Stella Gibbons

TIPPS LITERATURA by Bartleby & Co – octubre 2014

por • 21 octubre, 2014 • CULTURA, Literatura, Tipps Literatura por Bartleby / Co.Comentarios (0)2314

Reseñas realizadas por los libreros de Bartleby & Co., librería española en Berlín, sobre libros recomendados disponibles en la librería

La hija de Robert Poste

Stella Gibbons

Impedimenta

La autoconciencia es un arma de doble filo. Se puede llegar a ser muy crítico, pero eso no demuestra talento alguno o garantiza el éxito en las decisiones personales. Que se lo digan a los consejeros matrimoniales, a los psiquiatras, a cierto tipo de periodistas… Stella Gibbons sufrió en su época una autoconciencia brutal. Gibbons se sabía diferente del resto de los escritores coetáneos y nunca tuvo ni la decencia ni la capacidad de morderse la lengua cada vez que se enfrentaba a una página en blanco. Sus dardos estaban podridos, me hago cargo, pero resultan tan tiernos, reveladores y adictivos como los que en su día lanzó el bueno de Oscar Wilde, al que seguro que nadie se atrevería echarle en cara su gusto por buscar la paja en el ojo ajeno.

La hija de Robert Poste (1932), una de las casi 30 novelas que escribió Gibbons, destripa la literatura romántica y meliflua de finales del siglo XIX de una manera tan obsesiva, inteligente y sarcástica, que es difícil no quedar embelesado por sus espinas. Algo similar pasaba con Lester Bangs y sus desternillantes artículos en la prensa musical. Aquí uno venía a disfrutar de los berrinches. Poco importaban los temas que se tratasen. En La hija de Robert Poste Gibbons va tan a degüello con lo que la rodea, que hasta se permite abordar el peliagudo género de la imitación, lo que podría convertirla en una simple payasa, pero que al final demuestra que el saber hacer poco tiene que ver con las formas que se emplean.

La escritora inglesa seguramente quiso que los pasajes marcados con dos o tres asteriscos (párrafos enteros en los que se dedica a plagiar el estilo de la que por aquel entonces se consideraba alta literatura) sonaran pomposos y entorpecieran nuestra lectura, pero hasta en estas boutades las imágenes acaban resultando mil veces más potentes que las que utilizaban escritores como Hugh S. Walpole, Florence Marryat, Mary Webb, Grace Aguilar o Augusta Jane Evans-Wilson, a los que hoy en día ya nadie recuerda.

Todo esto quedaría en agua de borrajas si las observaciones de Gibbons no hubieran sido tan precisas y visionarias como lo acabaron siendo. Porque yo no sé vosotros, pero igual que me resulta imposible disfrutar películas antiguas que abordan la realidad de una manera ingenua, tampoco puedo con los libros que no saben arrojarme algo de luz sobre lo que ocurre en octubre del 2014. De verdad, dan ganas de que alguien haya criogenizado a Gibbons para que ella misma pueda comprobar la vigencia que siguen teniendo sus reflexiones 82 años después de haber escrito la novela.

Y os preguntaréis: ¿Cómo es posible que este libro mantenga el tipo después de tanto tiempo? Pues porque Gibbons se arrima a los hechos sin complejos, abrazando la oscuridad y la brutalidad inherentes a la condición humana sin temor a parecer una desviada. ¿Cómo si no, se explicaría el brillo metálico en los ojos del viejo Adam Lambsbreath –personaje con más recovecos que el mismísimo Humbert Humbert– o la turbia relación que mantiene unidos a los familiares y los animales de la granja Cold Comfort?

Solo se me ocurre una pega para la edición publicada por Impedimenta (como bien advierte el editor) y es que en la traducción se pierden matices del exhaustivo retrato que hace Gibbons del Sussex rural. Detalle sin demasiada importancia, tengo que añadir, dado lo hilarante que sigue resultando en castellano lo que se dice y lo que pasa. Lo dicho: si queréis divertíos leyendo, esta novela debería ser vuestra preferencia.

Ocho escenas de Tokio

Osamu Dazai

Sajalín

De vez en cuando se topa uno con escritores a los que las definiciones se les quedan cortas, por muy abstractas y básicas que sean. Escritores que se repliegan en su honestidad y que emiten desde frecuencias fundamentalmente salvajes, sumidos en la sola necesidad de sacudirse el óxido que se les ha ido incrustado al alma desde que nacieron. Para estos espíritus libres, escribir suele ser sinónimo de respirar o, en el peor de los casos, de vomitar. Por supuesto, inmolarse en público les importa un rábano mientras se les permita seguir llenando folios en blanco. En el caso de Osamu Dazai (nacido Tsushima Shuji), el absoluto desprecio por la intimidad no resulta muy diferente al que proyectan las canciones de Mark Eitzel o ciertas películas de Ozu, en las que el individuo, abierto en canal, acaba dándose de bruces con la verdadera naturaleza de la sociedad: artificial, mentirosa y completamente destructiva.

Sé que no es la mejor manera de atraer a nadie decir lo que voy a decir, pero asumiré ese riesgo: Dazai es justo lo contrario de un escritor fácil. Exige tener cierto estómago y, por supuesto, no es adecuado para cualquier momento. Los ocho relatos que componen Ocho escenas de Tokio están atiborrados de muecas, comportamientos asociales y patologías de la psique camufladas tras silencios y ataques de cobardía que a fuerza de repetirse acaban desasosegando al más pintado. Por si fuera poco, estas historias respiran con el mismo hálito que suele resoplar sobre nuestros instintos más bajos, algo que no es de extrañar considerando que lo que de verdad llevó a la ruina al escritor japonés fue su adicción al alcohol y la morfina. Resumiendo: si esta literatura resulta difícil, lo es por su determinismo radical. Aquí todos somos culpables, y la única posibilidad de vencer nuestro sufrimiento es la muerte. Por cierto que Dazai intentó suicidarse cuatro veces, saliéndose con la suya el 13 de junio de 1948, día en que se lanzó al canal Tama junto a su amante, a la que se ató con una soga.

Aclarados los puntos cardinales del carácter dazaiano, ¿por qué diablos merecería la pena enfrentarse a la obra de semejante derrotista? Primero que nada, por la intensidad de su prosa, a años luz de las mohosas florituras propias del drama occidental. Segundo, porque igual sacamos algo en claro de lo que en realidad somos. Tercero, porque lo más probable es que no hayas leído algo igual en tu vida. Vale, Murakami o Mishima (otro suicida ilustre) no andarían muy lejos de esta desazón; quizás Karl Ove Knausgård… Pero seguro que ninguno de ellos te estremecerá con tanta fuerza como Dazai. Y sí, se le suele recordar por las dos novelas que escribió después de la Segunda Guerra Mundial (Indigno de ser humano y El ocaso), pero donde se condensa con más intensidad su desconcertante esencia es en estos ocho relatos de cariz más o menos autobiográfico. Un pepinazo para los amantes de la linea dura.

BARTLEBY & CO. BERLÍN

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Tipps Literatura by Bartleby & Co © Adrián de Alfonso – Berlín Amateurs – octubre 2014
Foto de portada © G Wood/ Hulton-Deutsch Collection/Corbis

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