Crónicas maricas #13: El trampantojo

por • 17 abril, 2019 • Actualidad, Crónicas maricas, Imprescindibles, Internet, Salir, SexualidadComentarios (0)1074

Hace unos días llegó a Berlín el voto que tuve que rogar para poder votar en las próximas elecciones generales. Suena hilarante y humillante lo de tener que utilizar el verbo rogar, cuando según el Artículo 258 de nuestra Constitución: votar es un derecho. Rogar para poder votar, qué mal suena tener que rogar un derecho. Triste, muy triste. El caso es, que, entre las múltiples papeletas de candidatos al Congreso apareció un nombre que me resultaba familiar. Paco, Paco… a secas.

La historia de Paco empieza tan pronto como el falso abolengo del que siempre alardeó, crónica de una familia de marqueses o condes venidos a menos de algún sitio perdido de la Castilla olvidada. Una realidad maquillada de padres trabajadores que se quitaron el pan de la boca para que su hijo estudiara en colegios religiosos donde, además de educarse bajo una estricta doctrina, aprendió despotismo, clasismo e intolerancia. Cría cuervos.

De su paso por el seminario aprendió Paco más de hombres que de letras, dándose cuenta el zagal que lo suyo tiraba más hacia el armario de la sacristía que hacia el altar. Ni cura ni virgen salió de allí el pobre Paco, librándose la Iglesia, gracias a Dios, de otro sacerdote sin vocación.

Fue entonces cuando nuestro protagonista, sediento de importancia e inspirado por una grotesca religiosidad y amor a la patria (franquista), empezó a militar en un partido envenenado, construyendo a su alrededor una catedral barroca con fachada de cartón piedra cubierta de flores de acanto y dorados. Una catedral que esconde en su cripta una verdad que le avergüenza y le atormenta, pues Paco es víctima y a la vez verdugo de su propio prejuicio.

Paco creció en un mundo aislado de la sociedad, un mundo machista de vírgenes y mantos que le provocó, sin darse cuenta, una idea distorsionada de su propio ser, una angustia que le obliga constantemente a avergonzarse de su propia naturaleza y le impide amar libremente. Un prejuicio interiorizado que le ha convertido en un depredador sin escrúpulos, un fascista sexual que humilla y señala con el dedo lo que su intoxicado entorno le ha enseñado como antinatural, un dedo que, sin darse cuenta, señala su propia alma podrida de hipocresía. Homofobia interiorizada.

Damnificado de su propio odio y al no poder disfrutar de forma libre su afectividad, encarcela sus sentimientos e intenta a la vez encarcelar los de los demás, pues la libertad que él no disfruta no la quiere para otros. Por eso, mi Paco siempre estuvo en contra del matrimonio igualitario, de la adopción por parte de parejas del mismo sexo y muy en contra de los derechos de los niños transgénero. Si por él fuera, todos deberíamos estar metidos en su mismo armario. Porque los que no piensan como él ni son patriotas ni buenos cristianos. Sectario.

Paco, el patriota que exhibe con orgullo su bandera, se esconde de sí mismo en fríos garajes en los que practica sexo que organizaciones ultrarreligiosas y ciertos foros consideran prohibido. Organizaciones a las que adora y pertenece. El triste Paco se ha convertido en un ectoplasma de espíritu radioactivo defensor de una patria de tradiciones trasnochadas y sexistas. Un falso patriota, pues el verdadero patriota no se avergüenza de su propia naturaleza; al contrario, se enorgullece de la diferencia, su diferencia. Tu diferencia.

En los bajos del edificio donde Paco guarda su complejo, se esconden también otros secretos más explosivos que los relacionados con su orientación sexual. Secretos que le harán arder, pues el mismo ambiente selecto en el que cree moverse prenderá un día la mecha de la falla en la que se ha convertido la escenografía de su falsa vida. El trampantojo será un día víctima del clasismo cruel que actualmente aplica al resto del mundo.

Porque no hay forma más hermosa y decente de cruzar el jardín de la vida que respetando la diversidad y la heterogeneidad que hay en ella.

Un buen cristiano, Paco, no siembra odio sino amor, no enfrenta sino une, no humilla sino ama.

Un buen cristiano, Paco, no es quién para decirle a otro ser humano que tiene menos derechos que él.

Hoy tus carteles adornan las ciudades, pero no olvides que yo, al igual que tú, sé quién eres… y al final la verdad, al igual que la mierda, querido Paco, siempre acaba flotando.

Pepe Müller para Berlín Amateurs © abril 2019

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