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HOW LONG IS NOW: la metamorfosis arquitectónica de Berlín en el siglo XXI

HOW LONG IS NOW: la metamorfosis arquitectónica de Berlín en el siglo XXI

El traslado de la capitalidad alemana desde la apacible y provinciana Bonn hasta el vórtice de Berlín a finales del siglo XX supuso la puesta en marcha de una máquina de construir insaciable. Lo que sobre el plano debía ser la cicatrización arquitectónica de una metrópoli partida en dos terminó derivando en un experimento urbanístico monumental. La ciudad convertida en hoja en blanco atrajo a la elite del diseño internacional para ensayar la reinvención de una fisonomía urbana donde el pasado histórico dialoga, no siempre con soltura, con las urgencias del capital contemporáneo. Buena parte de esa transformación se concentra, además, en los distritos del Berlín Oriental, donde la reunificación dejó grandes bolsas de suelo y una acusada discontinuidad de la trama edificada. Casi tres décadas después de aquel giro institucional, la capital de Alemania exhibe hoy una deslumbrante vitrina de destellos formales y paradojas funcionales.

Del vacío fundacional al coloso transparente

El punto de partida de esta mutación se concentró en el Regierungsviertel, el distrito gubernamental modelado en torno al meandro del río Spree. Allí, la célebre cúpula del Reichstag, obra de Norman Foster inaugurada en 1999, fijó el canon estético de la transparencia democrática. A un paso de la Puerta de Brandeburgo, el Memorial del Holocausto —diseñado por Peter Eisenman e inaugurado en 2005— instaló en el corazón geográfico del poder un laberinto ondulante de 2711 estelas de hormigón gris que transforma el duelo histórico en una experiencia arquitectónica inmersiva y desestabilizadora.

Apenas a unos metros, en la Pariser Platz, el edificio del DZ Bank ejecutado por Frank Gehry y finalizado en 2000 encarna un desdoblamiento sutil. Sometido hacia la plaza a una rígida fachada de piedra caliza impuesta por las ordenanzas municipales, oculta en su atrio interior un auditorio fluido e hiperbólico de titanio y cristal donde el deconstructivismo del arquitecto estadounidense estalla a salvo de la mirada pública.

A tiro de piedra, superando los aparatosos bloques administrativos de la nueva Cancillería, el paisaje se abre a la envergadura descomunal de la Hauptbahnhof, la hipertrofiada estación central ideada por Meinhard von Gerkan e inaugurada en 2006. En la parte norte de sus andenes, las parcelas de la Europacity han visto brotar en la última década complejos residenciales de alta gama y sedes corporativas con acabados impecables pero desprovistos de dinamismo comercial y calor ciudadano. Calles impolutas, sombras rectilíneas y una patente falta de ímpetu cotidiano retratan un modelo donde los bajos permanecen herméticos o reservados a franquicias impersonales.

El nuevo rostro institucional de Berlín

Esta nómina de geometrías de vanguardia se completa en la Washingtonplatz, anexa a la estación de tren, con el cubo de vidrio facetado Cube Berlin —obra del estudio 3XN finalizada en 2020—, la fachada plegada de hormigón blanco del HumboldtHafenEins, erigida a orillas del canal por Kuehn Malvezzi, y con la envolvente de cristal del Futurium, inaugurado en 2019 junto al Spree como un contenedor de tecnología futurista que interactúa visualmente con la sobriedad de las sedes ministeriales circundantes. Esta misma vocación de escaparate se extiende al sur, al perímetro diplomático del Tiergarten: desde el icónico complejo de las Embajadas Nórdicas inaugurado en 1999 —enfundado en una serpenteante muralla de tres mil lamas de cobre— hasta la Embajada de México (2000) o la de Turquía (2012), cuyos bloques monolíticos de piedra caliza y su imponente portal de cobre convierten el diseño institucional en un despliegue de soberanía formal.

No muy distante, la legendaria Potsdamer Platz —estandarte del desarrollismo de finales de los noventa donde el plan maestro de Renzo Piano para Daimler y el deslumbrante Sony Center de Helmut Jahn escenificaron la gran operación corporativa de la época— muestra hoy los signos de un modelo prematuramente envejecido. Aquel páramo cubierto de barro que Wim Wenders filmó en El cielo sobre Berlín (1987) como una herida abierta de la memoria europea se transformó en una tramoya pensada para el flujo ejecutivo que, tras el horario de oficina, naufraga en una soledad desoladora.

