Galería de los Halcones en el Palacio de Weimar.

Weimar, la joya de la cultura alemana que cautivó a Goethe

por • 13 julio, 2018 • Alemania, CULTURA, Escapadas, Historia, Imprescindibles, WeekendComentarios (0)1479

Weimar es la ciudad culturalmente más interesante de Alemania. Su vasta historia cultural abruma y maravilla por su concentración en una población tan pequeña, que organizo en mi cabeza en torno al triángulo cuyos vértices ocupan la más bella y fascinante biblioteca del país germano, la casa del genio literario y hombre total J. W. von Goethe y el edificio universitario original de la Bauhaus.

Tres son también las personalidades más relevantes para la historia cultural de esta ciudad: la duquesa Anna Amalia, su hijo el gran duque Carlos Augusto y el mencionado Goethe. Y en tres épocas destacó Weimar como centro cultural: su Edad de Oro o Clásica —más bien entre neoclásica y romántica—, la Edad de Plata —que destacó por lo musical, con Liszt a la cabeza— y la Bauhaus, fundada por Walter Gropius en la incipiente República de Weimar.

Es Weimar, pues, el escenario perfecto para imbuirse en la cultura alemana en un viaje para el que recomiendo, al menos, dos días completos. Un viaje a medio camino entre un neoclásico armonioso de escayola y trampantojos y un romanticismo tranquilo, aún ilustrado y más bello por lo pausado de la naturaleza que por su carácter fogoso. Porque para incendiario el fuego que devastó la exquisita biblioteca de Anna Amalia.

La biblioteca de Anna Amalia

La duquesa Anna Amalia plantó la simiente de la floreciente Edad de Oro de Weimar. Durante su regencia (1758-1775) se trasladó la biblioteca del palacio ducal al cercano Palacio Verde, donde aún se encuentra. La duquesa, una déspota ilustrada y ávida lectora, donó más de 5000 ejemplares a la institución.

El corazón de la biblioteca es una sala de dos niveles y tres naves con bóveda de barco en la central, en estilo rococó. Es deliciosa la experiencia de caminar entre libros de carácter histórico que han visto pasar a generaciones de lectores. Todo bajo la atenta mirada de los bustos de piedra y escayola de los más ilustres personajes de la vida literaria de Weimar, como Schiller y Goethe. Este último fue supervisor de la biblioteca cuando ya se había abierto a la ciudad.

Al fondo de la sala nos mira desde el lienzo el hijo de Anna Amalia, Carlos Augusto, detrás de él se vislumbra la Casa Romana de Weimar. Lo romántico y lo clásico, de nuevo, se dan la mano. A la salida de la sala, un inmenso e inquietante busto de Goethe a sus ochenta años anticipa en mármol la grandeza póstuma del artista.

En 2004 un fatal incendio destruyó parte del edificio, se llevó consigo más de 50 000 títulos originales y afectó de enorme gravedad a otros muchos, que se han ido restaurando con enorme mimo y dedicación por los especialistas de la biblioteca. La sala rococó fue restaurada de forma impecable. El espíritu se ha mantenido. La catarsis bibliotecaria del visitante es total.

El palacio de Weimar

Atención: el palacio está cerrado por reformas desde julio de 2018 hasta previsiblemente el año 2023

Este palacio de decoración neoclásica fue la residencia de los regentes de Sajonia, Eisenach y Weimar. Tras acceder a través del patio al piso inferior, los amantes de la pintura tienen la oportunidad de deleitarse con varias obras del maestro Lucas Cranach el Viejo, quien fuera pintor de corte y que plasmó para los siglos la figura del reformador Martín Lutero, al que seguimos en este otro viaje.

Como hilo conductor de la planta noble del palacio sirve el espléndido suelo de madera de distintos colores, que forma un perfecto puzzle de figuras geométricas y florituras. La arquitectura y la decoración satisfará a los amantes del Neoclasicismo alemán y del llamado Estilo Imperio napoleónico. A los demás nos parecerá un escenario teatral cortesano de papel maché y mármol de escayola.

Los instrumentos musicales conservados en el palacio son bellísimos. Destacan unos pianos en la sala contigua al gran salón de ceremonias y especialmente el pequeño fortepiano del ya entonces renombrado fabricante parisino Érard y que pertenecía a la duquesa María Pavlovna. Al llegar ella al palacio como hija del zar ruso Alejandro III le dio a algunas salas una nueva pompa a la altura de su realengo.

La casa y Museo Nacional de Goethe

Nunca en mi vida he visto un museo que represente mejor la vida y obra de un artista. Este Museo Nacional se divide en la casa-museo y una nueva construcción con una avasalladora cantidad de objetos expuestos. Y es que Goethe era un ávido coleccionista, que llegó a poseer más de 26 000 objetos, piezas de arte y documentos.

El duque Carlos Augusto regaló al que se convertiría en el mejor de los poetas alemanes el edificio barroco en el que este viviría hasta su muerte. En él se respira un aire relajado, alejado de la vida palaciega. Las estancias igual servían de sala de invitados, de lectura o de reunión; y eran adornadas con obras de arte inspiradas en la Antigüedad clásica.

