Nación Low Cost: S (Siegfried)

por • 5 marzo, 2013 • Literatura, MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)4006

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

—Bienvenido a funnyJet, le atiende S…, ¿en qué le puedo ayudar hoy?
—Quisiera cancelar mi reserva, por favor.
—Las cancelaciones sólo son posibles en las veinticuatro horas siguientes al momento de la compra. ¿Cuándo realizó la compra?
—Anoche.
—Dígame el localizador, por favor.
—Se refiere a la referencia del vuelo, ¿verdad?
—Exacto.
—FRTG45D.
—Un segundo, por favor… Me temo que la cancelación no es posible en este caso dado que el valor de cada uno de estos cuatro vuelos es inferior a los treinta euros que le tengo que cobrar, equivalentes a la tasa de cancelación por cada trayecto…
—¿Qué?
—Que de acuerdo con las condiciones de la compañía no es posible la cancelación. Para cancelar un vuelo se deben pagar treinta euros de tasa de cancelación por cada uno de los trayectos existentes en la reserva.
—¡Qué estafa!
—No, señor. Son simplemente las normas de la compañía que usted aceptó en el momento de realizar la reserva.
—¡Ladrones!
—Gracias por llamar a funnyJet, buenas tardes.

***

SALIR. Todo transcurre en la noche. Nada más falso y teatral que los chorros de sol.

Cada noche que salía, me adentraba por la tristeza de sórdidos placeres nocturnos como por un gran país desconocido al que acudía con relativa frecuencia. Con una guía de viajes en la mano que podría haber escrito yo mismo y que en realidad de nada me servía. Acompañado siempre de un tipo de dolor denso, compacto, incluso aburrido. Y ahogando a cada paso el gemido del abandono que todos llevamos dentro. No cambiaría ni una sola de esas —de aquellas— noches por el más pleno de felicidad de tus días.

Salíamos a hacerle frente al desastre aparente. Éramos máquinas de salir. Queríamos ser los protagonistas de cada noche. La noche era la anfitriona y nosotros estábamos en la lista de invitados. Mientras nuestros mundos no paraban de desplomarse y de hacerse cada vez más pequeños —contrastando con nuestra grandeza desmedida, creíamos—, la noche nos salvaba, camuflaba aquella realidad con espejismos, con oasis con palmeras de las que colgaban bolas de espejo, cielos estrellados y lunas llenas de todos los colores. Creo que sobrevivíamos gracias a aquellas noches. Un pequeño oasis de felicidad, de paz artificial que te ayudaba a disfrutar de tu vida real.

Hacia el final de aquellas noches parecíamos muñecos de papel de aluminio que alguien hubiera arrugado hasta hacer una bola y que luego hubiera intentado alisar para confeccionarnos de nuevo. Pero brillábamos. Se nos caía el día encima muchas veces, nos sacudíamos los escombros y seguíamos adelante. Se sobrevive a todo. Sin necesidad de esfuerzos agónicos. Por grotesco que parezca, la noche reforzaba muchísimo nuestra autoestima. Cada lunes era otra cosa. Nuestra realidad era algo que se podía construir. También destrozar. O eludir. La diversión a veces llegaba a grados insuperables y teníamos miedo durante nuestras incesantes vigilias nocturnas.

SALARIO. El sueldo era de los menos atractivos que una nómina haya podido soportar impreso jamás. Se sobrevive a todo. Al principio cobrábamos seis coma cero tres euros la hora. Bruto. Nuestro sueldo era tan low cost que apenas sí se podía contabilizar. En cualquier trabajo peor que el peor trabajo que jamás hayas podido imaginar pagaban mejor.

SALVAVIDAS. ¿Cree alguien realmente que el salvavidas que hay depositado debajo de los asientos va a salvarle la vida en el caso de una catástrofe aérea en vuelos europeos cuya mayoría eran continentales, donde debajo del cielo rara vez se encontraría un mar que amortiguara la caída del avión?

Un consejo. No robe usted esos salvavidas aunque los considere inútiles e inservibles si no quiere malgastar las primeras cuatro horas de sus vacaciones encerrado en la comisaría del aeropuerto de destino cuyo idioma desconoce y eso si cuenta usted con suerte y la compañía retira finalmente la denuncia que podría costarle a usted la deportación instantánea a su país de origen. Eso sí, la multa la tendrá usted garantizada.

Nuestros salvavidas eran los demás. A veces. Podías confiar en los compañeros de trabajo todo lo que quisieras si también estabas dispuesto a que todos los demás supieran en qué andabas metido. Todo quedaba compartido. Allí cada uno era la comidilla de los demás. Sólo una historia amarga con un cliente reemplazaba un montón de buenos cotilleos sobre el resto de compañeros.

SANSOUCCI. En francés en el original. Sin sentido. ¿Acaso había algo que lo tuviera? Lo que era un sinsentido de verdad, era trabajar para funnyJet. Y puede que nuestras vidas. Los cimientos de la despreocupación tenían su sede en Potsdam. Aunque Berlín no ocupaba una posición céntrica en el mapa de Alemania, sí era un buen punto de partida para conocer algunas localidades que habían jugado un papel importante en la historia del país. Hablamos de Potsdam, donde funnyjet, Cagator Services más bien, nos tenía esclavizados.

Park Sanssouci gustaba no sólo por su belleza objetiva sino porque estaba presentado con eficacia. Aquí cada fragmento encontraba su sitio predilecto en la totalidad. Al disfrutar de las delicias arquitectónicas de estos palacios, se podía entender fácilmente que las vanguardias que con tanto orgullo mostraba el nuevo Berlín hundían sus raíces en una región donde el arte siempre había tenido mucho que decir.

SCHÖNEFELD. Todos los vuelos de funnyJet operaban en aquella época desde el aeropuerto de Berlín Schönefeld, un espacio diminuto y divido en tres terminales donde tenían su representación todas las compañías low cost del ramo. easyJet, Ryanair, Germanwings, funnyJet. Lo más atractivo de la terminal B de Schönefeld sin duda era el duty free: sin detectores antirrobo a la salida que permitían que te apropiaras de un buen surtido de cosmética de firma —antiojeras, hidratantes, contornos de ojos, cremas rejuvenecedoras en teoría— de envases comprimidos que, en conjunto, su precio total triplicaba con creces el precio del billete de ida y vuelta que te disponías a usar en cada ocasión. Éramos clientes asiduos del duty free de Schönefeld.

Las tarjetas para fichar cada día en el trabajo eran dos en realidad, una de Cagator Services y otra de funnyJet. La de funnyJet nos dio acceso durante una temporada al Speedy Boarding en los vuelos que realizábamos con funnyJet desde Schönefeld, a algunos descuentos cuando decidíamos comprar en lugar de robar en las tiendas del aeropuerto y a veces nos permitía escaquearnos del pago de algunos kilos de sobrepeso en la maleta.