 

Sería injusto, sin embargo, reducir la metamorfosis berlinesa a una mera derrota de la planificación corporativa. Cuando la ciudad acierta, lo hace con una maestría cívica envidiable. La integración ambiental del Tiergarten como un pulmón democrático sin vallas, la fluidez peatonal de los paseos que bordean el Spree en el distrito gubernamental o el plan audaz impulsado por la ciudadanía para superar el millón de árboles urbanos antes de 2040 demuestran que Berlín aún sabe esculpir espacios donde la escala humana, la resiliencia climática y la dignidad colectiva prevalecen sobre el rendimiento financiero.

Museos infinitos, palacios clonados y fachadas nómadas

El apetito berlinés por el ladrillo no se limita a la alta velocidad ni a las instituciones ni a las finanzas; su epicentro cultural vive sumido en un proceso de obra permanente. En la Museumsinsel, el rescate del Neues Museum a cargo de David Chipperfield en 2009 supuso una restauración poética que dejaba al descubierto las cicatrices del fuego y las balas. En este mismo enclave histórico, la inauguración en 2019 de la James-Simon-Galerie —el sobrio pórtico de columnas de hormigón blanco concebido también por Chipperfield— intentó ordenar el flujo de visitantes como la primera adición arquitectónica de planta nueva en la superficie insular en más de un siglo.

No obstante, la remodelación global de la isla museística roza un nivel de parálisis que el propio Franz Kafka —quien pasó sus últimos meses en la ciudad durante la hiperinflación de la República de Weimar— habría retratado como un laberinto burocrático insondable. Los trabajos en el Pergamonmuseum mantendrán la entrada al altar cerrada al público hasta al menos 2027, con un cierre completo del complejo que se dilatará durante décadas. Se erigen ciudades enteras en el golfo Pérsico en el tiempo en que Berlín restaura cinco edificios.

A pocos metros, la reconstrucción del Berliner Schloss como Humboldt Forum —autoría de Franco Stella y concluido en 2020— personifica la grieta identitaria de la urbe: tres fachadas de réplica barroca y una cuarta, orientada al Spree, de sobrio corte contemporáneo, que envuelven un espacio expositivo interior de hormigón visto. El contraste con la altiva y adyacente Nikolaikirche, reconstruida durante la RDA sobre sus restos, deja al desnudo esta paradoja ideológica: mientras el Estado socialista optó por restituir un edificio gótico histórico, la democracia contemporánea ha preferido la clonación de un palacio absolutista.

En el extremo occidental de esta pugna por la memoria, en la reputada zona cultural del Kulturforum, el solar comprendido entre la Neue Nationalgalerie de Mies van der Rohe y la Philharmonie acoge la estructura en construcción del Berlin Modern, el controvertido museo diseñado por Herzog & de Meuron bautizado popularmente como «el granero del arte», cuya inauguración sigue posponiéndose, ahora dicen que para 2030.

De la severidad académica a la reconversión de Tacheles

En el ámbito educativo, la biblioteca Jacob-und-Wilhelm-Grimm-Zentrum de la Universidad Humboldt, obra de Max Dudler terminada en 2009, destaca por su rigor volumétrico. Tan solo unas manzanas al norte, la alteración más radical del tejido histórico se libra en el desaparecido Tacheles de la Friedrichstraße. La mítica ruina alternativa ocupada por artistas tras la caída del Muro sufrió una profunda reconversión también de la mano de Herzog & de Meuron, para albergar desde 2023 la sede berlinesa del museo Fotografiska entre oficinas corporativas, viviendas de gran lujo y comercios exclusivos.

Este fenómeno de domesticación cultural resulta paradigmático: el ecosistema que alimentó el mito del Berlín underground —aquel que sedujo a David Bowie en los estudios Hansa Tonstudio y que dio a luz la cultura techno en las ruinas industriales de los noventa— es digerido por el mercado inmobiliario. Como giros propios de esta escenografía urbana, el emblemático eslogan HOW LONG IS NOW, pintado originalmente en la fachada lateral de Tacheles en 2006, acabó trasladado y repintado en un muro de Friedrichshain, convirtiendo así la iconografía de la ocupación en un fetiche publicitario.

Berlín y su inédita silueta empresarial

En la vertiente oriental, la estrafalaria Alexanderplatz —cuyo pulso frenético e ideológico inmortalizó Alfred Döblin en 1929, para ser reescrito más tarde por Christa Wolf bajo el desencanto socialista y caricaturizado por el cine de la reunificación en Good Bye, Lenin!continúa su lenta metamorfosis hacia una densidad vertical que desafía la memoria colectiva del lugar.

