Written by: Actualidad Psicología Migrante

Psicología Migrante & Debates Berlineses | La alegría

La famosa magdalena de Proust hace referencia a ese momento en el que el protagonista de En busca del tiempo perdido se siente repentinamente feliz al saborear una magdalena que lo transporta a su infancia. Algo parecido ocurre al final de Ratatouille (perdón por el spoiler). A mí me pasa cuando mis padres me envían por Navidad turrón de Suchard. Pero mi alegría no es repentina, sino que la nutro. Me alegra cuando lo envían, me alegra cuando lo recibo y les envío una foto de confirmación (nunca te fíes de DHL), me alegra cuando lo abro, cuando lo saboreo y vuelvo a sentirme un niño el día antes de Reyes Magos, y me alegra cuando lo comparto con personas de otros mundos. Me alegra incluso escribir sobre ello (que magnífica publicidad). Pero si tuviera ese mismo turrón disponible todos los días, perdería toda su magia y, en vez de retrotraerme a una infancia libre de culpa, pensaría en el azúcar y sus consecuencias.

El último debate del año trató sobre la alegría (y el entusiasmo). Y es que, con todo el invierno por delante, falta nos hace. Como con el turrón, la alegría se puede nutrir. Veamos cómo funciona, de qué depende y cómo nos afecta como migrantes. También puedes escuchar el Podcast en COSMO en español.

¿De dónde surge la alegría?

La alegría es una emoción primaria, como el miedo o la ira. Genera altos niveles de energía y es, además, una emoción grata. Su función no es defendernos del entorno, sino conectarnos con él. Alegrarse implica bajar la guardia y abrir los brazos. Nos vuelve más curiosos, más creativos, más sociables. Nos empuja a explorar y a relacionarnos. En ese sentido, la alegría es una emoción profundamente vital.

Por un lado, solemos sentir alegría cuando se cumple un deseo: un logro, un encuentro, un estímulo placentero. Funciona como potenciador de estos estímulos y refuerza los comportamientos que nos llevan hacia ellos. Por otro lado, la sentimos a través de la empatía; por eso las personas alegres suelen atraernos. La alegría fomenta la afiliación, nos saca de nosotros mismos y conectamos con los otros. Por último, nos alegramos cuando pasamos de un estado menos placentero a otro más agradable. El contraste importa: “hoy no me duele la espalda”. Alegrías cotidianas de viejuno.

Aunque es una emoción que nos ancla al presente, también sentimos alegría ante la anticipación de esos estímulos positivos. Vorfreude, lo llaman los alemanes, como me ocurre cuando mis padres me envían el turrón.

No podemos controlar nuestras emociones, pero sí influir en ellas. En el caso de la alegría, esto se relaciona con los estímulos que la activan; es decir, existen lugares, personas, situaciones o cosas que nos predisponen a este estado. Ello depende, a su vez, de la conexión que tengamos con esos estímulos, del nivel de activación que nos provoquen y del valor que les demos.

Existencia y presente

Søren Kierkegaard, en Los lirios del campo y las aves del cielo, decía que “la alegría es estar verdaderamente presente a uno mismo; existir hoy, con todo el peso puesto en ese ‘hoy’”. Mientras uno está realmente presente, el día de la desgracia, el mañana, no existe.

Albert Camus, en El mito de Sísifo, nos habla del más puro de los goces: sentir y sentirse sobre esta tierra. El ideal del hombre absurdo no es escapar del mundo, sino habitar la sucesión de los presentes con una consciencia lúcida y constante.

Ambos filósofos coinciden en la importancia del presente, pero llegan a él por caminos distintos. Kierkegaard lo hace a través de una conexión trascendental con la naturaleza, el universo o Dios (que cada cual elija el suyo), en la que el individuo se diluye; algo que resuena con las filosofías orientales. Los lirios SON en el campo, las aves SON en el cielo.

