Moscas, del mexicano Fernando Eimbcke, se estrenó el jueves 19 de febrero en la Berlinale 2026. Es la única película en español en la competición oficial del festival.
A simple vista Moscas parece ser un título que no necesariamente responde a la historia que retrata, pero si se observa un poco más, las moscas pueden ser tan molestas e inoportunas como lo son la soledad, la enfermedad o el dolor, algunos de los temas que atraviesan esta cinta. Se trata de la quinta película del director mexicano Fernando Eimbcke, que se estrenó el jueves 19 de febrero en el Festival Internacional de Cine de Berlín.
En Moscas, Eimbcke (Temporada de patos, 2004; Club Sandwich, 2013; Olmo, 2025) recorre uno de los territorios más complejos del cine contemporáneo: el dolor íntimo, ese que no se grita ni se explica del todo, sino que se habita, y lo aborda desde un humor discreto que atenúa —sin negar— el trasfondo doloroso de la historia.
Rodada en blanco y negro, la película sigue a Cristian (Bastian Escobar), un niño obsesionado con el juego de arcade Cosmic Defender Pro que viaja con su padre (Hugo Ramírez) a Ciudad de México porque su madre está hospitalizada a causa del cáncer. Con recursos escasos, el padre alquila un cuarto en la casa de Olga (Teresita Sánchez), una mujer mayor, ermitaña y aparentemente indiferente al mundo que la rodea. A escondidas, introduce al niño en la habitación hasta que la dueña los descubre. Aunque a regañadientes, Olga permite que el niño se quede en su casa, pero solo por unos días. Obligado por las dificultades económicas, el padre de Cristian debe regresar al trabajo; por ello decide dejarlo en casa de Olga. Es durante esa breve convivencia cuando el niño comienza a operar, casi sin proponérselo, como un catalizador que quiebra su prolongado aislamiento.

Los actores Teresita Sánchez y Bastian Escobar en Moscas de Fernando Eimbcke © Kinotitlán
Moscas es una película de metáforas. Las moscas que evoca Eimbcke en su título representan ese elemento no deseado en la vida de los personajes, mientras que el juego de arcade Cosmic Defender Pro funciona como metáfora del duelo: una batalla desigual entre fuerzas que luchan por permanecer. En la imaginación de Cristian, el juego le permite pensar la enfermedad, negar la derrota, ensayar una victoria imposible. No es casual que Olga conozca ese mismo juego y que, a través de él, se revele una herida de su propio pasado. En la película no hace falta hablar del dolor, porque este se reconoce claramente en sus personajes.
Eimbcke no busca narrar la enfermedad ni la muerte como acontecimientos principales, sino observar cómo se filtran en la vida cotidiana y transforman silenciosamente los vínculos. En sus intentos por visitar a su madre, Cristian va al hospital y termina haciéndose amigo de algunos trabajadores del lugar, quienes, aunque no pueden permitirle entrar a verla, responden con una empatía silenciosa y constante. Esa humanidad discreta —hecha de pequeños gestos— es correspondida por Cristian sin que él mismo lo sepa, en un intercambio que revela una de las ideas más entrañables de la película: la solidaridad como un acto cotidiano y no heroico.
Eimbcke construye así una película de silencios, miradas y pequeños actos de ternura que emergen en medio de la adversidad. El dolor nunca se subraya, pero está siempre presente, como un zumbido persistente —como las moscas del título— que rodea a los personajes. Sin embargo, hay escenas de humor y momentos de calidez inesperada que hacen que la historia resulte llevadera, incluso luminosa por instantes.
Destaca la sólida actuación de Teresita Sánchez, conocida por su trayectoria y su participación en películas premiadas como La camarista y Tótem, ambas de Lila Avilés, así como la de Hugo Ramírez, reconocido actor del teatro mexicano. Pero quien se roba la pantalla es Bastian Escobar, que a su corta edad seduce con su picardía y ternura.