Ventaja que pronto aniquilaron cuando nos hicieron llegar una circular en la que se nos prohibía el uso de dicha tarjeta fuera de la oficina, en tanto que nosotros no éramos trabajadores de funnyJet ni podíamos mencionarlo en el aeropuerto o en un vuelo para salir de algún apuro o para gorronear lo que pudiéramos. Así de cutre era todo. ¡Qué bajeza! Éramos, sin duda, la lowest fare. Que luego no esperaran de nosotros grandes proezas de cara a los clientes ante los que sí trabajábamos para funnyJet. Estábamos tan frustrados que era eso lo único que podíamos proyectar. ¡Dignaos a recordad esto la próxima vez que llaméis a funnyJet!

SCHWARZFAHRER. En inglés en el original. Sobrevivíamos al transporte público gracias a esta práctica fraudulenta cuando no teníamos demasiado dinero para comprar el ticket. Para pillar drogas no teníamos ningún tipo de impedimentos económicos aun cuando no teníamos dinero. Los accesos al metro (U-Bahn) o al tren interurbano (S-Bahn) en Berlín, no estaban restringidos por torniquetes que permitían el paso previo pago. Así que quien lo deseara, podía viajar sin necesariamente tener que comprar el ticket, por supuesto, con el riesgo que eso implicaba, y no sólo para la conciencia del que lo perpetraba.

Al tipo de personas que se entregaba a esta práctica arriesgada se les nombraba con un término seductor que hipnotizaría al más vil de los criminales: Schwarzfahrer. Sin embargo, existían infinidad de controladores de paisano que penalizaban al que no dispusiera de Fahrschein (billete) en el momento requerido con una multa de cuarenta euros que se podía pagar en el acto o ingresar más tarde en forma de unos setenta euros. De la astucia y el desparpajo que uno fuera capaz de derrochar, dependía que esa multa llegara a buen puerto o a uno inventado.

La periodicidad de los controles en el S-Bahn era entonces menos frecuente que en el U-Bahn o el Tram, con la ventaja de que cuatro líneas del S-Bahn (S9, S7, S75, S5) atravesaban los puntos clave del centro de la ciudad: Ostbahnhof, Alexanderplatz, Friedrichstrasse, Hauptbahnhof y Zoologischer Garten. No pagar en el metro no convertía a nadie en delincuente juvenil, sobre todo en una ciudad que era asolada frecuentemente por huelgas de transporte. No tratamos de hacer apología de una venganza justa y merecida contra la BVG, aunque bien podríamos.

Sin embargo, en aquellos tiempos de funnyJet ya no éramos más unos Schwarzfahrer: la lejanía geográfica —y profesional— donde desempeñábamos un trabajo que nos daba de comer mientras nos quitaba las ganas de vivir, colaboraba para que la Monatskarte (abono transporte mensual), mucho más práctica y barata que los tickets de cada día, se sostuviera diariamente en el bolsillo trasero derecho de nuestros Levi´s.

SEBASTIAN. Granuja no es la palabra adecuada, pero es la primera que nos viene a la cabeza. Ignoramos su procedencia, pero trabajaba en el equipo francés. Se las arregló para convertirse en coach y no hacer nada, así su equipo tuviera treinta y siete llamadas en cola, como llegó a suceder en época de huelgas en todos los aeropuertos franceses. Digamos que Francia era un país proclive a la huelga y a los conflictos sociales de cualquier tipo. No en vano, eran herederos de la Revolución Francesa.

El equipo francés era el más castigado, el que más trabajaba con diferencia. Sebastian se pedía bajas por enfermedad como un fumador compulsivo pide fuego para un cigarro. Con tan mala idea que no se cortaba en acudir a bares o a eventos públicos. Tampoco tenía la delicadeza de no salir en periodo de convalecencia a fiestas a las que por lo menos asistían dieciocho empleados de funnyJet. Y para mayor descaro, colgaba fotos fechadas en su Facebook en las que se suponía que debería estar recuperándose de una depresión.

Sebastian se permitía la osadía de formular comentarios racistas dirigidos directamente a las personas objeto de sus comentarios cuando en sus genes era claramente visible que intervenía, cuando menos, ADN turco. También, y que no se nos olvide, era dj residente en una de las sesiones del Magnet, club de moda de Prenzlauer Berg. Tenía hasta un nombre artístico: Mediterranean Diva. Aunque estaba muy orgulloso de sus modelitos lo cierto es que mi madre vestía infinitamente mejor en los ochenta, y eso que jamás he considerado a mi madre, que Dios y ella me perdonen, una persona con estilo. Eso sí, mi madre siempre ha pesado menos.

El sindicato acabó revelándose contra Sebastian a tenor de todos los agravantes descritos que todos los trabajadores iban aportando contra él. Digamos que Sebastian era considerado una de las personas más odiadas de la historia contemporánea de la humanidad junto a Bin Laden y Sadam Hussein. Su reacción, su ataque fue bastante inteligente: ¿Cómo un sindicato arremetía contra un trabajador cuando se suponía que ante todo debía defenderlo? Paradojas. Sebastian amenazó abogados mediante. ¿La reacción acojonada de la empresa? Suspenderle la presencia en el trabajo, pero no el salario, como ya sabrás de antes. Digamos que Sebastian, nos duela o no, supo jugar muy bien las cartas de aquella baraja.

SECRETARIAS. Se debería escribir un ensayo de corte psicológico dedicado a este gremio. Un estudio sesudo sobre su conducta. Ensayo en el que no iban a salir muy bien paradas. Había muchas secretarias que confundían su rango con el de una directora consejera delegada de una multinacional. Tenían la autoestima de un dirigente de la ONU y la prepotencia insolente e imperdonable de un dictador de esos que salen en los libros de historia contemporánea.

Digamos que desde sus alturas, sufrirían mareos si tuvieran que mirar al suelo raso. Donde nos encontrábamos nosotros. Ellas no, claro. Confundían su condición de ayudante, de asistente completamente prescindible con el de la propia autoridad. Digamos que tenían una perspectiva de la jerarquía claramente difusa. ¿Qué se creían? Si hubiésemos otorgado una cara a cada una de las secretarias que nos asediaba cada día con sus requerimientos imperiosos, aquel rostro común habría sido el de una diana. Una diana donde asestar todos los dardos, todas las flechas, todas las lanzas de punta bien afilada.

