NLC L berlin novela

Nación Low Cost: L (Ludwig)

por • 27 marzo, 2012 • MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)2564

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

—Bienvenido a funnyJet, le atiende L…, ¿en qué le puedo ayudar hoy?
—Quería cancelar mi vuelo, por favor.
—Deme la referencia de su reserva, por favor.
—¿Y dónde la encuentro?
—Pues, seguramente, donde usted la tenga… Empieza por la letra f de Francia.
—FFFFRD5
—No es posible cancelar esta reserva a menos que haya contratado usted un seguro de viajes…
—Sí, lo he contratado, pero no sé lo que me cubre…
—En ese caso, debe usted ponerse en contacto con su seguro de viajes, puesto que constituye un nuevo contrato con otra empresa del que desconocemos las cláusulas.
—¡Son ustedes los que me deben informar porque yo he contratado el seguro en su página web! ¡Es precisamente lo que me han informado en la oficina del consumidor de la Generalitat!
—Lamento comunicarle que desconozco otro producto que no sea funnyJet. Sólo he sido entrenado para satisfacer las necesidades de la empresa mencionada. Por favor contacte usted con la empresa aseguradora.
—¡Este servicio es de vergüenza, de verdad!
—¿Y qué culpa tengo yo?, ¿eh? ¡Dígame! ¿También le han dado instrucciones sobre eso en la Generalitat? ¡Me limito a hacer este puto trabajo de mierda!, ¿sabe? Colabore, por favor… ¡O mejor olvídelo, paso de su maldito rollo! Gracias por llamar a funnyJet, buenos días.

***

LA, artículo femenino. Abogábamos por la desaparición de géneros, sexualidades, clases sociales y cualquier tipo de condición excluyente y determinante. Feminizábamos los sustantivos, nombres propios y adjetivos masculinos pretendiendo una mayor flexibilidad del léxico imperante. Jugábamos a ser creativos. Arnau era la Arnalda. Ricardo, Ricarda. Sergio, la Sergia. Un ‘¡qué asco!’ se convertía en un ‘¡qué asca!’. Todos los clientes eran patéticas, así fueran hombres, mujeres o animales que, haberlos, los había. ¡Y en abundancia! De haber creado un movimiento feminista afín, lo habríamos denominado ‘Cariátides’: en cuestión de aguante no nos ganaba nadie. Y ésta era nuestra pequeña gran aportación a la causa.

LADY VODKA. No recuerdo cómo se llamaba esta mujer del equipo alemán que más de un momento de entretenimiento nos brindó. A su costa, eso sí. Sí recordaríamos su pelo rubio artificial y descuidado y su bolso Louise Vuitton igual de falso que la tonalidad de su cabello. Era incapaz de retener un número, ¡un puto y único dígito en su cabeza! Para elaborar los frecuentes, diarios y diferentes grupos de trabajo en el training, si éramos doce y los grupos de trabajo eran de cuatro personas, el trainer simplemente nos alineaba e iba contando siempre del uno al cuatro a lo largo de la hilera.

Un, dos, tres, cuatro, un, dos, tres, cuatro, un, dos, tres, cuatro. Nosotros sólo debíamos recordar si habíamos sido nombrados como uno, dos, tres o cuatro y luego reunirnos con el resto de unos, doses, treses y cuatros que compondría cada grupo de cuatro personas. Era una operación que a veces repetíamos dos o tres veces al día durante el training de un mes de duración. Lady Vodka nunca retuvo su número.

Desde el principio le diagnosticamos dislexia. Y puede que alcoholismo por todo aquel desaliño corporal y textil en el que aparecía arrebatada cada día, que hasta daba pena, que pronto quedaba sofocada por las risas. Y aunque su pantalla al pulsar el ‘enter’ una y otra vez para concluir una operación le revelara que sólo era posible llegados a aquel caso introducir un dato numérico, ella insistía con todas las letras del teclado y lo intentaba una vez más con el ‘enter’ que le devolvía otra vez el mismo resultado: “por favor, introduzca un dato numérico”. A las pocas semanas de iniciarnos en el call center, dejamos de verla. La habían despedido. Una de las primeras.

