Nación Low Cost: Z (Zeppelin)

por • 8 abril, 2014 • Imprescindibles, Literatura, MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)2272

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

—Bienvenido a funnyJet, le atiende Z…, ¿en qué le puedo ayudar hoy?

—¡Ay Dios mío! Tienen que ayudarme.

—Sí, dígame. ¿Qué deseaba?

—Resulta que tengo un vuelo la semana que viene a Bucarest. Yo voy a ver a mi familia que vive allí. La referencia es FDG6THJ.

—¿Y qué consulta quería hacernos? Dígame su nombre, por favor.

—Ivanova Petronova. Es que ese billete lo compré con mi marido hace tres meses y ahora él no puede coger ese avión. Se llama Sergev Amov.

—¿Quiere cancelar el billete de su marido? A menos que tenga un seguro de viajes…

—Es que no me entiende. Mi marido no puede volar conmigo.

—Señora, funnyJet es una compañía que no emite reembolsos y las cancelaciones sólo son posibles en las veinticuatro horas siguientes al momento de la compra.

—Sí a mí el dinero me da igual. Lo que quiero es que mi marido no viaje.

—¿Qué no viaje su marido? ¿Pero su marido es consciente de esa decisión? ¿Está su marido de acuerdo?

—¡Me da igual que esté de acuerdo o no! ¡Él no puede viajar en ese avión conmigo porque tiene una orden de alejamiento! ¿Sabe? ¡Le denuncié por malos tratos y ahora amenaza con matarme, madre mía! ¿No me pueden ayudar?

—Señora, le ruego que se tranquilice, por favor. Debe usted poner esta situación en conocimiento de la policía. Que ellos tomen las medidas oportunas. Se pondrán en contacto con nosotros para prevenir la situación.

—Ah, pues mira. Me quedo un poquito más tranquila. De todos modos, les volveré a llamar para ver si se ha sabido algo.

—De acuerdo. Dejaré comentarios en el historial de su reserva para que el personal de tierra del aeropuerto esté prevenido. Es todo lo que puedo hacer desde aquí.

—Pues no es mucho, ¿eh?

—Gracias por llamar a funnyJet, buenos días.

***

ZAFIO. Nosotros, primera persona del plural. También la primera del singular. Vosotros, también. Tú, también. Y por supuesto, ellos, si considera usted que este término no se ajusta a la dignidad que representa. Grosero o tosco en los modales o falto de tacto en el comportamiento. ¿Te suena?

ZEITKONTO. En alemán en el original. Contador del tiempo, control temporal de la vida laboral de un trabajador, otro sistema de coacción propuesto por Cagator Services para medir nuestro tránsito por la empresa. Era preciso que no se nos olvidara. El péndulo de Petersmann acariciaba nuestras cabezas con sus bordes de guillotina. Como si un vulgar reloj —el nuestro, nosotros— no hubiera sido suficiente. Contábamos el tiempo y hablábamos de él porque, en el fondo, estar vivo o muerto, sólo constituía un aplazamiento. Contábamos y hablábamos de nosotros mismos para despistar a la muerte con el truco que teníamos al alcance.

Cagator Services administraba nuestro tiempo en nuestra vida laboral. Lo gestionaba a su antojo para obtener márgenes de beneficio insuperables. No era sólo una cuestión de mera puntualidad. Se trataba de beneficiarse del tiempo desde el punto de vista productivo empresarial o desperdiciarlo desde el punto de vista inactivo personal de los trabajadores. De exprimirnos, al fin y al cabo. De sacar partido. Una máquina controlaba todos nuestros movimientos en ponderaciones temporales.

El Zeitkonto era ni más ni menos que la máquina del tiempo. Si nos encontrábamos mal y debíamos irnos dos horas antes, eran menos dos horas lo que figuraría aquel día en nuestra cuenta del tiempo según la empresa. Si llegábamos cuarenta y cinco minutos tarde, eran menos cuarenta y cinco minutos lo que figuraría aquel día en nuestra cuenta del tiempo según la empresa. Horas negativas que tendríamos que recuperar más tarde, cualquier otro día, a menos que tuviéramos horas positivas, cosa rara, horas extras acumuladas, que contrarrestaran aquel mal ¿menor?

Estructurábamos demasiado la vida en lugar de abrazarla. Muy dados a llenar el tiempo, a querer amortizarlo, a pretender manipularlo a nuestro favor, estirándolo para que encajara en él todo lo que queríamos vivir. ¿Era posible vaciar el tiempo en lugar de llenarlo? ¿Vaciarnos de nosotros mismos cuando ya estábamos llenos de nosotros hasta los topes? Fue lo que intentábamos en Berlín.