—Me temo que por motivos de seguridad, y dado que su factura requiere la modificación de algunos datos sensibles de la reserva, como la introducción del nombre de la empresa o el cif, es el titular de la reserva o uno de los pasajeros, las únicas personas autorizadas a solicitar la factura.
—Es que yo tengo todos los datos, ¿quieres que te los diga?
—Ya le he explicado quiénes son las personas autorizadas a solicitar una factura y usted no es ninguna de ellas.
—¡Mi jefe no se va a poner a llamarles!
—Pues no veo por qué no.
—Somos una empresa, ¿sabes?
—Nosotros también. Y si desea una factura debe acogerse a las condiciones que le acabo de mencionar.
—¿Y que pasa si llamo otra vez y me hago pasar por mi jefe?
—Pues que estaría usted mintiendo. Suplantar la personalidad de alguien se considera delito y podría usted tener serios problemas judiciales.
—¿Puedo hablar con un supervisor, por favor? ¡Tú no me estás ayudando en nada!
—Los supervisores no están aquí para coger llamadas. En cualquier caso, le comunicarían lo mismo que yo. Es la política de la empresa común a todos los trabajadores.
—¡No doy crédito! ¡Quiero poner una reclamación!
—¿Una reclamación? ¿Por qué? ¿Porque no se acoge usted a las condiciones de la compañía? Por favor, medítelo. Dese de una vez cuenta que lo que plantea es absurdo.
—¡Lo que me parece absurdo es que no me enviéis la factura! ¡Por ley estáis obligados a dárnosla!
—Le ruego que se tranquilice y que reduzca los grados de histerismo en su escala Richter particular. Le enviaremos la factura en cuanto se acoja a los requerimientos mencionados.

SEGURIDAD. Se suponía que las medidas de seguridad eran extremas. Pero lo cierto es que lo extremo, lo extremista era nuestra capacidad para no adherirnos a las normas de seguridad que mandaba la empresa. No bolígrafos, no papel, no lápices. Estaba terminantemente prohibido introducir en el call center cualquier objeto susceptible de almacenar información. Los móviles y dispositivos electrónicos entraban en esta categoría. Los abrigos y bolsos también. Al principio se cumplían a rajatabla, después estas normas se relajaron de una manera despreocupada que hasta nos sorprendía que nadie dijera nada al respecto.

De cuando en cuando enviaban recordatorios internos sobre el particular, pero poco más. Introducíamos revistas, libros, bolis, móviles silenciados, i-Pods, apuntes de alemán y hasta memorias extraíbles. Y si necesitábamos cualquier dato sensible de alguien, como por ejemplo el domicilio familiar de Francesco Stronzzi o el correo personal de Peter Porkins o la dirección de Amy Winehouse, lo apuntábamos sin más en cualquier trozo de papel que tuviéramos a nuestro alcance.

Y aunque prometíamos a los clientes que sólo teníamos acceso a los últimos cuatro dígitos y la fecha de caducidad de sus tarjetas de créditos, la verdad es que todos los números completos de todas las tarjetas de créditos de los más de cuarenta y cinco millones de clientes de funnyJet estuvieron a nuestro alcance desde los primeros día del training en los que trabajábamos con un copia del sistema real, e-Mess, en el que teníamos acceso a todos esos datos, además de teléfonos, direcciones postales y electrónicas. Un paraíso para cualquier delincuente en potencia. Para un delincuente ejercitado, suponemos que también.

Era gracioso y teníamos que hacer grandes esfuerzos para retener las carcajadas cuando un cliente estaba a punto de realizar un pago y te pedía con nerviosismo que por favor no repitieras la numeración de la tarjeta de crédito en alto porque cualquier compañero que estuviera a mi lado podría anotarlo. Y luego a la inversa, cuando un cliente estaba reacio a facilitar los datos de la tarjeta por teléfono o mediante correo electrónico, solíamos tranquilizarle argumentando que trabajábamos con altas medias de seguridad para la protección de los datos.

SEGURIDAD SOCIAL. El sistema alemán para la seguridad social era tan confiado que te podías ir con la tarjeta de otra persona a cualquier consulta de medicina general o a la de un especialista sin que ni siquiera te pidieran la documentación para contrastar datos. Muchos españoles sin empleo pudieron beneficiarse de los servicios de la Teknische Krankenkasse que otros disponíamos y pagábamos. Eran nuestros mordiscos a la manzana.

La seguridad social alemana no es pública, gratuita ni universal como en España en aquel entonces. Nunca sabías lo efectivo que resulta la seguridad social española hasta que te ponías enfermo en el extranjero. Independientemente de que tuvieras la tarjeta sanitaria, había que pagar diez euros por cada consulta. El ciclo anual se dividía en cuatro periodos de tres meses. Cuatro cuartales o trimestres. Quartal, en alemán en el original. De enero a marzo, de abril a junio, de julio a septiembre y de octubre a diciembre. No tenías que volver a pagar otros diez euros en la siguiente consulta si estabas dentro de un mismo ciclo. Y de la misma consulta.

Si un amigo tropezaba mientras corría y sufría un esguince, si se caía de la bicicleta y se rompía el cúbito izquierdo, si era lo suficientemente verosímil como para interpretar una horrible depresión ante un médico o si tenía una disfunción estomacal que previsiblemente haría pronosticar una baja por enfermedad de algunas semanas, aunque aquel amigo dispusiera de su propia tarjeta sanitaria, si no trabajaba, le pedíamos que utilizara la nuestra para que el parte de baja fuera a caer después a nuestras manos. Y de ahí al departamento de Recursos Inhumanos de Cagator Services. Eran nuestros mordiscos a la manzana.

SEGURO DE VIAJES. Lea usted detenidamente el contenido de cualquier contrato electrónico que firme de ahora en adelante y evite así cualquier cúmulo de sorpresas. Porque cuando usted está pulsando una casilla como leída e indispensable para continuar con las siguientes operaciones, está usted contrayendo un compromiso, firmando un contrato de cuyas condiciones no podrá zafarse a su antojo, llegados al caso.

El seguro de viajes cubría mayoritariamente los casos de enfermedad en los que los clientes de funnyJet pudieran demostrar con certificado médico que no estaban en condiciones de realizar el viaje. Para el resto de casos, consulte usted a su seguro de viajes. La compañía aseguradora es una empresa ajena a funnyJet y por lo tanto desconocemos las cláusulas del contrato que usted ha contraído con ellos.

Una de las particularidades del seguro de viajes, al igual que el Speedy Boarding, es que figuraba como predeterminado en la página web. Tenías que realizar un par de operaciones (eliminar y actualizar) para quitar definitivamente del proceso de compra estos dos servicios adicionales que engrosaban considerablemente el coste total. Dos operaciones que no muchos eran capaces de acertar. Se sucedían las llamadas histéricas de aquellos que eran incapaces de eliminar y actualizar estos servicios. Aunque mucho más fácil habría sido que estas opciones fueran precisamente opcionales. Sospechoso.

SERVICE LEVEL. En inglés en le original. Aunque para la mayoría de usuarios de funnyJet el nivel de servicio estaba bajo cero, internamente sobrepasábamos el noventa por ciento de efectividad. Que nadie se lleve las manos a la cabeza todavía. U otra vez. Un nivel de servicio efectivo significaba que las llamadas en cola rara vez se perdían y que las reclamaciones escritas estaban siendo contestadas a un ritmo aceptable, es decir, dentro de las cuarenta y ocho horas estimadas de respuesta. No confundir con la calidad de servicio.

