Bruce Nauman Hamburger Bahnhof

Nación Low Cost: K (Kaufmann)

por • 26 febrero, 2012 • MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)1993

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

—Bienvenido a funnyJet, le atiende K…, ¿en qué le puedo ayudar hoy?
—¡A ver si es verdad que me vas a ayudar!… ¡El otro día perdí un vuelo de conexión por vuestra culpa! Porque el vuelo anterior era con funnyJet desde Tánger a Madrid y salió con dos horas de retraso.
—funnyJet es una compañía que no trabaja en sistemas de alianzas con otras compañías, así que me temo que…
—¡No, no, no! ¡No me respondas de manera mecánica! ¡Yo perdí un vuelo!
—Me limito a informarle acerca de las condiciones de la compañía que usted aceptó a la hora de hacer la reserva.
—¡Pues a ver quién me paga a mí el billete nuevo que me tuve que comprar!
—funnyJet no, desde luego.
—Pero, ¡¿cómo te atreves…?! ¡Explícame ahora mismo cómo puedo poner una reclamación!
—Por escrito, a través de la sección ‘Contáctenos’ de nuestra página web. Aunque ya le aviso de que la resolución será la misma que yo mismo le estoy comunicando.
—¡Eso lo vamos a ver!
—¡ESO LO VEREMOS! Gracias por llamar a funnyJet, buenos días.

***

KANTINE. En alemán en el original. Café-restaurante del edificio, en cristiano. En la Kantine el menú más caro costaba tres euros cuarenta y el más barato, dos con setenta. Y aunque aquello, más que saber a rayos, no sabía a nada, habíamos interiorizado la lección desde el momento cero: cuando comes por dos euros setenta no se te ocurre la posibilidad de pedir una hoja de reclamación, así la lasaña estuviera rellena de crujientes y sabrosas —¡hmmm!— cucarachas.

Allí asistíamos a momentos curiosos tales como presenciar como a los ejecutivos, quienes sí pagaban con cheques de restaurante, es un decir, les era llenado el plato hasta colmarlo, mientras se les atendía con la mayor simpatía y la más ejercitada de las sonrisas al pronunciar el clásico «Mahlzeit!», al mismo tiempo que a los demás apenas sí vertían en el plato lo que ellos determinaban que era una ración. Muy poquito, en cualquier caso.

KAUGUMMIAUTOMAT.
En alemán en el original. Pequeños y antiquísimos expendedores de golosinas o de las típicas sorpresas infantiles en bolas de plástico, incrustados en las paredes de ciertos edificios de Berlín. Digamos que hay que ser muy observador para percatarse de su existencia. Ya sabes, el clásico artilugio en el que insertas una moneda de bajo rango, das vueltas a una manivela hasta que te cae un chicle de colores en forma de bola, un cochecito de plástico que debes montar tú mismo pieza por pieza o lo que proceda.

Un invento socialista de la guerra fría. Lo sorprendente del asunto no es el expendedor en sí, sino su localización, ahí, en cualquier pared, en cualquier esquina, a cualquier hora del año. Otra particularidad de Berlín: el Kaugummiatomat. Otro pequeño distintivo de personalidad que hacía de la ciudad un reducto de singularidades atractivas.

La clientela de funnyJet nos parecía a veces que adquirieran sus vuelos en este tipo de artilugios en busca de una sorpresa que jamás les satisfacía. Si no, no encontrábamos otra explicación a consultas del tipo “no quería reservar equipaje porque viajo con una mochila, pero en mi reserva consta que viajo con seis maletas para mí solo”, “pero yo, ¿con qué compañía vuelo?”, “yo quería volar de Madrid a Sofia, pero ahora compruebo que tengo un billete para volar de Oviedo a Londres Stansted”, “yo quería volar el doce de septiembre, pero en la reserva me pone que vuelo el trece de marzo”. Y también muchas de las combinaciones anteriores comprimidas en una sola reserva. Unglaublich…

KILOS.
¿Era tan complicado entender que la franquicia de 20kg permitida para facturar, sin tener que pagar exceso de equipaje, correspondía a cada pasajero y no a cada maleta? Si se explicaba en la página web hasta con iconos que ya te anunciaban de antemano lo que te permitía facturar tu selección de compra, ¿por qué albergaban todavía dudas los cuarenta y cinco millones de clientes que volaban con funnyJet? No queríamos pensar que eran estúpidos, pero lo cierto era que no nos quedaban muchas alternativas de las que echar mano.

