Neuschwanstein

Roadtrip por el sur alemán: 5 días, 14 paradas, 2214,1 km (II)

por • 5 septiembre, 2014 • Actualidad, Aire libre, Alemania, Escapadas, Fuera, OCIOComentarios (0)3507

TERCER DÍA

Si aún no has leído la primera parte del viaje al sur de Alemania, puedes hacerlo aquí

5. Neuschwanstein

Es una mañana soleada en Füssen; a esta hora apenas hay transeúntes. Tras el contundente desayuno de pan casero en Höffer’s conseguimos –el plural está dedicado a los cientos de nipones que me acompañaban en la cola– sacar entradas para el castillo. Nos espera una subida en un autobús infernal a través de curvas terribles (me parece una imprudencia que no hubiese un desfibrilador a mano). El bus nos dejará junto al puente de María, de estructura metálica y suelo de madera crujiente. Existen dos tipos de personas: quienes caminan felices sobre el puente, dando saltitos y haciéndose fotografías; y quienes se agarran aterrados a la barandilla y han de ser devueltos a tierra firme por algún familiar.

A través del patio de armas se accede al castillo, en el que nos aguardan cientos de escalones tras los que llegaremos al salón del trono de estilo neorrománico o neobizantino, el éxtasis de los japoneses, que usan el disparador a velocidad de vértigo. La lámpara que pende sobre nosotros pesa una tonelada. Algo triste es el hecho de que sea una sala del trono sin trono, pues el rey murió antes de la finalización del castillo. La decoración es de mármol italiano; los muros, una fantasía de color y dorado. El suelo, un mosaico laboriosamente hecho a mano. El culmen de lo kitsch: un enorme cisne de cerámica.

Posteriormente visitamos la habitación real. Nada que no se espere: cama con dosel y un techo de fantasía gótica. En la habitación se emplearon durante cuatro años un cuarteto de carpinteros. Los pocos huecos que quedan en la pared están cubiertos de frescos de Tristan e Isolda –y es que Luis II de Baviera era admirador de Wagner y construyó el castillo en su homenaje–. La decoración nos satura con cientos de cisnes, nos vemos envueltos en la locura surrealista y cisnéfila de un rey que murió un día después de ser declarado loco. Tras la habitación se halla una gruta artificial con luz eléctrica de colores. El salón principal, en la última planta, es asimismo un sueño animalario. Aquí se celebrarían en el fatídico año de 1933 los primeros conciertos con música de Wagner.

6.Vils (Austria)

Sinceramente, no pude evitar cruzar la frontera sur de Alemania y pisar suelo austriaco. Así que buscamos en nuestro mapa el pueblo más cercano a la frontera: Vils, al pie de la montaña, donde bien podría rodarse un anuncio de leche alpina o un episodio de Heidi.

Tras esta fugaz visita, regreso a Baviera pensando en el próximo destino: el estado de Baden-Wurtemberg. En el camino nos acompañara el canal de radio Antene Bayern, en el que una orgullosa voz de acento sureño es capaz de repetir la palabra Bayern (Baviera) hasta dieciséis veces por minuto.

7. Constanza

Ya en Baden-Wurtemberg, buscaremos el camino al lago de Constanza (Bodensee), cuya orilla comparten tres países (Alemania, Austria y Suiza; además de un cuarto, Luxemburgo, a tiro de piedra). La carretera que lleva a Constanza pasa por Friedrichshafen, la ciudad de los zepelines, que aún se fabrican y que suavemente vuelan sobre el lago.

Para llegar a la ciudad lo más efectivo es montar el coche en un ferry, experiencia que recomiendo encarecidamente, pues nos permiten subir a la cubierta mientras el coche se queda aparcado abajo –mejor si pensáis en el freno de mano–. Arriba nos espera una fabulosa vista sobre el lago, en el que tranquilamente navegan algunos veleros, sobrevolados por los omnipresentes zepelines.

Constanza es ciudad de calor y marineros, de suizos ricos que compran en la pobre Alemania. Pasear por el puerto me recordó enormemente a Barcelona, solo faltaba la sal. Junto a la famosa estatua giratoria de FORTUNA se halla un formidable barco-café. Al otro lado, una playa de adoquines donde los niños se bañan. Mojaremos los pies en el agua templada para decir adiós a una ciudad que nos ha enamorado.

Junto al lago el viajero puede deleitarse con la vista de los viñedos, que en apenas un mes se sacrificarán en pos de regarnos el gaznate con delicioso vino blanco. Pero continuemos nuestro viaje: esta vez por la autovía, dirección Stuttgart, a través de la Selva Negra y de un cielo negro que pronto estallará sobre el parabrisas.

8. Stuttgart

A la capital de Baden-Wurtemberg llegamos a tiempo para la puesta de sol, descendiendo a la ciudad desde las montañas en las que los boyantes se pasean en sus Porsche y Mercedes –ambas firmas son el orgullo de Stuttgart–. Se aprecia la mezcla de lo aburguesado y lo industrial. Un gran acierto fue la cena en el restaurante Reiskorn, cuya carta contiene los arroces de medio mundo. No olvidaré la excelente hamburguesa de lentejas con guarnición de batatas fritas. Aquí se sirve auténtica cerveza: la elegida será la Engel Premium –que se fabrica desde 1738 y cuyo lema reza Prost, mein Engel!. Pues eso, ¡salud, mi ángel! Y hasta mañana.