El nivel de servicio era medido automáticamente. Petersmann, como cualquier multinacional, amaba los gráficos y las estadísticas. Todos éramos valorados según un puñado de cómputo de cifras que arrojaban nuestro comportamiento laboral en casi todas las facetas: desde la frecuencia y duración de nuestras visitas diarias al baño, hasta nuestro tiempo exacto fruto de los retrasos acumulados durante un mes, pasando por la cantidad de llamadas que recibíamos o los mails que contestábamos desde el primer día hasta el último.

SEXO. Creíamos en el amor por encima de todas las cosas. Al menos yo. Es curioso que un apartado sobre sexo empiece hablando sobre amor. El sexo no era más que el medio, un mero trámite para conseguir dormir abrazado a alguien. Con un poco —más— de suerte, enlazado a alguien. Porque el sexo era el medio, no el fin. Si hubiera sido una puta, habría dado lástima.

Notar como te daba besos en la espalda un tío al que no ibas a volver a ver jamás, es la sensación más extraña que he vivido en toda mi vida. Aquellos abrazos involuntarios mientras fingíamos que dormíamos, es lo más cerca que jamás he estado de la ternura. Escalofriante. Extraños al conocerse y extraños al despedirse. Pero en algún momento la barrera quedaba anulada y actuábamos según otros códigos de conducta más amables que desaparecían a la mañana siguiente. Todo solía desaparecer cuando el día irrumpía. Todo. A veces, muchas, no servía de nada pasar por el aro cuando a los quince minutos de correrse —si llegaban— todo el mundo tenía que marcharse. Intenté hacer de mi habitación un lugar agradable, el típico sitio donde algún chico mono quisiera quedarse.

Mis compromisos con miembros de mi propio sexo para practicar sexo con sus propios miembros no intercedían en mis compromisos laborales con funnyJet. Salía con cualquiera que quisiera acostarse conmigo dos veces seguidas. Pensando en lo muchísimo que no quería a nadie, me enamoraba al menos una vez a la semana. La ventaja era que el desamor duraba muy poco. El sexo en sí mismo, me daba pereza. No siempre. Mi vida era lo más parecido a una primera cita perpetua. Tenía que haber empezado por la segunda. Ese método de comportamiento reiterativo, un loop de esos de naturaleza interminable, una espiral, atrapado en un patrón repetitivo que reconocía como tal y que me sacaba de quicio desde el momento cero. Sí, ya sé.

Las primeras citas se convirtieron en algo tan previsible que a veces me quedaba callado esperando a que mi interlocutor, mi cita, respondiera a lo que yo no le había dicho, pero que estaba allí. Flotando en el aire. En cualquier parte. ¿Acaso era tan difícil adivinarlo? Yo habría podido responder a todas sus preguntas a las de todos, sin ni siquiera darles tiempo a gesticular. Y puedo asegurarte que rara vez me habría equivocado. A veces también creía que una primera cita se parecía bastante a una entrevista de trabajo y que en base a tu currículo eras valorado.

También optaba por quedarme mudo porque temía que lo que pudiera salir por mi boca fuera tan estúpido o más que todas las bobadas que a uno le da por decir en las primeras citas: mi ex esto, lo otro o lo de más allá; ¿no tienes frío?; me encantaría que mi madre hubiera sido Carolina Herrera, ¡qué señora tan estupenda!; ¿cuándo te diste cuenta de que eras gay?; me encanta cocinar, un día te preparo algo; ¿no tienes calor?; no entiendo cómo puedes comprar en American Apparel, si las camisetas en H&M cuestan cuatro euros; cuando me mudé aquí mi madre insistió en traerme en su coche los muebles de la cocina de mi anterior apartamento en París en lugar de todos mis dvd;  bebes cerveza mucho más rápido que yo y puedo asegurarte que yo bebo muy rápido; ¿a qué gimnasio vas?; ¿pero, quién es Kafka?; ésa es la cuarta cerveza que te bebes; no dices nada, hablo yo todo el tiempo. ¡Pues digo yo que será porque te estoy haciendo preguntas que no te molestas en devolver y porque te estoy dando la réplica en todo momento, gilipollas!

Nada tan previsible, aburrido e indignante como la primera cita por mucho que cambiara el escenario. Las demás también. La última también. Vivía cada polvo, todas las relaciones sexuales de baja intensidad con cada chico diferente, como una estación más dentro de mi proyecto amoroso. Un proyecto amoroso bastante atrofiado, por cierto.

Quise a todos los chicos que pasaron por mi cama, por mi vida. ¿Acaso había alguna diferencia? A algunos también los odié. ¿Acaso había alguna diferencia? Cada uno se llevó la parte de mí que les correspondía. Y ahora a mí ya no me queda casi nada. Sólo pedazos rotos por el suelo.

Una vez me desperté en medio de la noche. El espejo del baño se había desprendido de la pared y se había roto en mil pedazos. Aquel estruendo no me resultaba del todo extraño. No sé. Cuatrocientos golpes contra la pared no fueron bastantes para aprender a encajar con gracia y caer de pie. A esconderlo dentro y llorar después. Traté de recoger los trozos que pude y me los guardé. Por si hacían falta para otra vez. En medio de mi pecho había un agujero.

En el sexo, muchas veces, después del intercambio de fluidos, todo quedaba reducido a un leve gesto de inclinación de mentón a modo de saludo la próxima vez que los amantes ocasionales se encontrasen. Para entonces, yo ya tenía un cráter en lugar de corazón. La persona que tú quieres y la persona que te quiere nunca son la misma persona.

Cuando le dije a Peter que no me iba con él a su hotel nada en su reacción me hizo sospechar en que aquello no tendría ninguna continuidad, de que le había ofendido hasta el grado de inmadurez emocional que impide que las cosas tengan punto de retorno. Habría repercusiones. Si quedamos el día siguiente no fue para afianzar algo que acababa de brotar entre nosotros, sino más bien para aniquilarlo del todo, como quien arranca malas hierbas de un jardín. Peter se encargó muy bien de que no albergara yo la más mínima duda de que nuestros labios volvieran a rozarse, ni la más insignificante sospecha de que su actitud no era irrevocable, ni la más leve esperanza de que nuestros destinos volvieran a cruzarse.

La relación –si es que se le puede llamar así- que mantuve con Peter fue tan intrascendente como fútil. Ahora me asombra que yo mismo haya podido darle una importancia digna de la literatura. Como uno de esos errores sentimentales en los que uno ancla su vida para más tarde, de pronto, darse cuenta de la espiral de ridícula insensatez en la que ha estado sumergido, no ya por la pérdida de tiempo y el desgaste emocional y físico en sí mismos, sino por lo grotesco y patético del motivo: Peter Porkins, en este caso.