Camus, en cambio, pone el foco en lo que hace especial al ser humano como animal: su consciencia. No propone dar un paso atrás en ella, sino uno hacia adelante. Es en la consciencia y la aceptación del absurdo (nuestra necesidad de sentido frente a un universo que no lo ofrece) donde reside la libertad, que es también la alegría de transitar la vida hasta su inevitable fin. La vida no necesita de sentido para que valga la pena vivirla.

“Sísifo proletario de los dioses… juzga que todo está bien”. Piedra parriba, piedra pabajo. El castigo eterno de los dioses no se diferencia tanto de nuestro entre y fin de semana. Pararse a valorar, conscientemente, es una forma de nutrir la alegría. “Si el descenso se hace ciertos días con dolor, puede también hacerse con gozo… Hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

Alegría entre mundos

La alegría nos conecta con el mundo físico, no con el de las ideas. Se relaciona con el movimiento, con lo sensorial, con el estar aquí y ahora. Regar la alegría implica la conexión con los otros y con el entorno. Filósofos como Michel Onfray y el propio Albert Camus defendían que la alegría insta a salir de la abstracción y volver al cuerpo.

“Goza y haz gozar, sin hacer daño a nadie ni a ti mismo: ésa es la moral”. Chamfort defendía que el placer nunca se justifica si el precio es el displacer del otro; es más, que es en el placer del otro donde uno encuentra el suyo. “Saber agradecer, acoger, dar, alentar la alegría necesaria en la comunidad mínima —dos—… El saber vivir como un saber ser”.

Solemos decir que los lugares con mejor clima son más alegres. Y es que la luz y la vida afuera favorecen el encuentro físico. La alegría se alimenta de lo corporal. Resulta lógico pensar que mientras más tiempo pasemos en casa, más tiempo viviremos en el interior de nuestra cabeza. Esto fomenta virtudes como la reflexión, el sosiego o la planificación (Alemania, país de los Versicherungen), pero tiene sus costes. ¿Se sacrifica el presente por la prevención del futuro? ¿Lo corporal por lo mental? ¿La alegría por la comodidad? La jodida comodidad: enemiga infiltrada de la alegría.

Las emociones, además, no se manifiestan igual en todas las culturas. En muchas están mal vistas las expresiones intensas de alegría, como reír fuerte o hablar alto. Todo migrante hispanohablante sabe de lo que hablo.

Hay otro factor que influye enormemente en esta emoción: el sol y su disponibilidad. Yo no me alegro demasiado cuando sale el sol en Sevilla, sobre todo en verano. Pero aquí llega la primavera y la ciudad parece la película de Bambi: los animalitos salen de la madriguera a cantar; yo, el primero.

Entonces, como migrantes, ¿se vive la alegría igual en el país de origen que en el de acogida? Depende de demasiadas cosas. Pero sí hay algo que la migración fomenta: la curiosidad, el descubrimiento, el asombro. Por eso la fase de “luna de miel” migratoria suele estar cargada de alegría. Luego vienen otras fases, otros choques, otras historias.

Por otro lado, al hacernos conscientes de aquello que nos falta aprendemos a valorarlo. Echar de menos es desear. Vamos de un lado a otro, cambiamos de estado, cada uno con sus luces y sus sombras. Transitamos la vida (piedra parriba, piedra pabajo) en estado continuo de separación; es decir, alegrándonos por el reencuentro.

El próximo Debate berlinés, muy a tono con la vuelta de las Navidades, será El retorno. Sea quien sea quien esté detrás de esta pantalla leyéndome, sé que este tema te toca. Así que ven el viernes 23.01 a las 18:30 a la Librería La Escalera, a nuestro primer encuentro de un año que apunta a ser movidito.

Si quieres seguir explorando este y otros temas desde una perspectiva psicológica, literaria y migratoria, puedes encontrar más textos en la newsletter de Psicología Migrante o en mi cuenta de Instagram.

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