Es curioso cómo nos relacionábamos con el tiempo. Estoy ahí en diez minutos. Salgo ahora mismo de casa. ¡Llevo horas esperándote! En un minuto habré terminado. Aquí…, matando el tiempo… ¡Se me está haciendo eterno! Un segundo, por favor. ¡Qué pérdida de tiempo! Me gustaría aprovechar el tiempo. Démosle tiempo al tiempo. Así expuesto, parecía que era tan ponderable para nosotros como para el Zeitkonto. Pero sólo equivalía a la cuestión de lo que todavía quedaba, de lo que todavía nos quedaba de vida.

Vivíamos tiranizados. Como esclavos absolutos de las manecillas del reloj, de nosotros mismos: éramos amos y señores de la temporalidad concreta de nuestras vidas, ¿o más bien esclavos? En nombre del tiempo ejercíamos nuestra propia auto-dominación-explotación en la que no éramos conscientes de nuestro propio flagelo angustioso hasta que no lo veíamos reflejado en un espejo que podía ser un simple Zeitkonto, un registro temporizador de una empresa multinacional que mostraba nuestro deterioro en un instante que a la vez aunaba todos. Y el nuestro, al igual que el de Dorian Gray, había sido un deterioro de cualquier tipo menos físico. Aunque también.

A veces, nos escaqueábamos sin que nadie se diera cuenta sin desconectar el teléfono, sin pasar la tarjeta personal por la máquina del Zeitkonto que otro de nosotros, como favor, pasaría en nuestro lugar algunas horas después. Eran nuestros mordiscos a la manzana. Era nuestra manera astuta de robarle tiempo al tiempo. De engañar a la máquina del tiempo. ¿Acaso no era eso mismo lo que tratábamos de hacer en la vida? Engañar al tiempo todo lo que nos fuera posible. Engañarnos a nosotros mismos. Entretener a la muerte con cualquier pasatiempo. El tiempo era tan mentiroso e incomprensible como nuestra manera más creíble de autoengaño.

Todas las horas negativas podían ser recuperadas mientras el contrato del trabajador tuviera vigencia. Quedándonos una hora más por la tarde o llegando una hora más temprano. Si tu último día de trabajo tu marcador no estaba equilibrado a cero, las horas negativas serían descontadas del último sueldo. La vida era igual: podías hacer lo que quisieras a lo largo de ella, prometiéndote, prometiéndole que el año siguiente terminarías las cuatro asignaturas que te faltaban para acabar la carrera; que el mes siguiente abandonarías aquel empleo inmundo en funnyJet y buscarías algo verdaderamente decente en lo que emplear tu formación, productividad y plusvalía; que el lunes siguiente dejarías de drogarte para siempre o al menos durante una temporada en la que te esforzarías por poner tu vida y tu mente a punto; que el próximo sueldo lo invertirías en pagar todas las deudas pendientes; que en tus futuras vacaciones por fin harías ese viaje por la Costa Azul en descapotable de alquiler que siempre habías tenido ganas de realizar; que en septiembre empezarías aquel curso de fotografía, el doctorado en filosofía que, se suponía, había sido el motivo de tu traslado a Alemania, las tan imprescindibles clases de alemán, ese tratamiento de flores de bach que tanto te habían recomendado y que tanto bien te iba a hacer o el taller de literatura que habías pospuesto sine die; y en definitiva, prometiéndote, prometiéndole a la vida, al tiempo —¡a ti mismo!—, que cumplirías tus propósitos. Tus sueños. Tu futuro.

Ésa era la otra manera de recuperar las horas negativas en la vida. Hasta que llegara la muerte, el futuro, habría tiempo. Y con la muerte, ¡ay!, entonces todas nuestras horas negativas, los deseos incumplidos, los propósitos programados, los planes pospuestos, los sueños irrealizados, nos habrán sido arrebatados para siempre.

Viajar en el tiempo. O más bien detenerlo. Detenernos. Quizá fuera sólo eso lo que buscábamos en Berlín. Una anulación completa sin presente, ni pasado, ni futuro donde uno podía ser Peter Pan para siempre en nunca jamás todos los días, la misma cosa repetida y por venir en un tiempo sin tiempo en el que no había reloj ni saldo posible en ninguna clase de Zeitkonto. Fue así como la plenitud del tiempo pasó ante nosotros en un abrir y cerrar de ojos mientras vivíamos interrumpidos. Porque el tiempo no era nada en sí; sólo existía gracias a los acontecimientos que tenían lugar en él: nosotros.