Cada kilo de exceso de equipaje se pagaba a quince euros la unidad en el aeropuerto o a nueve a través de internet o vía call center. Me pregunto qué pasaría si a cada cliente además se le hiciera pagar esas cantidades por su propio sobrepeso cada vez que intentaran volar. Sería muy propio de una compañía low cost. O en la vida. Estaríamos entonces todos muy por debajo de nuestro peso ideal. Las anoréxicas estarían de enhorabuena, vamos.

A Peter Porkins le encantaba promover amenazas y despidos. En ocasiones, también contratos. Eran famosas sus auditorías de productividad individuales. Era nuestro deber influir en el peso de la actividad empresarial y de los beneficios. Como números y máquinas que éramos, debíamos producir otros números de acuerdo con los cálculos, pronósticos y expectativas llevados a cabo por el departamento correspondiente de la empresa.

Cualquier cosa que le dijeras a Peter podía ser utilizado en tu contra. Siempre existía la certeza de que Francesco recibiría un correo electrónico alertando de cualquier cosa aprovechada por Peter hasta convertirla en un conflicto. Y para muestras, un botón:

—Hola, ¿podrías decirme qué has hecho hasta el momento? —preguntaba Peter.
—Pues he contestado a veintiséis mails y he cogido algunas llamadas —respondía Pablo.

Y así era como algo tan inofensivo era transformado en algo perverso. Poco después, Francesco recibía un correo electrónico de Peter en el que especificaba que un agente ocioso, con clearly overweight —palabras textuales a las que se unía aquel mortificante tono de superioridad—, le había respondido con desdén y en un tono de menosprecio que sólo había resuelto veintiséis mails en lo que llevaba de jornada. funnyJet no estaba dispuesta a mantener a gandules. Peter criticaba la productividad aun cuando los resultados no respaldaban aquellas acusaciones.

El mensaje fue rebotado al team leader responsable de Pablo, Hakim, que a su vez, en una acción que aunaba poco tacto y profesionalidad nula, enseñaba la misiva electrónica al pobre Pablo, quien se sorprendería de la vileza de Peter, quien precisamente aquel día había vuelto con él en el tren de regreso a Berlín y había provocado una charla animosa, quizá sólo con el fin de averiguar el número de teléfono —pues así lo preguntó en repetidas ocasiones— de uno de los agentes gays en el que, aquel entonces, estaba interesado.

¿No os parece increíble? ¿Quién era Peter para referirse a un agente en término de sobrepeso, quién era Peter para ningunear a nadie, cuando él se había colapsado de ketamina en casa de uno de los agentes el día de Navidad a la vista de otros agentes, sólo dos semanas después de haber iniciado las relaciones laborales? Por no hablar de los tiros de speed compartidos entre rondas con agentes y las relaciones sexuales que mantenía con algunos de ellos, cosas que le hacen merecedor de toda desconsideración y ningún respeto.

No podía mezclar su faceta profesional y privada de aquella manera desaforada cada fin de semana para luego separarla el lunes y recurrir entonces al paradigma de la profesionalidad del que se sentía acreedor absoluto. Una auditoria era lo que había que hacerle a Peter un sábado por la noche.

Y lo cierto era que Peter tampoco estaba en su peso ideal: por mucho que intentara disimularlo con aquellas camisas holgadas de Fred Perry, en ocasiones, parecía que había sido hinchado con un inflador de neumáticos de bicicleta. Su cara parecía que se había tragado un globo. Un impostor, eso es lo que era Peter. Y un verdugo.

KOTTI. Umgangssprache en el original. Punto de encuentro de la baja sociedad berlinesa ligada a la drogadicción. Hablamos de heroína. Pleno Kottbusser Tor, o lo que es lo mismo: Kotti. O lo que es lo mismo: epicentro de Kreuzberg, barrio turco o pequeña Estambul. O lo que es lo mismo y ya lo dejamos aquí: la versión berlinesa del Bronx.

