organismo viviente, y quizás conciencia primera de un país muy atento hoy a lo medioambiental). Se ven monedas de los más de doscientos antiguos monarcas, así como mapas de aquella ruta comercial hanseática, con Hamburgo a la cabeza, que es razón del nombre de la aerolínea nacional Lufthansa.
- El grabado de Alberto Durero de un rinoceronte en 1515 se muestra en la exposición junto a una gigantesca versión de porcelana blanca de Johann Gottlieb. Ambos representan los dos logros tecnológicos y artísticos del mundo alemán: la impresión moderna y la invención de la porcelana. La porcelana fue re-inventada a principios del siglo XVIII en Meissen, la imprenta de Johannes Gutenberg apareció en el siglo XV
- Este compendio con astrolabio (1596) de Johann Anton Linden es de los mejores instrumentos científicos de la primera modernidad. Es tan grande como un lector de libros electrónicos, además de reloj mundial y GPS en uno. Grabado en el objeto: “El tiempo se está acabando. La muerte es el umbral a cruzar”
- Una de las pinturas más populares en Alemania es la de Tischbein —en esta muestra exhiben la copia realizada por Karl Bennert en 1849— del Dante, Cervantes o Shakespeare alemán, Johann Wolfgang von Goethe, durante su primer viaje a Italia en 1786
Impresiona una sala entera solo dedicada a los grabados de Durero o el ver una cabeza de caballo original de la Puerta de Brandeburgo. En otros rincones de la exposición, las primeras ediciones del Manifiesto Comunista de Marx, unas fantásticas litografías del modernista Hugo L. Braune relatando Las Valkirias, el “Escarabajo” de Volkswagen o el primer Mercedes.
Finalmente, objetos representativos de los periodos más críticos del país son un traje de neopreno utilizado para huir a la República Federal Alemana, y la inscripción al frente del campo de concentración de Buchenwald, a las puertas precisamente de Weimar (la ciudad de Goethe y Schiller, de Nietzsche, Bach y la Bauhaus). Según las estimaciones, aproximadamente 56 000 personas murieron allí en 1945, no sin pasar antes por una cita que rezaba “A cada uno, darle lo suyo”.














Hola!
Me ha llamado mucho la atención este artículo porque me estoy leyendo el libro y no sabía que había una exposición al respecto. Lo que me ha hecho preguntarme ¿Es el libro de Neil McGregor una guía a la exposición?
Sea como sea, el libro es una pasada y me ha hecho comprender muchísimo el país donde vivo. Ojalá pudiera escaparme unos días a Berlin para ver la exposición.
Un saludo!