LANGE NACHT. En alemán en el original. Y no sólo de los Museos. Arte para todos los públicos en horario prohibido. La tarde caía. El sol se perdía en el horizonte, cuando se podía ver. Comenzaba la Larga Noche de los Museos (Lange Nacht der Museen). Durante ocho horas —desde las seis de la tarde hasta las dos de la madrugada—, se podían visitar hasta un total de ciento diez museos, galerías, archivos, monumentos y casas de exposiciones. Cuatro áreas de influencia concentraban la mayoría de posibilidades: alrededores de la Puerta de Brandemburgo, la Isla de los Museos, Potsdamer Platz y Palacio de Charlottenburg. Todas ellas de fácil acceso, aunque unidas por autobuses cuyo precio de transporte incluía el ticket combinado que rondaba los quince euros con entrada libre a todos los espacios integrantes.

Digamos que era un experimento cultural pionero y original de Berlín que otras capitales del mundo no habían titubeado en adoptar —o exportar— como un incentivo cultural novedoso propio; un plagio de connotaciones positivas y una manera lúdica de acercar el patrimonio nacional y privado artístico a ciudadanos locales y a turistas. Ciudades europeas como Madrid o latinoamericanas como Buenos Aires ya contaban con la suya.

El registro de visitantes a los museos participantes, se disparaba dos veces al año: en enero y agosto, durante las dos convocatorias en las que tenía lugar esta iniciativa: una ‘jornada nocturna’ gestada en la capital alemana en 1977 que comenzó con tan sólo veinte museos. Gente de todas las edades y de todas las culturas, disfrutando con la melodía y el espectáculo de luces de colores en el exterior: una versión un tanto distorsionada —y quizá mejorada— de una discoteca. ¿Qué resultaba más estimulante: hacer cola para entrar en un museo, o en una discoteca?

Las noches de salir también eran largas. A veces interminables. Hilvanando días de fiesta ininterrumpidos con la misma familiaridad y soltura como quien rellena jugadas en una quiniela; a veces titubeábamos, otras no.

LAPIDAR. Lo que nos habría gustado hacer con Cagator Services Management. Y con buena parte de los clientes. Como terapia habría sido bastante efectiva, dadas sus propiedades relajantes con las que casi seguro habríamos rozado nuestra reafirmación emocional, por no decir el nirvana.

LEY (al margen de la). O en el lado de la ley que mola más. La ley, la legalidad, no es más que una cuestión de opinión o un problema de geografía. Lo que es un crimen en alguna parte, puede no serlo dos mil leguas más allá. Piensen ustedes si acaso en la homosexualidad. O en comer carne de cerdo o en matar una vaca. Quizá no haya una acción considerada negativa universalmente, como ya decía el Marqués de Sade.

¿Por qué resulta tan atractivo lo prohibido? ¿Por qué se idealizan los amores imposibles, o en la distancia? ¿Por qué la estimulación sensorial proviene siempre de la ilegalidad, del secreto difundido, de la promesa incumplida, del contrato roto, del pacto quebrantado, de la mentira grotesca planteada como realidad irrefutable, de nuestros mordiscos a la manzana? Porque huimos de la norma, del aburrimiento, de lo establecido, de la sumisión. Nos encanta el drama y nos encanta la subversión.

funnyJet bien podría blindarse muy bien sus espaldas sin que nosotros tuviésemos constancia porque allí trabajábamos a nuestro libre albedrío. Lo mismo respondíamos a iletrados ambiciosos que a la primera de cambio amenazaban con grandes epopeyas legales que nunca llegaban a fraguarse, a orgullosos e inservibles responsables de consumo de cada localidad española, como a letrados demasiado conscientes de la legalidad del caso y de su excelsa, a la par que inútil, posición en el desenlace legal del asunto.