En cuanto a la propuesta estética, el blanco y negro podría funcionar de dos maneras. Por un lado, lejos de estilizar el sufrimiento, la ausencia de color parece amortiguarlo, hacerlo respirable. Funciona como un filtro emocional que atenúa lo doloroso del trasfondo. Por otro lado, en Moscas Eimbcke dialoga con una tradición cinematográfica donde la infancia y la precariedad afectiva se cruzan con el humor y la ternura. La influencia de The Kid, de Charles Chaplin, no es solo estética, sino ética: como en aquel clásico, el niño no es un mero receptor pasivo del dolor adulto, sino un agente capaz de generar vínculos, desarmar corazas y producir emociones en quienes lo rodean.
Eimbcke construye una película que entiende que, a veces, lo único posible frente a la pérdida es sentarse al lado del otro, compartir un silencio, un jugo, unas galletas, y aceptar que incluso ahí —o sobre todo ahí— también existe una forma de comunidad.
Entrevista a Fernando Eimbcke
Berlín Amateurs: ¿De dónde sale Moscas, el nombre de esta película?
Fernando Eimbcke: Era un dispositivo formal en el guion; necesitábamos que el personaje se pusiera en movimiento. Las moscas son ese personaje no invitado: nadie quiere una mosca en su casa. Es lo que hace que la historia avance. Ayudan a construir ese momento en que aceptas relacionarte con la realidad, que es lo que necesitaba Olga. Ella ha construido una coraza y una mosca la ayuda a regresar a esa infancia, a esa niña que perdió en el camino.
BA: ¿Por qué has decidido revisitar la enfermedad, tanto en Olmo como en Moscas, y volver a tocar las relaciones familiares? ¿Qué has encontrado en estos territorios?
FE: Es interesante porque esto no lo abordé antes. En Temporada de patos no hay ese dolor; ahí hay la frustración de Ulises. Fue hasta Olmo que empecé a atreverme a explorar esos temas dolorosos. En el mundo de los guionistas hablamos de las huellas del dolor, que también como escritores tenemos y buscamos cómo abordarlas, pero siempre desde lo humano y desde el humor.
Fue Vanessa Garnica quien me ayudó a meterme en estos temas; creo que solo no podría haberlo hecho. Nos conocemos desde los 14 años, compartimos momentos dolorosos con nuestras familias, pero también compartimos el humor en esos momentos. Para nosotros, el humor fue la manera de encontrar humanidad. Cuando hay humor en la situación más dura, es como ponerse al mismo nivel; la capacidad del humor es vital.
BA: ¿Cómo concebiste a Cristian, el protagonista? ¿Pudo Bastian lograr lo que se buscaba al principio o aportó elementos que terminaron moldeando al personaje?
FE: Él hizo totalmente al personaje; nosotros nos tuvimos que adaptar. No puedes dirigir a un niño como a un adulto. No es que no quiera aprenderse el diálogo, es que en su mundo no hace sentido y no conoce toda la historia. Nunca le dimos un guion. Generamos su interés a partir de acciones y, como el cine se hace con acciones, mi trabajo fue adaptarme a su universo y a su realidad. Él fue cambiando todo el personaje. El acercamiento que tenía con el juego, su mirada, su actitud pícara… podría decir que todo estaba escrito, menos lo esencial.
Por eso fue fundamental que Vanessa Garnica, la guionista, estuviera en el rodaje, lista para adaptar la historia en busca de lo esencial.
BA: De algún modo, Moscas también podría funcionar como una película que muestra la mirada que los mexicanos tienen sobre la muerte y la familia…
FE: Quizá uno lo hace de manera inconsciente. Cada año celebramos el Día de Muertos; tenemos una relación distinta con la muerte porque para nosotros no hay un fin, sino una transformación. Es pasar a otro estado. No es un final, puede permanecer en tu corazón, en tu mente y en tus recuerdos. Para que esas personas que se han ido permanezcan, tenemos que seguir invocándolas.
Termómetro BA
Puntuación
En 3 palabras:
“Moscas” en Berlinale 2026 | Del 12 al 22 de febrero de 2026
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