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MIGAJAS | Stefan. Ludwig. Suprimir.

Migaja:

Del diminutivo de miga1.

1. f. Parte más pequeña y menuda del pan, que suele saltar o desmenuzarse al partirlo.
miga, miaja, borona.
2. f. Porción pequeña y menuda de algo.
miaja, pizca, chispa, ápice, insignificancia, menudencia, grano, gota.
3. f. Parte pequeña de algo no material.
4. f. Nada o casi nada.
5. f. pl. Desperdicios o sobras de alguien, que aprovechan otros.
sobras, desperdicios, restos, residuos.

Stefan. Ludwig. Suprimir.

Mi hijo, que será solo mío, se llamará Luis. El padre desaparecerá. Morirá o se irá para siempre, lo olvidaré y me quedaré tranquila, sola, cuidando a mi criatura.

(Diario personal, 12 de abril de 1988)

Stefan tenía treinta y ocho años cuando lo conocí. Yo, treinta y seis y su hijo, Ludwig, tres. Nuestra historia duró dieciocho meses. Aún hoy, tantos años después, no me atrevo a llamarlo relación por miedo a que Stefan se materialice para replicar quenoquenoqueno, que lo nuestro no era una relación. Que era algo casual. Que no me había prometido nada. Spinnst du?

En todo este tiempo de fabulación nunca conocí al niño. Pasábamos ratos hablando de él. El crío tiene talento para los deportes. Para el dibujo. Para tragarse tierra del parque. Lu tiene fiebre. Su madre, un ataque de pánico. Se ha hecho un chichón. Ha roto una ventana. Ataque de pánico. El niño dormía en la habitación al final del pasillo, mientras su padre y yo bebíamos más que comíamos. Discutíamos más que hablábamos. Follábamos más que dormíamos. Lu dormía como un tronco, pero a mí cualquier crujido externo al roce de nuestros cuerpos me provocaba un sudor frío que descendía culposo desde la nuca hasta la parte baja de la espalda. Su padre roncaba con la tranquilidad de quien nunca sospecha que algo puede ir mal. De madrugada, yo me deslizaba sigilosa, recogía mi ropa, sucia y descompuesta, me la ponía y, antes de huir, me detenía en la puerta de la habitación del pequeño e intentaba escuchar la respiración de un renacuajo dormido. Imaginaba una sinfonía acompasada y plácida. Nada. Silencio. Antes de cerrar la puerta echaba un vistazo al salón y distinguía los juguetes. Coches, legos y un piano demasiado profesional para ser un juego, pero muy enclenque para ser de Stefan, que era músico.

Alguna vez Stefan me enseñaba fotografías de su hijo para demostrar que su existencia era auténtica. Que no era solo un ladrón de horas y de atención. No parecía un crío agradable ni amoroso. No sonreía nunca y pensé que quizás le faltaban algunos dientes. A su padre le faltaban dos molares y los caninos los tenía sucios por el tabaco. Padre e hijo se peinaban hacia atrás una melena rizada, rubia ceniza. Las mejillas, rollizas y desproporcionadas, embutían unos ojos pardos. Las piernas eran esqueléticas y cortas, lo que hacía que su caminar fuera torpe. Eso solo lo sabía con certeza de Stefan, pero apostaba a que el niño mimetizaba los gestos del padre. Lo quiero tanto, decía Stefan mirando las fotografías con ojos húmedos. Fuegos artificiales. Este hombre es capaz de amar. ¡Victoria!

Nuestros horarios coincidían extrañamente. Yo me adaptaba porque ser padre y artista lo hace todo difícil. Y yo, al fin y al cabo, trabajaba en una oficina. Sei froh! No tienes cargas. Responsabilidades. Familia. Vida.

Un día que discutíamos sobre cómo encontrar tiempo en común, sacó de su Eastpak destartalada una hoja de Excel y la desplegó sobre la mesa. Colocó una botella de cerveza en cada esquina y me enseñó la planificación perfecta de sus próximos meses: obligaciones profesionales, familiares y ocio. Cada uno tenía un espacio y un color. Confié en que me hubiera adjudicado el verde, porque es mi preferido, porque representa la esperanza y porque, de alguna manera, dice: vía libre. ¡Adelante! Pero era el amarillo. Peligro. Alerta. Detente. El Excel me hizo pensar que Stefan tenía planes para los próximos meses y yo estaba en ellos, aunque fuera de forma intermitente. Migajas de amor durante un año. Era mucho más de lo que me habían ofrecido muchos hombres hasta entonces.

En el documento no había ningún cruce entre el azul, Ludwig, y el amarillo. Calculé, por lo tanto, que no nos conoceríamos pronto. Había asumido la existencia invisible del niño sin percibir que, poco a poco, quien se difuminaba era yo. No conocer al hijo de Stefan no cuestionaba su existencia, sino la mía.

Al principio de nuestra historia, Stefan y yo nos citábamos un par de días a la semana. Cuando la hoja de cálculo ordenó nuestra relación, mi presencia se fue dispersando. Cuando hacía días que no nos encontrábamos y yo intuía que el calendario marcaba amarillo, le escribía. Pero la respuesta a mis mensajes cada vez era más fría. Esquiva. Incierta. Hasta que se esfumó.

Más de un día sufrí por su silencio. ¿Y si había tenido un accidente? ¿Y si había muerto? ¿Qué habría pasado con Lu? ¿Se podría ocupar de él su madre, a pesar de sus constantes ataques de pánico? ¿Y si hubiera sido yo quien, treinta y cinco años antes, hubiera invocado la tragedia con mis deseos de mocosa melodramática? Me sentía culpable por su ausencia.

Pero Stefan no estaba muerto. Claro que no. Ayer, mientras tomaba un café y miraba a la gente pasar, crucé la mirada con un hombre. Acompañaba a un adolescente paticorto. ¡Ludwig, espabila!, gritó y, después de regañar al niño, fijó sus ojos decaídos en mi dirección. Alzó las cejas y, aunque no percibí gesto alguno en sus labios, supe que había sonreído. Pocas horas después, el teléfono me avisaba de que había recibido un mensaje. Lo leí y reconocí las palabras. Preparé una respuesta que no envié.

Suprimir.

Sílvia González para Berlín Amateurs © noviembre 2026
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