Se les había arraigado en la cabeza la impresión de que el cliente siempre tenía la razón. Si el cliente tuviera siempre la razón todas las empresas estarían hundidas, en bancarrota. Quien acuñó aquello de que el cliente siempre tenía la razón, pudo haberse convertido en el siguiente Jesucristo, pero nosotros lo desbancamos. Éramos dioses. Eran nuestros mordiscos a la manzana.

LIMITS OF AUTHORITY. En inglés en el original. Teníamos terminantemente prohibido informar acerca de los derechos absolutos y monetarios, si hablamos de reembolsos en materia de compensación, a los que cualquier cliente pudiese tener legítimo derecho. ¿Para qué clase de empresa trabajábamos? Para funnyJet. Para Cagator Services. Para Petersmann, gigante de la comunicación.

Llegó un momento en que logramos entender implícitamente el porqué una empresa llegaba a consolidarse como una de las más productivas y rentables del planeta. ¿Cuándo se abolió realmente la esclavitud? ¿Se había suprimido realmente o había sido hábilmente enmascarada? ¿Cuánta mierda más seríamos capaces de resistir? ¿Y de tragar? Estábamos anegados desde el momento cero.

Aunque algún afectado tuviese derecho al cobro de una indemnización —EU Compensation— debido a la cancelación de un vuelo por motivos no extraordinarios, no estábamos autorizados a informar al cliente de tan valiosa información, a menos que él lo mencionase o lo solicitase previamente. Leed esto muy bien porque no hablamos de mentir, sino de ocultar.

Por supuesto, una de nuestras pequeñas grandes venganzas respecto a la empresa consistía en advertir precisamente a los usuarios de funnyJet de la cuantía que en realidad les correspondía. Eso sí, si la voz al otro lado del hilo telefónico nos caía mal o nos parecía grosera, ya se podía ir olvidando de la indemnización a menos que esa persona la exigiera una y otra vez a lo largo de un dilatado hilo de discusión, que así llamábamos a la ristra de mails.

LISTA DE ESPERA. No. No teníamos lista de espera, ¿tanto costaba entenderlo? Independientemente de lo que hagan otras compañías, funnyJet tenía sus propias reglas y nosotros sometíamos a nuestros clientes hacia el respeto de las mismas. Someter es precisamente la palabra adecuada.

Sí había una lista de espera figurada, implícita: casi todos aspirábamos a situaciones alentadoras, carreras fulgurantes, porvenires más prósperos que nunca llegarían. Estábamos preñados de futuro que terminaba convertido en abortos. Teníamos claro que la felicidad era una casualidad y no una ley ni la consecuencia lógica de las acciones. Era difícil hacer de la vida sencillamente algo mejor.

LLAMADA. Sinónimo de tortura. Equivalente de esgrima verbal. Harakiri de la comunicación interpersonal perpetuo. Lucha verbal interminable. Pleito infructuoso. A Dios gracias, existían dos poderosos botones, uno rojo y otro amarillo. Hablamos de colgar la llamada, nuestra demostración de poder primigenia. Un acto naïf con facultad de ruborizar. Había que tener arte y armas para hacerse con el control absoluto de la llamada.

Eso se solía conseguir a los pocos meses de entrenamiento, de tortura implacable auricular mediante si uno estaba lo suficientemente capacitado. Después de soportar lo inaguantable, digamos que uno se volvía valiente por naturaleza e inconscientemente determinaba lo que ya no volvería a pasar. Con la llegada de la intimidación de los clientes, aquellos dos botones tampoco eran ya tan necesarios. Ni esenciales en nuestro devenir.

LLUVIA. Fenómeno meteorológico frecuente durante el verano berlinés. El sol en Berlín producía en sus habitantes el mismo efecto que un amante poco entregado con su pareja: cuando éste tiene un detalle insignificante, el otro vibra de felicidad.