CUARTO DÍA

9. Tubingia

Paradigma del encanto medieval sureño, pero esta vez con un carácter auténtico y poco disneylandesco. En agosto esta ciudad universitaria descansa. Al recorrer la plaza del Ayuntamiento en pendiente no encontramos ni una docena de turistas. Pararemos a tomar un té y contemplar a los viandantes. Pronto las campanadas en el reloj nos recordarán que es hora de continuar nuestro viaje. Pero antes nos perderemos por las estrechas calles del lugar.

10. Heidelberg

A través de la tierra de vinos blancos llegaremos a Heidelberg, donde se encuentra la universidad más antigua de Alemania. Paramos a comer en un restaurante indio de bajo coste (Raja-Rani) en la calle estudiantil Plöck. Los precios son increíbles (Pakora de verduras por menos de tres euros, comida para dos con bebida, por catorce). Frente al restaurante se halla el albergue en el que residió Hegel.

Una vez repuestos, emprendemos la subida hacia el castillo, situado en lo alto de la ladera en la que se aprieta la ciudad vieja sobre el valle. Los edificios están rematados de piedra arenisca rojiza, propia del río. En el camino encontré por sorpresa la casa en la que vivió Hanna Arendt –y así la segunda gran filósofa del día–.  Al semiderruido castillo se accede desde su parte superior, a través de los jardines, que ofrecen una panorámica extraordinaria de la ciudad. El castillo es en sí un decorado en ruinas, pues sufrió bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, de los que se ha recuperado solo en parte. Para interesados en la ciencia: el museo alemán de farmacia se encuentra en el castillo. La entrada incluye además un trayecto corto en el tren cremallera que sube la montaña. No apto para quienes sufran de vértigo.

Después de visitar el castillo, merece la pena descender a la ciudad, cruzar el río y subir a pie el camino de la Serpiente (Schlangenweg). Esto es una verdadera prueba física: cientos de escalones y un recorrido que se hace interminable. Por el camino nos vemos recompensados con varios miradores que permiten una hermosa vista hacia el castillo y la parte antigua de la ciudad. Quien consiga llegar hasta el final se encontrará el Camino de los Filósofos (Philosophenweg, y es que se solía llamar filósofos a todos los estudiantes, que desde antiguo ya usaban el camino para sus escarceos “románticos). Agotados, volvemos al coche, ahora de camino a Mainz.

11. Mainz

De nombre castellano Maguncia, se trata de una ciudad fluvial junto al Rin, en la que nos espera ambiente relajado de entresemana. En la lejanía se divisan dos puentes. Al acercarnos al primero, descubriremos otra agradable sorpresa: el Salón del Vino de Maguncia, que se celebra el primer martes de cada mes. Tras un mostrador frente al que se agolpan multitud de sedientos alemanes se esconde una carta de estupendos vinos blancos de Renania-Palatinado, la copa a dos cincuenta. En la orilla, entre risas y al sol, me doy cuenta de cómo algunos teutones sí saben entregarse al placer mundano.

QUINTO DÍA

13. Fráncfort del Meno

Entrada la noche llegaremos a Fráncfort del Meno, cuya silueta de luminosos rascacielos se avista desde muchos kilómetros en la distancia. Es pura casualidad que mi hotel se encuentre en mitad de la city, cuya silueta de bancos y aseguradoras me sobrecoge. Al pasear entre estos monumentos al dinero, intuyo por las caras de la gente que Fráncfort no es la ciudad en la que desearían vivir. A pesar de todo, aprovecharé la mañana para desayunar en Walden (Kleine Hirschstr.) con un amigo español. También desde aquí se divisan las torres. Al dejar el hotel, mi instinto de robar manzanas en las recepciones se hace fuerte, pero entonces recuerdo que compré manzanas autóctonas del lago Constanza. Ya de vuelta a Berlín, definitivamente lejos del sur de Alemania,  nos queda elegir si almorzaremos en Weimar o Erfurt. La segunda será la elegida.

14. Erfurt

Decisión más errónea que acertada. Nos encontraremos una ciudad medieval renovada a golpe de Unificación. Una capa de color sobre una ciudad gris, en un ambiente un tanto quejica y tristón. Quizá sea por el cielo nublado o quizá sea la vuelta al noreste. Tras una hora, abandonaremos la ciudad con el deseo de dejarla bien atrás. Solo un convencido amigo alemán me convencerá de darle una segunda oportunidad algún día.

Entre los árboles de Brandeburgo serpentea una autovía que nos llevará a Berlín, nuestra isla en el noreste. Felices y tristes a la vez, como el final de un buen viaje se merece. En mi cabeza, un recuerdo dulce de la Alemania meridional –ahora y siempre, ¡viva el sur!–. Ya se ven los antiguos edificios de la aduana de Berlín. Y nos invade el sosiego de quien llega al hogar. Paramos el motor. 2214,1 km.

Texto y fotografía: Juanfran Álvarez Moreno © Berlín Amateurs – septiembre 2014

Comments

comments

Pin It

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.