SHADOW PAYMENT. En inglés en el original. Explícale al cliente medio español de funnyJet lo que es un shadow payment. Sólo inténtalo.

No le hemos cobrado dos veces la misma reserva. En nuestro sistema aparece sólo una orden de pago y una sola reserva por el importe que nos menciona. Eso quiere decir que la cantidad no está cobrada sino retenida. Al no recibir orden de cobro se liberará en los próximos días automáticamente. Hasta un máximo de quince días. Lamento que no disponga de más liquidez en su cuenta. Si quiere acelerar trámites debe enviarnos… Sí, es usted quien debe enviarnos una serie de datos bancarios para acelerar… ¿Quiere escucharme, por favor? Le repito que la cantidad está retenida, no cobrada… O nos hace llegar usted vía formulario electrónico la información que… No se trata de un robo, señor. Como ya le he dicho, no le hemos cobrado dos veces la misma reserva. Ese importe no ha sido cobrado sino retenido.

SIDA. Bienvenidos a la Era del Descontrol Absoluto. Willkommen in Berlin! ¿Y si el sida no fuera en realidad una enfermedad sino únicamente otra herramienta de control de la sociedad que sólo servía para vender medicamentos e infundir miedo al sexo entre según qué tipo de personas?

El sida estaba muy de moda en Berlín en aquellos tiempos, donde el libertinaje iba un poco más allá de lo que cualquiera habría calificado como atroz. Los que no lo tenían —paradójicamente— se morían por tenerlo, y los infectados, se comportaban como si en realidad la cosa no fuera con ellos. Como si no lo tuvieran. Como si fueran inmortales. Ya sabes, la típica movida que despreocupa a los pioneros y hechiza a los neófitos. Uno de esos flujos de tendencias que los coolhunters son expertos en detectar. De la misma manera que la pobreza era la nueva riqueza, en Berlín, tener el sida era la nueva forma de estar saludable. ¿El anonimato? La nueva fama. No tener nada que perder, era el verdadero tesoro.

Ya sabes, las típicas manchitas rojas delatoras que al final no son de varicela. O la lipodistrofia chivata. O ese granito en plena mejilla rojo bermellón que no desaparece durante meses. Síntomas soplones de la epidemia que asolaba en secreto a la comunidad gay berlinesa. O quizá no tan en secreto. Si tenías el sida, Berlín era tu ciudad. Tu paraíso más anticipado que el próximo, ¿el verdadero? Era lo que decían. Una ciudad donde si querían follarte con descaro sin condón, no significaba que el descarado estuviera limpio, sino más bien todo lo contrario.

Algo que nadie te dice hasta que ya es demasiado tarde. Cayeron unos cuantos. ¿Acaso sirve de algo mencionar aquí sus nombres? El sida crecía en Berlín a una velocidad que podía ser medida en hertzios. O eso decían. Follar sin condón era la mejor manera que se les ocurría a algunos para un suicidio que de otro modo no habrían sido capaces de llevar a cabo. El suicidio era la nueva forma de optimismo.

Durante las épocas de plagas siempre habrá alguien que no descansará hasta que se haya contagiado. A la gente que quería pillar el virus se les podía haber llamado los ‘purasangres’. La gente dispuesta a contagiar el virus podría haber sido conocida como los ‘sanguijuelas’, una especie de vampiros posmodernos. Se creaba así una forma nueva de curiosos linajes de sangre.

Muchos se morían de ganas de que rumorearan que tenían el sida. Era el no va más, aunque fuera mentira. Querían que la gente les tuviera miedo. Porque todo el mundo quiere sentirse especial entre sus contemporáneos. Los nuevos infectados creían que un escarceo con la muerte les haría disfrutar realmente de la vida. Eran sus mordiscos a la manzana. Que así se sentirían más vivos. Curioso. Gozando de aquella atención añadida, de sus quince minutos de fama programada con principio. Y con final.

SONIA. A pesar de que no estaba gorda del todo, sus caderas apenas si pasaban por las puertas. Jugaba a hacerse la simpática, pero enloquecía de ira si alguien no muy lejos de su mesa daba golpecitos con el teclado contra la mesa sin otra intención que no fuera sacudirlo para limpiar toda esa mierdecilla que quedaba atrapada entre las teclas. Ella, en lugar de averiguar qué era exactamente lo que estaba pasando, soltaba el clásico grito ininteligible que uno sólo se atreve a dirigir a su hermana en la intimidad del hogar o al compañero de piso amparado en esa clase de confianza que da tanto asco.

Sonia era la responsable de los trainers o la trainer suprema. Siempre estaba viajando de un call center a otro allá donde funnyJet tenía sucursales: Reino Unido, Polonia, Marruecos y la India. Solía aparecer en la oficina arrastrando su trolley minúscula e insignificante cuya cavidad parecía pensada para contener únicamente un par de bragas. Aunque se sentaba cerca de nosotros, procurábamos evitar sus ojos y aquella sonrisa de profesional de lo falso, así nos fuera la vida en ello.

Cuando impartía un training, no sólo pretendía hacer alarde de una simpatía sobreactuada que ya no nos creíamos, sino que trataba de adornarlo a cada página de powerpoint que visualizábamos, con bromas que a ella y sólo a ella parecían hacer tantísima gracia. Nada más ridículo que hacerse el gracioso cuando a uno precisamente le falta gracia y encanto naturales. Acabó enrollada desde los primeros momentos del proyecto con un agente del equipo francés, mira tú por dónde.

También hacía alarde de la personalidad del arrepentimiento: en un primer momento, cuando los trainers quizá no eran conscientes de su rango y de que no debían mezclarse con personas como nosotros, se dedicaban a ir a fiestas privadas o a clubs con algunos agentes. Hacían lo que se suele hacer en las fiestas, ya sabes, beber más de la cuenta, fumar porros, colocarse. Pero luego llegaban los arrepentimientos los lunes en el call center y suplicaban al resto que por favor no se dijera nada de aquella juerga —¿salvaje?, más bien no—, del pasado fin de semana.

¡Ay! si otro agente era descubierto por ella, por ejemplo, haciendo uso privado de internet en el call center. En este caso, Sonia, como buena empleada de todos los meses y sin pizca de compañerismo para con los trabajadores de otros estamentos, enviaba un comunicado urgente a Francesco, con pantallazo incluido, para que tomara las medidas oportunas y aquel agente recibiera la falta grave pertinente. Muy al estilo preescolar.

Así era Sonia en todas sus manifestaciones. ¿Por qué este tipo de personas suelen ser las idóneas a los ojos de los contratadores para desempeñar según qué puestos? Ponte una sonrisa estúpida en la cara, parpadea sin cesar, sé locuaz y simpática y obtendrás un buen puesto de trabajo, seguro. La hipocresía de Sonia era netamente espantosa.