LOCALIZADOR (ver referencia). Localizador y referencia de la reserva venían a ser sinónimos. Sin embargo, dijeras lo que dijeras al teléfono, jamás y repito, jamás, lo entendía el receptor a la primera. Cuando solicitábamos el localizador ellos mencionaban “¿se refiere a la referencia de la reserva?” y viceversa. Una insignificante particularidad que nos sacaba de quicio. Después de noventa llamadas diarias, el mínimo atisbo de desfachatez en potencia e intrascendencia, conseguía desestabilizar nuestro, ya de por sí desestabilizado por cuenta propia, sistema nervioso.

LOCURA. ¿Estábamos acaso locos? ¿A qué definición de locura nos acogemos? La locura es ser uno mismo, pero amplificado. Volverse loco era una manera de escapar de un dolor insoportable. En la locura, como en las drogas, conviven todas las clases sociales. La locura es un don que te deja ver la verdad de las cosas. La locura no es más que un desplazamiento dentro de la razón, una manifestación de la lógica misteriosa de la que formamos parte. La locura es querer encajar, pero no puedes. Cuando te haces daño por fuera (a ti y a todo/s lo/s que te rodea/n) para intentar matar lo que sientes por dentro.

Lisa era claramente el retrato, el personaje ideal de la película “Inocencia Interrumpida”, para muchos de nosotros. Trastorno de la personalidad múltiple. Trastorno de la personalidad bipolar. Borderline. Una combinación mental no demasiado halagüeña ni indulgente con nuestra ventura. En algunos casos, creíamos que la vida también iba camino del manicomio.

Lisa, el personaje interpretado por Angelina Jolie que le valió un Óscar, también afirmaba en esa película que todos éramos, somos, en realidad: “personas que manifiestan inestabilidad en la autoimagen, las relaciones y el estado de ánimo. Incertidumbre en las metas, impulsividad en actividades perjudiciales para uno mismo, tales como el sexo casual, léase promiscuo, o el consumo de drogas. A menudo se observa inaptabilidad social y generalmente una actitud pesimista”.

Así soy yo. Así es todo el mundo. Un poco ciclotímicos sí que éramos. Sobre todo después de un festival durante un fin de semana cualquiera. Todos teníamos nuestras propias bipolaridades, ¡a qué negarlo! Todavía hoy tengo miedo. A veces pensaba que me estaba volviendo loco, pero en el fondo yo sabía que nunca me iba a volver loco.

¿Pero de qué tenía miedo Peter? Peter existía en función de su puesto en un mundo donde el membrete de las tarjetas de visita era más importantes que el propio nombre o que el nombre propio. funnyJet ejercía en él el poder de un apellido aristócrata que se obtiene no por línea consanguínea sino en calidad de consorte. Digamos que funnyJet fue el braguetazo de Peter Porkins.

Peter parecía que era la única persona que trabajaba directamente para la empresa no consciente del todo de que en realidad trabajaba para una aerolínea low cost. Queremos dejar de manifiesto aquí que la magnitud de sus humos dejaba en ridículo las pretensiones de liderazgo de, por ejemplo, Napoleón. Humildad cero. Nos preguntábamos a menudo qué haría Peter para soportarse a sí mismo cuando estaba sólo sin nadie a su alrededor a quien azuzar ni manipular, sin ninguna marioneta a su alcance a la que maltratar, a la que apuntalar los hilos.

LORENZO. O Benito Mussolini. La primera impresión era de desagrado. Este italiano convertido a team leader llegó hasta ser elegido miembro del sindicato. Lo raro no es que un trabajador tan involucrado en el organigrama de la empresa optara por ese puesto, sino que los demás lo eligieran, a sabiendas de su posición, que de alguna manera nos perjudicaría, pues el suyo, sería un voto claro a favor de la empresa.

El hecho de votarle, en sí mismo, resultaba tan sadomasoquista como los picaos en San Vicente de la Sonsierra, La Rioja. Ya sabes, esos gañanes que se despellejan los costados en plena Semana Santa. Esa tradición española tan bárbara disfrazada de golpes de fe.

