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Diane Arbus en Berlín | Mirar sin apartar la vista

Diane Arbus fotografió lo que casi nadie quería mirar y lo hizo sin pedir permiso ni disculpas. En  «Constelaciones», el Gropius Bau reúne una de las miradas más incómodas y humanas del siglo XX, en una exposición que invita a acercarse sin filtros y sin prisas disponible hasta el 18 de enero.

Si Nueva York fue el planeta natal de Diane Arbus, Berlín bien podría ser el último territorio por conquistar. La exposición «Konstellationen (Constelaciones)» en el Gropius Bau no es una retrospectiva al uso; es un guiño perfecto a una ciudad que, al igual que la obra de la fotógrafa, vive de juntar fragmentos y encontrarles sentido, aunque la mayoría de las veces no lo tengan.

Mi afición favorita es ir a donde nunca he estado. Para mí hay algo especial en ir a las afueras de la ciudad… o a la casa de alguien. Es como una cita a ciegasDiane Arbus

Berlín, capital histórica de lo disidente, acoge hasta el 18 de enero ese reverso del sueño americano que Arbus capturó entre 1956 y su suicidio en el verano de 1971. En ese periodo, construyó un atlas íntimo de identidades que la sociedad prefería esconder bajo la alfombra: gigantes, enmascarados, familias atípicas, nudistas y personas trans: «Hay un montón de gente horrible en el mundo y va a ser tremendamente difícil fotografiarlos», decía.

Una anarquía visual

Lo primero que golpea al cruzar el umbral de la exhibición no es solo la crudeza de los retratos, sino la deliberada ausencia de método. Olviden el orden cronológico; aquí no hay un camino preestablecido del nacimiento a la muerte, ni una narrativa lineal que nos lleve de la mano.

Las imágenes flotan distribuidas en un montaje de estructuras metálicas y niveles irregulares, generando una anarquía visual que nos obliga a trazar nuestras propias conexiones. De este modo, no solo somos huéspedes del universo de Arbus; la museografía reproduce en nosotros el mismo vértigo que sentía la artista al confrontar a sus sujetos. «Es como una cita a ciegas», confesaba Arbus, ya fuera en un hotelucho neoyorquino, una morgue, un psiquiátrico o en las sombras de Central Park.

Gran parte de lo que vemos en «Constelaciones» se lo debemos al amigo y alumno de Arbus, Neil Selkirk, quien tras la muerte de la artista en 1971 asumió la delicada tarea de revelar sus negativos. Trabajando en la habitación de Diane, Selkirk intentó descifrar su método. Treinta años después, él mismo admite no haber conseguido un resultado exacto al que ella obtenía.

Los aristócratas del trauma

«La mayoría de las personas viven con el temor de sufrir una experiencia traumática», dijo Arbus en una ocasión. «Los monstruos ya nacieron con su trauma. Han superado la prueba de la vida, son aristócratas».

En el Gropius Bau, esos aristócratas nos devuelven la mirada, desafiantes. Ahí reside el reto de la muestra: sostenerles la vista. Te desarma la anciana nudista que te clava los ojos preguntando tácitamente: «¿Qué esperabas ver?». Te inquieta el gigante judío, encorvado bajo el techo paterno, en una imagen desprovista de ternura y cargada de una desproporción doméstica aterradora.

Y es que Arbus nos dejó una lección que todavía escuece: si miramos la realidad con suficiente atención, lo ordinario no solo se convierte en algo fantástico; se vuelve, inevitablemente, un espejo del que no podemos escapar.

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