Crónicas maricas #7: el Kit Kat

por • 11 diciembre, 2018 • Actualidad, Crónicas maricas, De noche, INSIDE BERLIN, Salir, Sexualidad, SociedadComentarios (0)4602

Auténticos chorros de tinta y muchos artículos descafeinados se han escrito sobre uno de los clubes más maravillosos que existe en esta tierra. Un club que no es un club, sino un crisol de diversidad y creatividad. Una institución que debería estar protegida como bien inmaterial por la Unesco. Una institución que sin duda refleja la forma de ser de los berlineses. Nuestra forma de ser, nuestra forma de disfrutar, de vivir, y por supuesto y ante todo, de dejar vivir.

El Kit Kat no es un club. El Kit Kat es una catedral de Libertad. Y en esa catedral se dan cita gente de lo más maravilloso y variopinto cada fin de semana. Y es que dicen que será el aire de Berlín que nos vuelve a todos locos. Pero no es locura, es una forma de vivir la vida. Una cultura. Una religión.

Hace más de diez años que descubrí este Santuario del Amor. Fue en una fiesta Hustleball, y de aquella noche solo recuerdo un cuarto oscuro que no era oscuro, piernas, brazos, manos, culos, pollas y bocas por doquier. Para aquel evento se preparó en el sótano un espacio de placer tan grande como una nave industrial en la que no cabía ni un alfiler.

Gemidos, sudor y calor. En aquel lugar había tal cantidad de gente que el vapor se condensaba haciendo que lloviera del techo. En un sofá había una ristra de diez o más culos puestos en pompa esperando a ser empotrados; y en otro, las mamadoras, un conjunto de unas quince personas que esperaban sentadas en un banquito dispuestas a ordeñar lo que se les pusiera delante de la boca. Sin duda, la mayor orgía que he visto en mi vida.

He de reconocer que al principio las fiestas monotemáticas gay sorprenden, luego te acostumbras y por último te aburren, porque al final resultan siempre más de lo mismo. Culos, bocas y pollas. Fiestas como la Revolver, a la que dejé hace mucho tiempo de ir porque la cola kilométrica que se suele montar en la puerta resulta insoportable y aquello al final resulta un nido de turistas circuiteras mezclado con las cuatro berlinesas de siempre.

En Kit Kat también se celebra la famosa Fickenstutenmarkt o Mercado de las Yeguas. Un evento basado en el sexo y la dominación que reúne a muchos pasivos y a muy pocos activos. Te atan, te ponen un saco en la cabeza y te dejas follar. Según me han contado, aquello es más lo que se dice que lo que realmente es. Vamos, que follar follar, se folla poco. Y es que cuando algo se vuelve muy mainstream deja de molar. Y si algo tiene Berlín a raudales son fiestas monotemáticas gay.

Es por la mezcla de sus fiestas por lo que Kit Kat se caracteriza y nunca defrauda. Por la pedrería, por el revoltijo, por el gazpacho que allí se monta. Recuerdo una noche que acabé rodeado de unos góticos, con unas travestís colombianas vestidas de mamachichos y un señor desnudo en silla de ruedas conectado a dos botellas de oxígeno que fumaba porros. Esa es la esencia del Kit Kat, la propia esencia del Berlín nocturno.

En una fiesta Gegen celebró su despedida de soltera mi amiga Paula, despedida en la que desaparecí por arte de magia. Y por arte de magia apareció mi amiga Vicky de Barcelona, de la que no me separé en toda la noche y a la que solo recuerdo decirle que la quería mogollón. Todo muy de nebulosa de Magallanes. Mucho cabineo, salseo y sudor.

Una noche me llevé allí al famoso pintor Antonio de Felipe al que se le pusieron los ojos como platos al ver cómo mi amigo Borja le comía el coño a una lesbiana en medio de la pista. A Antonio lo perdí y a mi amigo Borja le acabamos metiendo hielos por el culo la Chipi y yo, porque alguien se lo encontró tirado en una colchoneta metido en un peligroso trance. Sustos nos da la vida…

Sin duda, allí ha sido donde he pasado la mejor de mis noches de ocio con mi amiga Susi la cartagenera. A Susi me la llevé un día a un Karnevall Bizarre enfundada en un body prestado del H&M. Susi es de Cartagena, pero mujer de mundo, y ni se inmutó al ver que un sexagenario totalmente desnudo se masturbaba admirando su cuerpo. Actitud. Mirar es gratis y mientras no toque no molesta. Que disfrute.

Aquella noche apareció mi adorado amigo y compañero de viajes nocturnos Santi. ¡Qué pedal! Tras unas idas y venidas, entre pista y aseos, a mi amiga le dio un mareo y tuvimos que salir por patas. Fue todo tan de repente que con el trajín mi amiga Susi perdió la ropa y tuvo que volver en bragas a su casa, y es que cruzar Berlín en bragas es de lo más normal. El taxista asiático ni se inmutó, pero acabó echándonos del coche porque no recuerdo si Susi se cagaba, se meaba o vomitaba. Qué viaje el de aquella noche. ¡Qué viaje!

Mi última hazaña fue en una fiesta Apokalipstick con mi amiga Jana la lesbiana y Rosa, una amiga rusa esquizofrénica a la que después de buscarla toda la noche encontré medio durmiendo en una colchoneta con las bragas por los tobillos y la mano en el coño. Me dijo que se quedó grogui mientras se masturbaba viendo a una pareja de gais follar, y que la medicación la deja frita.

Y es que en los balcones del Kit Kat se montan siempre unos batiburrillos y unas jaranas dignas de observar. Aquello parece el hall de la estación de autobuses de Santa Justa en hora punta. Lo mismo se la chupan a uno, que otro se mete algo mientras una amiga aguanta la llorera de otra amiga porque el novio la ha dejado. Botellas llenas de caca, tríos, cuartetos, solos y mucho olor a poppers. Allí se hace y se ve de todo con el mayor de los respetos.

Con los primeros rayos del sol la gente suele desplazarse a la zona de la piscina. Allí he tenido conversaciones de lo más profundas sobre el origen del universo con gente que había conocido en ese mismo instante. No sé si serán los sofás o la piscina, pero ese rincón es magia pura.

A mis amigos siempre les he dicho que para que un club triunfe deben darse tres ingredientes: el lugar, la música y por último, y muy importante, el público. En Kit Kat se conjugan esos tres elementos espectacularmente a la perfección, destacando uno por encima de los otros dos: su gente. Sin un público entregado no hay club que valga.

Paz y amor; y por muchos años, Kit Kat.

Pepe Müller para BA © diciembre 2018

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