Lorenzo era incapaz de soportar como los trabajadores, generalmente del equipo español, se desgañitaban entre carcajadas los suaves fines de semana cuando el trabajo aligeraba su ritmo diario habitual. Ya se encargaba él de asignarnos tareas así tuviera que sacarlas de debajo de las piedras o inventárselas, como casi siempre sucedía. Lo que por supuesto desataba otro torrente irreprimible de carcajadas.

Otro de esos capullos con ínfulas que se aferran al cetro de mando por muy ridículo y de plástico que éste sea. Te miraba con tal suficiencia que a veces pensabas que iba a arrearte un guantazo. A veces imploraba respeto con su mirada, pero bastaba con ignorarlo para que su hechizo se desvaneciera. Exactamente como el influjo de Freddy Kruger en “Pesadilla en Elm Street”. Al menos en alguna de las partes. Aquella perilla delgada que siempre lucía no era digna de confianza.

LOW COST. En inglés en el original. Concepto heredero de las compañías aéreas de bajo coste, inicialmente norteamericanas, que defendían la práctica del aumento de beneficios reduciendo al máximo los costes para conquistar el mercado con una única clase de servicio: la económica.

Precios por debajo del mercado amparados en una flota con un modelo de avión único y con pocos años de uso que minimizaba los costes de mantenimiento y simplificaba el entrenamiento de pilotos y tripulación; en la utilización de los aviones el mayor número de veces, pues un avión parado sólo genera gastos; en el incentivo del billete electrónico y la compra por internet que abarataba costes y evitaba la intervención de intermediarios; la reducción de los servicios a bordo aprovechando el espacio para un mayor número de asientos; multas elevadas para anulación o cambios de ruta o fecha; la preferencia por vuelos cortos sin escalas operados desde aeropuertos con tarifas inferiores.

Término flexible, y sobre todo estandarizado, igualmente concebido desde el optimismo o desde la decadencia. Berlín y funnyJet. ¿Acaso son necesarias, llegados a este punto, las aclaraciones? Low cost no siempre garantizaba vínculos peyorativos a todo aquello a lo que este término se asociaba. Una de esas paradojas que los expertos podrían explicar mejor que yo. Y Berlín era el mejor ejemplo que teníamos a mano para desmitificar los propios significados negativos que esa misma etiqueta “low cost” ejercía en la compañía aérea para la que no estábamos directamente contratados.

—Cuando comes en McDonalds, nadie se plantea demandar a la empresa porque algo le haya sentado mal al estómago.

La vida era cuestión de categorías. Y ya habíamos pasado por casi todas.

Si queríamos hacer diferenciaciones, se podía advertir que el mundo estaba dividido en dos segmentos clarividentes: en una punta el lujo, la first class. En el otro extremo, el universo low cost, the lowest fare. Y no hablamos sólo de líneas aéreas. El término medio tendía a difuminarse en pos de la desaparición. Como en la vida misma: había que tomar partido. Nada de posicionamientos anclados en la mitad. En el centro. Nadie estaba muy dispuesto a volar con funnyJet si llegados al caso, el precio del asiento había aumentado lo suficiente para que el pasajero decidiera invertir un poquito más viajando en una línea regular no low cost donde la calidad y garantía del servicio mejorarían.

La cultura low cost se extendía a la aristocracia, que también volaba en ocasiones con funnyJet. Los artículos de lujo habían sido reemplazados por réplicas con un precio de venta al público veinte veces menor o menos. Hablamos de moda; hablamos de viajes. Hablamos de cualquier cosa. ¿Hostales de mala muerte u hoteles de cuatro o cinco estrellas? ¿Primeras marcas o H&M, Zara y American Apparel? Tenía más glamour un punky de Friedrichshain cuajado de tachuelas con una Sternburg en la mano que una señora enjoyada de Charlottenburg.

La escala de grises desaparecía. O blanco o negro. O todo o casi nada, pero no nada del todo. No había espacio para las medias tintas. Triunfadores o fracasados. Héroes o antihéroes. Todo tenía su valor. A veces, casi el mismo. Valor que la mediocridad anulaba.