En la estación homónima se daban cita permanentemente lo peorcísimo de cada casa en su versión yonqui de geriátrico. Aparentemente eran inofensivos, aunque no fueron infrecuentes los brotes de agresividad entre el género. O sea, el sitio paradigmático para convertir Kotti en el lugar donde no te gustaría encontrarte a medianoche. Después tampoco. Y a mediodía, lo mismo.

En Kotti vivía buena parte de los empleados de Cagator Services. Si bien era un barrio que tenía su encanto y su faceta trendy, no se podía obviar lo que allí sucedía todos y cada uno de los días. El colofón llegó un domingo cuando descubrimos en El País Semanal, un reportaje a todo color de ocho páginas sobre Kreuzberg en el que se enaltecía lo muy bien integrados que estaban los turcos en Berlín y lo maravilloso que era el barrio, echando mano del contraste y la mezcla de culturas que nunca sucede en aquellas ciudades en las que conviven sí, pero muy segmentadas y sin rozarse, un crisol de culturas, expresión usada por la propia periodista.

Viniendo de un medio respetable como era, nos sorprendió primero aquella versión edulcorada, aquella pasada a limpio que desde este medio vendía como el Kreuzberg real, para pasar después a las carcajadas que nos depositaría, al final, en la indignación. Quizá el artículo respondiera sólo a un reclamo vacacional, quién sabe si subvencionado por las autoridades de la capital alemana. O eso parecía, al menos. Actuamos. Elaboramos una carta al director que, ni que decir tiene, nunca se dignaron a publicar:

KREUZBERG NO ES SÓLO MULTIKULTI: EL FRACASO DE LA INTEGRACIÓN

El texto, más propio de la Traveler que de El País Semanal, a qué negarlo, adolece de algunas carencias informativas escandalosas que a poco que se haya estado en contacto con la realidad —¡verdadera!— de Berlín saltan, más que a la vista, al cuello.

A nuestro parecer, se trata de un reportaje muy-muy sesgado, sin el rigor informativo que caracteriza a El País Semanal. No se puede pasar por alto que Kotti, léase Kottbusser Tor, epicentro de Kreuzberg —la pequeña Estambul—, es también centro absoluto del barrio y núcleo de la marginalidad, no sólo de Kreuzberg, sino de todo Berlín.

Hablamos de la multitud de heroinómanos que circundan esa estación de metro, dentro y fuera, día y noche y del índice de criminalidad y actos violentos (cuyo registro es el más alto de todo Berlín) que mantiene la misma estación. Pasar por alto este factor es pasar por alto parte de la esencia de Kreuzberg, tema central, de actualidad que acapara noticias en los medios de comunicación con relativa frecuencia.

Hablamos de cómo los habitantes de la zona, que viven atemorizados (ahora todavía más porque se plantea ubicar una narcosala en un piso de uno de los edificios de viviendas familiares), ni siquiera pueden guardar la bicicleta en el Keller (sótano/trastero) por miedo a clavarse una jeringuilla o por no molestar al yonqui de turno que allí reside en su colchón improvisado, cuando no es más de uno (yonqui, queremos decir).

Se olvida mencionar también que esa manifestación a la que se alude en el artículo en contra de una agresión a algún travestí u homosexual, fue precisamente provocada por un grupo de turcos enardecidos. Otra de tantas. Eso sin contar con que los turcos son los inmigrantes peor integrados de toda Alemania (según reciente estudio publicado por Berliner Zeitung) y a la vez los más numerosos del país.

Las escuelas, como bien se dice en el texto, registran hasta un 100% de alumnos extranjeros, lo que sin duda ralentiza el proceso de aprendizaje y hunde al sistema educativo al completo, ya que la inmensa mayoría de esos niños no habla alemán —otra lacra de la integración—, problema también presente tanto en medios de comunicación como en cualquier terraza de Oranienstrasse.

Mucho multikulti pero jamás hemos visto a una turca en una terraza tomándose algo con un alemán-alemán o dándose un buen morreo. Vamos, que los turcos se mezclan más bien poquito (el 90% de los alemanes de origen turco terminan emparentados/casados con alemanes de origen turco, otro dato tomado del estudio publicado en el Berliner Zeitung). En Kreuzberg también hay que cuidarse muy mucho, si eres homosexual, de darle la mano o un beso a tu pareja en según qué zonas.

