Yuli, estreno de la película de Icíar Bollaín sobre el bailarín cubano que no quería bailar

por • 7 enero, 2019 • Actualidad, Cine, CULTURAComentarios (0)620

Es difícil hacer una película de la vida de alguien, sobre todo cuando esta persona aún vive, es el actor principal de la película y el tema central es la danza. En el caso de Yuli de Icíar Bollaín, esta idea inicial esconde otras sorpresas. Un poco a modo de Billy Elliott, esta película se metió al Festival de San Sebastián en el bolsillo.

Cuba, principios de los años ochenta. Carlos es un niño rebelde que baila breakdance en las calles de La Habana. Su padre, un transportista y nieto de esclavos, pronto reconoce en su hijo un talento innato. “Yuli” es el nombre que escogió para su hijo, el nombre de un dios de la guerra, un guerrero. Pero Yuli no quiere bailar; él quiere ser Pelé. A pesar del desinterés, el padre obliga a su hijo a cursar ballet y ante su resistencia, no duda en inscribirlo en un colegio lejos de su familia. Desde ese momento aprenderá a convivir con su soledad, pero el ballet se convertirá pronto en una manera de huir y de destacar, convirtiéndose en el bailarín de su generación.

El joven Acosta muy pronto ganó el prestigioso Premio de Lausanne y con 18 años se convirtió en el bailarín principal del Royal Ballet de Londres. El principio de una carrera imparable de éxitos. En una crisis de nostalgia familiar, Yuli, tiene que enfrentarse al ballet y descubrir si sigue siendo una obligación impuesta por su padre o bien un camino al que pertenece.

Si a esta historia de talento le añades la dirección de Icíar Bollaín, la cámara de Álex Catalá, y la maravillosa música de Alberto Iglesias (que conocemos de las películas de Médem o Almodóvar), el disfrute está asegurado. Estaría mal olvidarse del magnetismo y del carisma de los actores cubanos que encarnan el padre de Yuli, los familiares y la coreógrafa del pequeño Acosta.

¿Por qué hay que ver esta película? Porque no es solo la historia del ascenso al Olimpo de un niño con estrella, sino también es la historia del primer bailarín negro en el papel de Romeo en Romeo y Julieta, es la historia de Cuba, muy presente en la forma de ser del padre, nieto de esclavos, y en los dioses africanos que venera, y es la historia de una isla que se muere, que no consigue abastecerse y acaba forzando a su gente al exilio. La cámara se mueve elegantemente sobre las coreografías, encargadas de poner movimiento a las emociones en las distintas etapas existenciales de Acosta. La música penetra y entraña, deteniéndonos en sus fases de conflicto entre casa y exilio. Y por último, es también la historia colectiva de los africanos que llegaron a Cuba, y trajeron consigo sus ritos religiosos, el imaginario de los campamentos donde estuvieron destinados y lo presente que está en la historia colectiva de Cuba esa mezcla de mito, leyenda y verdad que nadie pudo escribir y que la oralidad de sus familias dibujó hasta hoy.

Sin embargo, a pesar de lo dramático, esta historia tiene mucho de gozo (la supervivencia de los olvidados, como diría Buñuel), y el triunfo del pobre de nacimiento que vive condenado a cien años de soledad, que es la historia del Caribe. Y es una historia de amor,  de amor incondicional a los hijos, a uno mismo, de amor romántico, y la difícil relación entre la familia y el trabajo en el exilio que para muchas personas son dos manos de un mismo cuerpo.

Estreno en Alemania de la película española YULI, de Icíar Bollaín

17 de enero 2019

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