Berlín o Londres, quizá Nueva York. Ciudades en las que se ha de tener muy poco o muy mucho nivel adquisitivo para disfrutar de su oferta. Lo mismo pasaba en los supermercados. ¿Productos exquisitos de la planta gourmet del KaDeWe o las marcas blancas gut und günstig  del Lidl, Aldi o Edeka?

La degradación también afectaba a los sentimientos. Nadie estaba verdaderamente dispuesto a implicarse. Ni siquiera importaba que el sexo en cada escarceo fuera de calidad mientras fuera sexo, al fin y al cabo. El amor era un lujo. Y por lo tanto, un bien escaso a los que no muchos tenían acceso. Como un vestido de alta costura vintage de Yves Saint Laurent: impagable.

La vida era un pedazo de mierda con incrustaciones de diamantes. Sí, a eso nos referimos. Sí, lo has leído antes.

Low cost y first class. Dos categorías naturales e irreconciliables que compartían ciertas similitudes. Las dos permitían el acceso a un universo mágico: el lujo, a través de productos de calidad avalada por la tradición ancestral de la marca y sus años de existencia. Y por otro lado, la era low cost: tan contemporánea, tan inmediata, tan desechable y como el lujo, igualmente cuestionable y censurable. Una dualidad que se extendía a casi todo.

Las grandes producciones de Hollywood en reñida competencia en cartelera con las películas independientes de bajo presupuesto. La ceremonia de los Oscars o el festival de Sundance. Autores de bestsellers consagrados o escritores reconocidos y respaldados por ridículas, aunque elocuentes minorías. Ikea y muebles de mercadillo o piezas de coleccionista firmadas por Charles & Ray Eames. Un kebap, una hamburguesa o un solomillo a la pimienta.

Fotos de fotomatón o producidas con Photoshop. Un cut & go o un salón de peluquería Aveda. El transporte público, la bicicleta o un Mercedes o un Audi. Un amigo de verdad que costaba lo suyo conseguir y mantener o un amigo de lejos, de plástico, un monigote de papel, de fin de semana. La felicidad, sólida, o la alegría, líquida. Una pastilla y un gramo de speed o cocaína. Un fuerte abrazo o un parco hola. Un balneario o una acampada. Izquierda o derecha. Un cedé o descargas ilegales. Grosería despreocupada en lugar de maneras exquisitas. Lo bueno y lo malo. ¿Pero qué era exactamente qué?

En ese sentido, Berlín era una ciudad muy dual en la que esta dicotomía era ofrecida en su riqueza de contrastes. Una ciudad ambivalente donde se consideraba cool afirmar que no tenías ni un chavo y que vivías gracias a la generosidad del estado como beneficiario del Hartz IV. Una tendencia y una práctica muy consolidada y aplaudida.

Aunque fuera la capital de Alemania, ¿qué país podía resistir la rivalidad económica  de dos centros financieros? Berlín no podía competir con Frankfurt, sino todo lo contrario. Y el resultado funcionó. Berlín era una ciudad pobre-low cost azotada por el paro donde, sin embargo, la calidad de vida era envidiable. No se podía superar.

Tanto el universo low cost como el del lujo no se conciben si el ahorro o la dilapidación no se ofrecen como espectáculo, si no hacen acto de presencia la mirada y la admiración o el reproche del otro. El universo low cost intentaba ridiculizar al lujo —incluso a los productos de masas normalizados— y lo conseguía. La promoción del aparentar era superada por la fiebre del presente del usar y tirar.

El esnobismo, el deseo de parecer rico era sustituido por el gusto de brillar de otra manera: se buscaba la distinción social desde lo más bajo del escalafón. Se exhibía el nivel de pobreza y se alardeaba de bajos instintos y carencia de valores. Lo importante ya no era deslumbrar con la fortuna, sino noquear con la miseria.