SOLEDAD. Les hablo ahora de la soledad, de la sensación de duda y de limitación que nos sobrevino en nuestros años maduros. Sentimiento inherente a la ciudad de Berlín. En Berlín, la soledad se adhería a ti como la sarna y como la sarna, cavaba túneles hasta que te ahuecaba por dentro. Uno podía sentirse muy solo aún teniendo muchos amigos y conocidos en la agenda del móvil y en los contactos de Facebook.

Puede que sólo se tratara de un hándicap cultural al que no estaban acostumbrados los emigrantes que a la capital alemana iban a parar. El frío multiplicaba la sensación de soledad por cincuenta mil. Nadie estaba muy dispuesto a promover su vida social con una nevada, que duraba dos semanas, de por medio. En invierno, o tenías pareja o te morías de pena o salías a saco para olvidar que no tenías pareja y para escamotear la pena. Suma a eso el carácter distante e indiferente de los alemanes y te encontrarás al borde de la depresión.

Berlín nos parecía una ciudad atemporal donde, si te desconectabas de los medios de comunicación, si te olvidabas un poco de tu sentido de la temporalidad, nunca sabías en qué época del año te encontrabas. Los veranos parecían más bien otoños o primaveras o inviernos. Las primaveras podían convertirse en veranos abrasadores durante un par de semanas. Los inviernos eran inconfundibles en cualquier época del año. En Navidad, si uno estaba solo, no lo pasaba tan mal como en otros países de tradición católica como España. En Berlín, los adornos navideños callejeros brillaban por su ausencia y las películas ad hoc en televisión tampoco contaban con adeptos suficientes entre los líderes de la programación. Ésa era la única época del año en la que, paradójicamente, estar solo se podía sobrellevar.

SPEED. En inglés en el original. Tal como yo lo veo, vivíamos a una velocidad vertical que continuamente nos dejaba en el mismo punto muerto de siempre. Ahí. Hasta arriba y otra vez hacia abajo. Detrás de la línea. Antes del pistoletazo de salida. Nuestra carrera de los mil metros lisos sobre una cinta de correr que no te permitía moverte del sitio. Para que el horizonte no se moviera de su sitio. Aquel jodido horizonte ni siquiera estaba en nuestro campo de visión algunas veces. Y cuando aparecía, era precisamente como la torre de la televisión. La Fernsehturm. Aunque podías verla desde todos los ángulos de Berlín, llevaba su tiempo llegar hasta ella.

Cuando tomábamos speed nos comportábamos como un perro que acabara de recordar dónde estaba enterrado su hueso. En funnyJet trabajaban suficientes camellos como para que el abastecimiento de drogas pasara de ser el típico agobio-bucle a las puertas del fin de semana, hasta convertirse prácticamente en un servicio de comida a domicilio. Digamos que era un lujo —sin costes adicionales— que contaba con las medidas de seguridad necesarias (las de la empresa, claro) para que nadie tuviese que preocuparse demasiado por el asunto. Speed era la droga de Berlín. Diez euros el gramo.

Las drogas eran casi más baratas que tomarse un par de copas en cualquier club. Más baratas que la entrada a esos clubs. Si calibras el efecto de las drogas y del alcohol, llegaremos a la conclusión de que resultan más baratas todavía. Aunque ya sabes lo que dicen. Lo barato sale caro. Que era precisamente lo que solían espetarnos los clientes de funnyJet a la mínima de turno.

SPEEDY BOARDING. En inglés en el original. Que no hubiera sillones numerados alentaba esta artimaña que funnyJet perpetró para cebarse con la cartera y el grado de estupidez de los más bobos del escalafón de la tontería. ¿Qué más te da donde vayas a sentarte lo que dura el vuelo? Como mucho serán dos horas. Si no eres capaz de mantener a raya la soledad durante dos horas, más vale que empieces a hacer cursillos al respecto.

Una manera astuta de obtener una especie de Speedy Boarding era realizando la facturación en línea que directamente te situaba en el grupo de embarque posterior al del Speedy Boarding, cuyos miembros eran siempre muy pocos. Pero claro, luego te llamaban los que habían realizado la facturación en línea y querían además comprar el Speedy Boarding. Era el colmo de la estupidez. Estupidez que no estábamos muy dispuestos a desbaratar. Habríamos empleado mucho más esfuerzo en intentar convencer a aquellas personas de lo desacertado de su elección que en realizar la operación que ellos deseaban con ahínco.

Aunque en algunas de nuestras mañanas buenas era probable que tocáramos a algún cliente con nuestra varita mágica. Por favor, si no va usted a facturar equipaje le recomiendo que no compre este servicio. Realice la facturación online que es prácticamente lo mismo. En contra de todas las leyes comerciales de funnyJet que nunca debíamos saltarnos. De hecho, debíamos ofrecer la compra de este servicio a todos los clientes que nos llamasen para efectuar cambios en la reserva, en lugar de evitar el ofrecimiento o invertirlo.

Sólo compraríamos este servicio si lo pagara nuestra empresa. En el resto de casos no estaría justificado, si tenemos en cuenta que este servicio podría costarte casi lo mismo que el vuelo si aquel fue muy barato. No te puedes fiar de un servicio así, que desde la página web ya te está anunciando que no te van a garantizar que seas el primero en subir al avión cuando el desplazamiento desde la terminal al avión se realice en autobús. Así precisamente era. Y el aluvión de reclamaciones no tardaba en hacerse esperar.

No puede usted exigir el importe de este servicio porque el Speedy Boarding no garantiza que usted sea el primer en subir al avión, señor. Eso se explica claramente en las condiciones de la compañía que usted aceptó a la hora de hacer la reserva. Lo sentimos.

STAFF TRAVEL. En inglés en el original. Tarifa reducida con la que los trabajadores contratados directamente por funnyJet compraban sus vuelos. Cada uno de estos afortunados tenía una lista de hasta tres beneficiarios. Esta lista permitía doce cambios de nombre anuales. Una de las principales, si no la única, razón por la que uno querría trabajar en una compañía aérea low cost era para beneficiarse de esta tarifa.

De hecho, era la respuesta más frecuente a la que todos los futuros empleados de Cagator Services respondían cuando eran preguntados sobre el particular. ¿Por qué te gustaría trabajar en funnyJet? Es en lo que cualquiera pensaría. A veces, cuando conocíamos a alguien y le decíamos dónde trabajábamos, automáticamente debía activarse algún sensor en alguna neurona que asociaba trabajar en una aerolínea con obtener vuelos gratis. Pues no. Una de las grandes frustraciones que jamás nadie se atrevió a contar.