El espacio más conmovedor es sin duda su despacho, en el que gracias a la excelente conservación del mobiliario —algo común al resto de la casa— es posible imaginarse al genio total —Goethe fue, además de poeta y ministro, dramaturgo, novelista y científico— trabajando en su escritorio, contemplando sus minerales o dictando alguno de sus versos de pie. En el escritorio hay un cojín sobre el que reposar los brazos en largas jornadas de trabajo.

La visita a la exposición de dos plantas debe realizarse con suficiente tiempo y energía mental para ser capaz de asimilar lo que allí espera: por ejemplo, la capa de viaje parecida a la que luce en la obra Goethe en la Campagna romana de Tischbein. O los cuadros pop de Warhol que hacen referencia a la anterior obra. También hay lugar para curiosidades como un relleno del cráneo de Rafael Sanzio, esqueletos de pájaros, cientos de minerales, mandíbulas de león o el cráneo de un simio. Tres monedas alineadas, una de Luis XVI, otra de su esposa María Antonieta y una última en la que se celebra la revolución; hablan por sí mismas de la meticulosidad y el interés histórico del coleccionista. Conmueven, finalmente, las cartas escritas a sus amigos y los originales de algunos poemas, primero de puño y letra del artista y, más adelante, transcripciones de sus dictados.

El parque del Ilm y la casa de campo de Goethe

Un paseo tranquilo entre los prados de este jardín romántico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es la mejor forma de empatizar con los personajes de la época de Oro de Weimar. Todo gracias a la contemplación  de los mismos prados, árboles, ruinas ficticias y puentes colgantes por los que paseaban Carlos Augusto y Goethe, hasta llegar a la casa de campo de este último, la que fuera su primera residencia en la ciudad.

La casa de campo de Goethe es fascinante por su sencillez y porque nos muestra al genio en su faceta más relajada. Sin embargo, la visita (con un desproporcionado coste de entrada de seis euros) solo se recomienda a quienes se interesen sumamente por la vida del artista. El jardín que rodea la vivienda alberga uno de los primeros monumentos no figurativos de Alemania, una esfera sobre un prisma de piedra.

El parque también permite conocer la Casa Romana, que destaca más por su implantación en el entorno paisajístico que por la calidad arquitectónica del edificio. En lo alto de una colina se hallan tanto la hermosa Villa Haar, en el que se puede tomar un café los domingos, como la Haus am Horn, el único edificio puramente de la Bauhaus existente en la ciudad.

El Museo de la Bauhaus

Atención: el museo estará cerrado hasta el 5 de abril de 2019, cuando se inaugurará el nuevo edificio

El modesto Museo de la Bauhaus de Weimar agrupa en una única sala de gran tamaño objetos de diseño de diversa índole. Entre mobiliario, objetos prácticos y decoración, se percibe un carácter entonces innovador apoyado en la claridad de las líneas, la funcionalidad, el amor por las superficies de color plano.

El museo permite conocer la modernidad radical que iba desde la arquitectura hasta el más sencillo de los objetos cotidianos. La exposición se centra en el período de la Bauhaus en Weimar, de 1919 a 1925, año este último en el que se tuvo que marchar a Dessau tras fuertes desavenencias con los nuevos dirigentes conservadores de la ciudad.

La casa de Liszt

Otra de las incontables figuras culturales que habitaron en Weimar fue el astro-húngaro Franz Liszt, máximo exponente de la época de Plata de Weimar. Liszt había alcanzado enorme fama internacional como pianista antes de su periodo como compositor y de sus estancias en Weimar. Se llegó a hablar de “lisztomanía” como consecuencia del fervor entre idólatra y sexual —recordemos que era un hombre de gran atractivo— que despertaba en ciertos sectores de su público.

En la última vivienda en la que el compositor residió en Weimar el compositor, virtuoso pianista y director de orquesta —además de suegro de Richard Wagner— se articula en dos plantas su biografía a través una exquisita selección de instrumentos —un piano de cola Bachstein, un piano Ibach e incluso un piano “sordo” de viaje—, colocados con mimo en las distintas habitaciones. Como colofón, todos los días a las 11 y 14 horas es posible escuchar una selección de piezas musicales del artista.

El punto final y contrapunto: Buchenwald

El campo de concentración de Buchenwald estremece por la crudeza de algunos de los espacios conservados, como el pequeño horno crematorio, la habitación en la que se asesinaba a los prisioneros de un tiro en la nuca mientras se les hacía creer que pasaban un reconocimiento médico. Quedan restos del barracón en el que se realizaban experimentos pseudocientíficos o se infectaba de tuberculosis y tifus, por ejemplo, para “curar” homosexuales. Aquí estuvieron recluidos más de seiscientos republicanos españoles y el que sería ministro socialista de cultura Jorge Semprún.

Aunque este campo de concentración no alcanza las terribles cifras de los campos de exterminio en el actual territorio polaco, en Buchenwald los nazis asesinaron o provocaron la muerte de más de 50 000 personas. Sí, la mayor barbarie de la historia alemana es capaz de existir a escasos kilómetros de su cúspide civilizadora. ¿Puede existir más sincero recordatorio de la fragilidad del alma y de la razón humanas?

Otros lugares para visitar en Weimar

El Teatro Nacional Alemán

La casa de Schiller

El edificio universitario de la Bauhaus

El jardín y palacio del Belvedere

Juanfran Álvarez para Berlín Amateurs © julio 2018

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