Las tres dimensiones del lujo eran la calidad excelente, el precio muy elevado y el efecto prestigio de la marca. Digamos que los clientes de funnyJet pretendían trasladar la dimensión cualitativa del lujo, pagando un precio bajo en una empresa con una reputación dudosa. La insatisfacción de los usuarios de productos low cost surgía de esta asimilación confusa de conceptos. Las expectativas quedaban truncadas porque para ellos un artículo de bajo coste significaba lo mismo que un artículo de lujo.

El lujo era una buena factura. Indirectamente, lo low cost podía significar igualmente una buena factura cuando se tenía que sufragar por cuenta propia todos los gastos derivados de una disruption, una interrupción en el trasporte aéreo, si volabas en una aerolínea low cost. Ya sabes, lo barato sale caro.

Un producto low cost era lo mismo que un buen amigo: no te había costado casi nada conseguirlo, pero exigías muy-mucho de él. Y casi siempre te decepcionaba. Sí. Te suena…

Con gran predilección para la pantomima, Peter ejercía del mejor relaciones públicas que hubiera podido contratar para sí mismo. Su único mérito profesional loable. Pero, a pesar de ser un megalómano puro, Peter era la persona low cost que mejor representaba a la categoría, revistiendo sus servicios baratos, sus principios como persona, su conducta y modus vivendi de una calidad de la que adolecían. Su comportamiento, su política como persona, al igual que la de funnyJet, se apoyaba en tantos vacíos legales y morales que le permitían todos sus despropósitos.

Los valores de Peter valían tanto como un vuelo de funnyJet: 18,99€. O puede que tanto como un vuelo de promoción de funnyJet. En ocasiones, menos. Y como tal, tampoco se podía esperar mucho de las compensaciones que estuviera dispuesta a ofrecer la compañía de la que él era socio totalitario. Como los empleados de funnyJet en el aeropuerto en casos de disruption, Peter prometía compensaciones que nunca llegaban. O llegaban muy tarde.

***

En el vuelo al que me refiero en la información adicional, sufrí una mala experiencia por falta de cuidado de la tripulación. He superado el miedo a volar gracias a psicólogos y libros de autoayuda. Hoy en día no tengo ningún miedo a volar y viajo mucho por ocio y trabajo: UK, China, Rusia…

En el día de ayer, un pasajero del vuelo FNY3546 subió un globo de helio de medidas muy grandes. Mi asombro fue que la tripulación no le puso ningún impedimento. A los quince minutos de despegar, sentimos un ruido muy fuerte, debido, lógicamente, a la explosión del globo por presión. El resultado del mismo fue experimentar una tremenda ansiedad y falta de autocontrol. Gracias a esa imprudencia, puede que vuelva a sufrir la temida AEROFOBIA que superé hace años.

Al finalizar el vuelo, pregunté al sobrecargo, de nombre David, si era posible subir a bordo un globo, el cual me contestó que estaba poco hinchado.

Espero una respuesta urgente a mi pregunta y una compensación, de lo contrario difundiré mi mala experiencia en muchos foros de los que soy miembro. Considero que funnyJet, es la mejor compañía Low Cost que conozco.

Roberto Venegas

***

Estimado Sr. Venegas:

Gracias por contactar con nosotros.

Lamentamos el brote de ansiedad que sufrió en uno de nuestros vuelos. Sin embargo, le informamos que si el globo no superaba las  medidas 55x40x20cm —cosa harto probable— puede considerarse equipaje de mano. No existe ninguna norma en nuestras condiciones de transporte, las cuales usted aceptó a la hora de realizar su reserva, que impida subir a bordo con un globo de helio. Y por supuesto, no vamos a conceder una compensación por nimiedad semejante.

Agradecemos su confianza en nuestra compañía y esperamos que este terrible y violento incidente no le impida seguir volando con nosotros.

Le agradecemos una vez más que se haya puesto en contacto con nosotros y quedamos a su entera disposición para cualquier consulta adicional. En caso de necesitar nuestra ayuda de nuevo, utilice la sección ‘Contáctenos’ en nuestro sitio Web.

Atentamente

Natascha Johanson
funnyJet Atención al Cliente

Una historia de ficción que podría ser increíblemente real.

CONTINUARÁ…

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