Iniciativas como la torre residencial ideada por Frank Gehry para Hines —aunque su diseño original de 2014 ha quedado descartado y el proyecto sigue en desarrollo sin una definición arquitectónica final— y la controvertida Alexander Tower —imaginada por el estudio Ortner & Ortner Baukunst para el grupo ruso MonArch— buscan transformar el perfil de la plaza mediante bloques de gran altura que chocan frontalmente con la escala de los inmuebles contiguos, como el enorme complejo híbrido The Social Hub o el monolito comercial rosa del Alexa. Muy cerca, el nuevo centro operativo de la entidad bancaria N26 simboliza hoy el desembarco del capital fintech en un entorno urbanístico fragmentado.

Un pelín más abajo, a lo largo del cauce del río, el megaproyecto Mediaspree reconfiguró desde principios del siglo XXI el límite entre Friedrichshain y Kreuzberg, erradicando los espacios independientes (clubs y playas urbanas que la iniciativa vecinal Mediaspree versenken! trató de proteger) para dar paso a sedes de multinacionales de la música (Universal), la moda (Zalando) y el entretenimiento (MTV, AEG), y viviendas de alto standing. En ese mismo eje del río, el Radialsystem modificó en 2006 una vieja estación de bombeo para fundar un centro cultural dedicado a la música, la danza y las artes escénicas. La intervención conservó la estructura industrial del edificio y agregó una arquitectura contemporánea; el equipamiento técnico en desuso es desde entonces uno de los espacios culturales más estimulantes de la ribera.

En la trinchera opuesta de Kreuzberg, en el otro lado del Oberbaumbrücke, la rehabilitación del terreno de la Cuvrybrache, entre Cuvrystraße, Schlesische Straße y el Spree, condensa la paradoja de la resistencia contra la gentrificación y los pisos turísticos: la presión vecinal logró frenar en 2018 el campus para startups de Google en el antiguo Umspannwerk de Paul-Lincke-Ufer, pero no pudo impedir que la explanada junto al río acabara albergando el Cuvry Campus.

En ese solar de la esquina de Cuvrystraße con Schlesische Straße —donde el artista Blu había pintado entre 2007 y 2008 sus célebres grafitis premonitorios, el del ejecutivo decapitado ajustándose la corbata encadenado a sus relojes de oro, y el de dos figuras quitándose mutuamente la máscara de la cabeza, y que él mismo autorizó cubrir de negro en 2014 como un acto de protesta contra la especulación inmobiliaria y la mercantilización de su obra— se alza ahora el complejo de oficinas que acoge el cuartel general del gigante del reparto a domicilio Lieferando.

La ciudad que crece a costa del suelo residual

En las inmediaciones del Puente Oberbaum, la despersonalización del entorno alcanza su cénit entre las exclusivas promociones de viviendas como la torre Living Levels —que en 2013 suscitó históricas protestas al retirar un tramo de la East Side Gallery para abrir paso a su construcción—, el controvertido East Side Mall —inaugurado en 2018 entre movilizaciones contra la presión inmobiliaria masiva de la zona— y el gran pabellón-estadio multiusos aledaño, un coloso que encarna el nomadismo corporativo a raíz de sus mutaciones sucesivas: del O2 World (2008) al Mercedes-Benz Arena (2015) y, más recientemente, al Uber Arena (2024).

En la cercana Revaler Straße, el RAW-Gelände encarna otra batalla por la supervivencia del Berlín alternativo. El recinto ferroviario de antaño, convertido desde los años noventa en un polígono de talleres, clubes, bares y espacios culturales, afronta la voracidad constructiva que amenaza con diluir un paisaje metropolitano construido durante décadas al margen de la planificación convencional.

El embate transformador sobre este sector de la urbe encuentra su máxima expresión vertical en la rotunda Edge East Side Tower en Warschauer Straße —del estudio BIG, concluida a comienzos de 2024—, un coloso de 140 metros de altura arrendado casi en su totalidad por el mastodonte Amazon tras desencadenar una fuerte controversia social en el barrio. En esta carrera por la altura, la Estrel Tower del estudio Barkow Leibinger en Neukölln, un poco más al sur, enfila la recta final de sus obras de cara a su inauguración a finales de 2026, lista para coronarse con sus 176 metros y 45 plantas como el rascacielos hotelero y residencial más alto de la capital.

Mientras tanto, en los nodos ferroviarios colindantes de Jannowitzbrücke, Ostkreuz y Rummelsburg, la densificación urbanísticas se traduce en hileras de apartamentos de fachada blanca y balcón de cristal donde el plano de calle carece por completo de vida vecinal. Como un contrapunto casi insular frente a esta homogeneización inmobiliaria, iniciativas de gestión cooperativa como Holzmarkt25 —desarrollada a orillas del Spree entre 2014 y 2017 profanando la tumba del icónico Bar 25— intentan preservar el espíritu de autogestión y madera mediante espacios creativos y comunitarios levantados al margen de la especulación de las grandes promotoras.