Peter Porkins mantenía a raya mi interés en él haciéndome promesas que nunca cumplió. Pronto figuraría en su lista de afortunados para el goce y disfrute del Staff Travel. El lunes, en cuanto regresara a Luton lo resolvería. Pero ese lunes nunca llegaba del todo. Como aquellos horizontes que se iban superponiendo en la letanía de nuestras vidas. Llegó un momento en el que Peter Porkins fue a parar precisamente a uno de esos horizontes. Aunque estuviera frente a mí, yo ya no le veía.

STANDARD TEXT. En inglés en el original. Ni siquiera teníamos que elaborar nosotros mismos los textos que daban respuesta a las reclamaciones de los clientes. Sólo teníamos que elegir bien el asunto de una lista de templates, de textos predeterminados, y listo. Cambiar el título. Señor, señora, señorita. A las señoritas siempre les poníamos señora. Al fin y al cabo, no podías esperar que te siguieran tratando de señorita cuando ya tenías más de treinta y cinco años. Y si tanto querían igualdad, ¿a qué venía aquello de señorita?, ¿existía acaso un título denominado señorito? Pues no. Eran nuestros mordiscos a la manzana.

Muchos agentes ni siquiera se molestaban en comprobar si el texto elegido era el adecuado, así que era fácil que a una persona que reclamaba el reembolso de un vuelo cancelado se le enviase un texto anunciándole que en cinco días recibiría en su domicilio la factura solicitada. Y a alguien que formulaba una queja por el maltrato recibido por uno de los miembros de la tripulación, se le respondiese que en las próximas veinticuatro horas recibiría la confirmación de su reserva en la bandeja de entrada —puede que en la de correo no deseado— de su correo electrónico.

Y si nos preguntaban por las medidas permitidas para el equipaje de mano, les explicábamos que los mostradores de facturación abrían dos horas antes y hasta cuarenta minutos antes de la salida de cada vuelo. Así éramos. Así funcionaba funnyJet. ¿Quieres más? Si pretendías averiguar cuánto costaba realizar un cambio en una reserva, lo más probable es que acabaras recibiendo una carta para reclamar al seguro los vuelos que en teoría no habías podido usar. Y si querías saber desde qué terminal salían los vuelos de funnyJet en Madrid Barajas, seguro, seguro que te decíamos que desde la terminal 2B de Charles de Gaulle.

En parte por culpa del sistema de incentivos anti-incentivos, en parte por desidia, en parte por entretenimiento-ensañamiento. Ya sabes, cuantos más correos enviases al día, más unidades o puntos productivos acumulabas a final de mes y más posibilidades tenías de recibir el incentivo, aquella cantidad bruta ridícula que terminaba por convertirse en una nimiedad neta burlesca con la que no se podía comprar ni el tabaco de liar al que muchos terminaron pasándose, dado el cariz paupérrimo que dominaba todo el abanico de salarios posibles. Petersmann. Emporio mediático de pingües beneficios.

STEPHAN. Aquel bigote sobre labio superior inexistente, aquella gabardina beige o su chaleco de cuero sobre camisas adquiridas durante la Guerra Fría, probablemente en los ochenta, contribuían para que su aspecto se asociara fácilmente al concepto de pedófilo. Aquella cara de desconcierto, sin rasgos en los que se pudiera destacar nada en particular, parecía preguntarse ‘¿dónde están los niños?’.

Siempre nos cuestionamos cómo aquel haragán de cuarenta años había alcanzado la categoría de team leader si no valía ni para realizar las funciones de un agente vulgar. Funciones que en calidad de team leader debía dominar junto al conocimiento del producto para poder ayudar, ya en sus funciones de team leader, al resto de agentes a su cargo. Un desastre.

Lejos de ser despedido o no prorrogarle su contrato, Stephan pasó a encargarse de otros asuntos burocráticos como la corrección de horas en las cuentas personales de cada trabajador que quedaban trastocadas con los días de baja por enfermedad o estar en contacto con las agencias de trabajo temporal para las que trabajaban algunos de nosotros con el fin de resolver cuestiones triviales. Papeleo de poca estofa, al fin y al cabo.

Se sentaba una fila por delante del equipo español y siempre andaba quejándose de que si alborotábamos, cantábamos, eructábamos o hacíamos demasiado ruido que le desconcentraba en aquellas funciones laborales tan magnánimas que incluso habrían hecho palidecer o ruborizarse a un ministro. Había que estar muy mal de la cabeza o ser muy ingenuo para pretender que te subieran el sueldo en esta empresa. Así que cuando Stephan lo solicitó con motivo de la renovación de su siguiente contrato, se despidió al no obtener una respuesta satisfactoria.

STOLPERSTEIN. En alemán en el original. Literalmente, es una palabra alemana que designa un obstáculo en el camino, una piedra que te hace tropezar. Oigan esta metáfora. Tropezar con la misma piedra era una constante en mi vida, un método de comportamiento reiterativo, un loop de esos de naturaleza interminable, una espiral. Digamos que estaba atrapado en un patrón de conducta repetitivo que hasta reconocía como tal y que me sacaba de quicio desde el momento cero. Sí, lo has leído antes.

Stolpersteine era un proyecto artístico. Acaso, ¿tropezar siempre con la misma piedra no era todo un arte? La idea se gestó en 1993. Desde 1995 el artista de Colonia, Gunter Demnig, se había dedicado a colocar estos adoquines especiales denominados Stolpersteine en los portales de las casas donde vivió alguna víctima del nacionalsocialismo, con historia de final cruento e infeliz. En estas pequeñas, pero significativas, placas doradas figura el nombre de la persona, la fecha de nacimiento, momento de la deportación y lugar y fecha de la muerte. El propósito de este monumento exhortatorio era conmemorar el destino de los seres humanos que fueron asesinados por los nazis. Se contaban por miles en las calles de Alemania, Hungría, Austria, Italia u Holanda.

Demnig manufacturaba un cubo de hormigón de diez centímetros, cubierto por una placa de latón marcado con la inscripción. El cubo era colocado en la acera —o en la calle, a veces— delante de la puerta del último domicilio de la víctima. Los Stolpersteine eran financiados por donativos, colectas y apadrinamientos de ciudadanos individuales, colegios, categorías profesionales y comunas.

Tropezábamos con los mismos clientes coñazo, con los mismos jefes prepotentes, con los mismos casos enquistados hasta convertirse en gangrena —si esto hubiera sido realmente posible—, todos los días hábiles que trabajamos para funnyJet. Para Cagator Services, quiero decir. Seguíamos adelante, pero aquellas piedras seguían entorpeciendo nuestro camino, perpetuando los horizontes uno detrás del otro. Y cada cual más lejos del anterior.