ZONOUKI, JOHAN. Su adicción a la marihuana acabó por procurarle el despido. Uno ha de ser muy cuidadoso con sus adicciones, sobre todo cuando son del indiscutible carácter delator aromático de la marihuana. Podía entender que la gente consumiera estimulantes durante las horas de trabajo, al fin y al cabo, te mantenían activo, despierto. Sin embargo no cabía en mi cabeza cómo varios, entre ellos Zerrouki, podían pasarse ocho horas de trabajo fumando porros sin cesar, no sólo ya por el temor a ser descubierto como ocurrió, sino por el miedo a quedarse dormido, o lo que era peor, en la parra. Y por mucho que hayas consumido todas tus pausas para fumar en el día, por muchas ganas que tengas de fumarte el decimoquinto porro del día, por muy precavido que seas, por favor, ¿cómo te atreves a fumarte un porro de marihuana en un baño que no tiene ventanas? ¿Cómo? Explícanoslo, por favor.

ZOQUETE. Pero quizá no deseara yo esquivar a Peter, sino esquivarme a mí mismo y a los pensamientos de los que no podía deshacerme. Traté de convertir todo lo que sentía por Peter y a él mismo en una simple cosa a la que se le coge manía, incluso asco. Una piedra que quería arrojar contra él y contra los cristales de las dos empresas para las que trabajábamos directa e indirectamente. Quizá Peter no fuera ni mezquino, ni autoritario, ni prepotente, ni estirado, ni tirano, ni sádico, ni maquiavélico, ni tacaño, ni insensible, ni insensato. Aunque, la verdad, costaba creerlo. Y la última vez que lo vi, no estaba precisamente en disposición de tirar confeti.

***

 

¡NO doy por solucionado el problema! Estoy redactando la reclamación a la Dirección General de Aviación Civil, Departamento de Navegación Aérea. Sólo daré por solucionado el problema cuando ustedes abonen el importe que me corresponde: los 18,99€ que pagué por mi vuelo y la compensación económica que establece la UE en estos casos. Llevamos 13 correos mandados y aún no he recibido una respuesta suficientemente justificada por su parte. Estoy dispuesto a seguir con este juego hasta la contestación que ustedes le darán a AENA, y después por vía judicial (para eso tengo tiempo). Les agradecería que cualquier contestación a éste o a los sucesivos contactos entre ustedes y nosotros, se realice en castellano, idioma en el que compré los billetes, por lo que les agradecería atentamente que no me manden direcciones de correo donde tenga que saber alemán o inglés para rellenar algún campo. ES DECIR, ¡QUE NI MUCHÍSIMO MENOS DOY POR SOLUCIONADO EL PROBLEMA!

Atentamente: Joaquín Plaza, María Dolores Sáez, Rodrigo Cuenca

***

Estimado Sr. Plaza:

Gracias por contactar con nosotros.

Tal y como ya le hemos comunicado en correspondencia previa, y después de haber evaluado su reclamación una vez más, le informamos que no podemos acceder a su petición de recibir una compensación, a pesar de sus insistencias. Esta decisión está tomada en base a las condiciones generales de funnyJet, las cuales usted ya, a estas alturas, debería saberse de memoria, por favor.

Si desea reclamar por otras vías, es usted quien debe averiguarlas y elegirlas en el idioma que se ajuste a sus conocimientos léxicos. ¿O deberíamos decir disléxicos?

Le agradecemos una vez más que se haya puesto en contacto con nosotros y quedamos a su entera disposición para cualquier consulta adicional. En caso de necesitar nuestra ayuda de nuevo, utilice la sección ‘Ayuda’ en nuestro sitio Web.

Atentamente

Un agente insatisfecho   

funnyJet Atención al Cliente

***

(Omega)

Gracias a que viví todo lo que acabo de contar, he sido capaz de inventarme esta historia. El pasado siempre es digno de anotación y recuerdo, aunque sólo sea por el hecho de haber superado el sufrimiento y el desorden. Ellos que están todavía ahí, en alguna parte, ni siquiera saben que su historia escrita empieza en este mismo párrafo. En ninguna parte dice que tenga que creer usted esto. No existe un final, sino principios. Todo esto lo digo ahora, cuando ya no queda nada por saber. Supongo que hemos llegado al final. Así de pronto e inesperadamente. Ya está aquí. No soy capaz de imaginarme la continuación. Y quizá todos estos datos sean insuficientes para llegar a alguna conclusión.

***

 

Señores,

Lamento mucho tener que lamentar que sus lamentos por mi lamentable viaje con ustedes no me ayudan mucho. Lamentablemente, ya lamenté el retraso en el vuelo y ahora lamento el lamentable servicio que proporcionan a pesar de sus lamentos.

***

FIN

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