Ante esta eclosión vertical, la infraestructura horizontal evidencia severos síntomas de fatiga. Las obras previstas para la prolongación de la autopista urbana A100 hacia Lichtenberg han desatado un tenso debate social por la demolición de clubes nocturnos, atelieres de artistas y áreas verdes de los alrededores. A esto se añade el alarmante estado del parque de puentes de la ciudad: el Senado de Berlín se ha visto obligado a aprobar el Masterplan Brücken, un proyecto de saneamiento urgente que prevé la sustitución de 175 puentes y actuaciones de conservación en otros 125 antes de 2040. En el ámbito ferroviario, la densa red de S-Bahn sufre constantes cuellos de botella; la ansiada conexión norte-sur de la línea S21, cuya primera fase ya enlaza la Hauptbahnhof con Gesundbrunnen, acumula nuevos retrasos en sus siguientes tramos hacia Potsdamer Platz y Gleisdreieck.

Fantasmas aéreos, renacimientos urbanos y la memoria del deporte

El capítulo de los transportes tiene su estigma conflictivo supremo en el aeropuerto BER (Berlin Brandenburg Willy Brandt). Tras casi quince años de retrasos humillantes, errores de diseño estructural e hiperinflación presupuestaria, la infraestructura abrió finalmente sus puertas en el otoño de 2020, en plena bloqueo pandémico. Su puesta en marcha supuso el cierre definitivo de Tegel. Sobre las pistas desiertas del aeropuerto histórico se edifica el futuro Schumacher Quartier, un ambicioso desarrollo residencial que apuesta por la construcción sostenible en madera y hormigón, las energías renovables y la tecnología climática para crear más de cinco mil viviendas en un vecindario prácticamente libre de automóviles. Tempelhof había cesado ya su actividad en 2008 y su gigantesca explanada siguió un camino inverso. En lugar de levantar sobre ella una nueva ciudad, Berlín conservó las pistas como un vacío público de dimensiones casi absurdas, transfigurado en uno de los grandes territorios abiertos de la capital.

La reconversión de Tegel forma parte, además, de una transformación de mayor envergadura que se extiende por el Oeste berlinés. En Siemensstadt, el recinto industrial de Siemens se reconfigura como Siemensstadt Square, un nuevo distrito de 76 hectáreas que englobará viviendas, industria, investigación y espacios públicos, mientras que en Spandau, Das Neue Gartenfeld proyecta otro barrio de grandes dimensiones sobre terrenos industriales e infrautilizados.

No muy lejos de allí, el plan Stadteingang West prevé transformar el entorno de Westkreuz y el Güterbahnhof Grunewald en un sector residencial con miles de viviendas. Incluso el aeropuerto de Tegel desborda su propia reestructuración residencial: junto al Schumacher Quartier, la Urban Tech Republic reutiliza las instalaciones aeroportuarias como campus de investigación, innovación e industria tecnológica. Berlín parece haber entrado así en una nueva fase de expansión en la que vacíos, áreas industriales e infraestructuras inactivas de ambos lados de la ciudad devienen materia prima para su siguiente mutación.

El espacio público busca asimismo redefinirse desde la ecología y la integración comunitaria. La ilustre avenida Unter den Linden avanza hacia una configuración más verde, con la ampliación de su paseo peatonal central y la reducción de la superficie destinada al tráfico rodado. En los barrios periféricos, proyectos modestos pero sintomáticos como el Kombibad Marzahn proponen piscinas cubiertas y al aire libre para devolver equipamientos públicos a la masa residencial.

En el extremo opuesto, la polémica envuelve al Friedrich-Ludwig-Jahn-Sportpark, en Prenzlauer Berg. El histórico estadio, escenario de importantes acontecimientos deportivos durante la época de la RDA, encara el desmontaje de sus estructuras para dar paso a un nuevo estadio y a un complejo deportivo inclusivo. Una decisión que ha provocado una encendida resistencia por parte de asociaciones vecinales y arquitectos, partidarios de preservar las huellas de la memoria frente a la transformación institucional. Berlín continúa así su andadura por el siglo XXI empeñada en proyectarse hacia el futuro, mientras custodia, no sin tensión, las marcas del tiempo inscrito en su suelo.

Texto y fotos (excepto las de Blu y aeropuertos) de Paco Arteaga para BA © agosto 2026
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