Sin embargo, aquellas piedras no brillaban como los Stolpersteine. Perseguíamos nuestros Stolpersteine propios. Nuestros cubos de hormigón de diez centímetros, cubiertos por una placa de latón marcado con la inscripción que nos correspondía. Los queríamos enfrente de la puerta del portal. Queríamos reflejarnos en ellos cada mañana. Cada noche también. Toda la vida. O que se reflejaran los demás cuando nosotros ya no estuviéramos.

SUICIDIO. A veces invocábamos:

—Muerte, ¿dónde está tu vieja guadaña?

Cuando uno creía que la cosa iba a durar eternamente, se acababa. Después de todo, hay momentos en los que un hombre debe sacrificarse. La vida solamente va bien o mal durante un rato. Y luego empieza a ir de otra forma. No tuvimos el valor. Al menos no todos. Aquel tipo estaba tan enajenado que no había nada que hacer. Le echaríamos de menos, eso sí. Sin embargo, seguro que no lo suficiente como para perpetuar su recuerdo. ¿Cómo se llamaba?

Estoy bromeando. Sé perfectamente cómo se llamaba. Su horizonte se alejaba demasiado y el tenía demasiada prisa por alcanzarlo. A veces, la vida era como un regalo que no te gusta, hecho con verdadera ilusión. Al fin y al cabo, la vida no costaba nada. Nos la daban de balde y nos la quitaban sin pagárnosla. ¿Qué valor podía tener? Cuántas veces, después de sudores y lágrimas se ha roto uno los huesos y la mente esforzándose por algo que jamás alcanzaba, se le metía a uno en el fondo del alma la convicción honda y amarga de que no valía gran cosa.

SVETLANA. A Svetlana sólo le faltaba blandir un hacha. A pesar de que era guapa y estaba buena, esta chica de Letonia lo estropeaba todo con aquellas cosas desastrosas que una vez al mes un peluquero por diez euros le hacía a su pelo. Tenía una melena corta rubia de pelo de buena calidad que ella misma se empeñaba en estropear con mechas o cortes absurdos. Otra team leader plenamente convencida de su autoridad.

Hablaba alto y con voz ahuecada, quizá para revestirla de importancia y mando. Era un sargento, quizá por aquello de su disciplina rusa histórica, y como tal hacía cumplir las órdenes que a ella misma le imponían respecto a nosotros. Dios nos librara de llegar diez minutos tarde. Allí estaba ella esperando en la puerta para gritarte con intensidad de equipo de sonido del máximo de vatios no permitidos: ‘you are late!, you have to be more responsible!’

Si te despistabas unos pocos minutos para contarle a tu vecino las peripecias de un fin de semana que en Berlín eran especialmente dilatados e interesantes, allí volvía ella con la fusta para que te concentraras en aumentar, hasta parámetros que ya habían dejado hacía tiempo atrás la estratosfera, tu productividad. En ocasiones, resultaba realmente asfixiante y sólo te daban ganas de arrancarle aquellas mechas cobrizas de cuajo.

Sin embargo, a Svetlana le llegó un buen día su punto de inflexión. Se relajó. Quién sabe si desilusionada al convencerse de lo vil del trato de la empresa hacia todos sus trabajadores porque hasta los team leaders se llevaban sus bandazos por parte de Management. Svetlana degradó algunos puntos su antipatía y hasta se tomaba de vez en cuando sus bajas por enfermedad. ¡Ay, Svetlana! Con esa disciplina, si tanto ansiabas una medalla, más te habría valido haberte convertido en gimnasta.

SWANTJE. Esta Schift-Leiter, rango medio entre team leader y agente y, en definitiva, un truco hábil para designar a una persona con calidad de team leader pero sin pagarle lo debido, se comportaba como una auténtica hija de perra los fines de semana en los que era ella la única responsable a cargo del call center. Se tomaba tan en serio este puestecillo intermedio, este escalón o entreplanta, al fin y al cabo, entre una mierda y otra, que daba asco. Eklig.

Realmente, ¿resultaba tan complicado ser jefe sin ser molesto y muy criticado? Conocíamos nuestras responsabilidades al dedillo. No era necesario que nadie nos las refrescara cada veinte minutos. Quedaba de manifiesto nuestro descontento respecto a Cagator Services y funnyJet, lo cual incidía en nuestra productividad y predisposición negativa hacia los clientes ya de por sí muy negativos por sí solitos.

Swantje, además de tener un nombre impronunciable, una cara incómoda a los ojos de los que la observaran, un tono de voz que repelía el oído, una soberbia muy mal administrada y fatídicamente presentada con envoltorio de papel de periódico para envolver pescado, no sólo te hacía la vida imposible los fines de semana sino que elaboraba informes acerca de nuestro comportamiento que luego enviaba a los team leaders respectivos para que los tuvieran en cuenta y tomaran las medidas convenientes. Había que hacer verdaderos esfuerzos agónicos de empatía para creerse la sinceridad de aquella sonrisa bobalicona. La llegamos a ridiculizar tanto que un día decidió tomarse la justicia por su mano. Al fin y al cabo, no hay mejor justicia que ésa.

***

Tengo 4 reservas hechas y pagadas. En total somos 29 personas (es un colegio). Pues bien…, después de tirarme HORAS metiendo DATOS de cada persona, ¡¡¡NO ME GUARDA LOS DATOS!!! Vuestro sistema NO RECONOCE que los nuevos DNIs «NO TIENEN FECHA DE EMISIÓN». Por lo tanto, al no poder rellenar la casilla «Fecha de emisión», me es imposible guardar los datos de los pasajeros. Además, estas casillas se quedan con los tradicionales asteriscos rojos, ¡¡¡como reclamando que los rellene!!! ¿Ustedes qué quieren realmente? ¿Que mintamos y pongamos cualquier fecha de expedición que nos venga en gana? 

Espero que me den una solución ¡YA!, pues tengo que perder otras tantas horas para meter datos, OTRA VEZ, que tampoco servirán de nada. Y además volamos dentro de 2 semanas.

Gracias,

Carmela

***

Estimada Sra. León:

Gracias por contactar con nosotros.

Le informamos que no nos gusta hacer perder el tiempo a nuestros clientes, pero tampoco que nos lo hagan perder a nosotros.

Le comunicamos que los nuevos DNI sí tienen fecha de emisión, que se encuentra justo debajo del chip que tienen estos nuevos documentos (en el recuadro donde encontrará sus iniciales), cuando gira el DNI a contraluz, a modo de holograma.

Como ve, la solución a su problema no requiere muchas HORAS, ni tampoco, ni sobre todo, perder los modales ni la educación ni la compostura.

Le agradecemos una vez más que se haya puesto en contacto con nosotros y quedamos a su entera disposición para cualquier consulta adicional. En caso de necesitar nuestra ayuda de nuevo, utilice la sección ‘Ayuda’ en nuestro sitio Web.

Atentamente

Arnau Ferrer

funnyJet Atención al Cliente

Una historia de ficción que podría ser increíblemente real.

CONTINUARÁ…

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