Otra cuestión olvidada en el tintero que afecta directamente a Kreuzberg, es el conglomerado empresarial/inmobiliario Media Spree que pronto barrerá la orilla del río Spree del lado de Kreuzberg (del otro lado también) cargándose lo que precisamente vuelve la zona particular para construir centros comerciales y edificios de oficinas, lo que sin duda trastocará la autenticidad de este barrio.

Media Spree significará construir edificios de oficinas al borde del río donde trabajará gente que vivirá fuera de la ciudad, que volverá a sus casas al final de la jornada, dejando el barrio desierto. Una contradicción con todo lo que simboliza Berlín. En fin, señores, que el reportaje sobre Kreuzberg cojea.

KRANKSCHREIBUNG. En alemán en el original. Obtener este bendito trozo de papel amarillo causaba en nosotros la misma satisfacción que una droga. Éramos adictos al Krankschreiubung también. Ya sabes, la baja por enfermedad. En Alemania no tenías que dar explicaciones a tu jefe. Llamabas al trabajo decías que estabas enfermo y santas pascuas. La enfermedad era un asunto secreto que sólo concernía al médico y a ti. Era ilegal desvelar las causas de la enfermedad así como que te las preguntaran. Cagator Services desarrolló sus métodos de coacción para intimidarnos, pero una vez más sin conseguirlo.

KRISTIANE ROPOHLL. La Darth Vader del universo Petersmann. La impunidad de esta bosta humana destrozaba las fibras del hígado. Aunque nadie nos lo confirmó, esta mujer responsable de Recursos Humanos debió sufrir malos tratos por parte de sus compañeros en el colegio y ahora, de adulta, se vengaba desde su posición profesional relevante para la empresa, de todos aquellos trabajadores que ella comparaba con los malhechores infantiles del pasado.

Quizá por eso sólo contratase a gordas y gordos como ella, personas aparentemente débiles de carácter y, en definitiva, a todos los perdedores que pasaran por su despacho o cuyos currículos ella misma supervisara, entre los cuales, por supuesto, no nos incluíamos algunos. O puede que sólo a cierta escala.

Dos cosas significativas de su despacho: 1. Siempre encontrabas platos atiborrados de dulces, chocolates o bizcochos a cualquier hora del día, cualquier día hábil de la semana. 2. Una cinta adhesiva aislante amarilla y negra pegada en la moqueta a un palmo de la entrada, te alertaba del límite de tus pasos.

Había demasiado recelo respecto a la información interna. No podíamos desvelar absolutamente nada del funcionamiento de la empresa. Unas medidas de seguridad solventes habrían bastado en lugar de hacernos firmar todos los meses circulares en las que si suscribíamos nos comprometíamos a la no revelación de datos. Infringir esas reglas suponía una pena de hasta dos años de cárcel y multas de hasta veinticinco mil euros.

Kristiane Ropohll actuaba como una medusa: siempre al acecho de su próxima picadura. Era especialista en entregarte tarde papeles vitales que evitaban la penalización del Job Center cuando estabas tramitando el subsidio por desempleo. Si necesitabas algo tan simple como una copia de tu última renovación de contrato, no por capricho, sino porque te la requería tu asesor laboral si también eras autónomo, te citaba dos semanas después de la petición para dártela, cuando ya era mucho más que demasiado tarde.

Le deseábamos tanto mal como el que causaba, pero sin embargo, fortalecerla fue lo único que conseguimos. Teníamos que haberla asesinado al estilo Orient Express: una puñalada merecida cada uno. Al menos, tenía una superficie corporal ideal para asestar tantas.

Su dios era su vientre y le hacía sacrificios dulces y sangrientos. Si lo hubiésemos abierto en aquel momento, habríamos encontrado desayuno, aperitivo, almuerzo, merienda, tentempié y cena suficiente para mantener a diez familias de clase baja durante toda la vida.

Hinchada como un neumático tamaño extra king size sin riesgo de pinchazo a la vista, Kristiane Ropohll firmaba nóminas y despidos entre bocado y bocado de cualquier comestible, gestionaba Warnungen entre atracones de golosinas, saladitos, snacks y chocolatinas —puede que todo a la vez, puede que no— y aprobaba contratos o desestimaba incentivos o ascensos mientras hacía la digestión, que en su organismo era un proceso permanente.

Su metabolismo, pobrecillo, no daba abasto. Digamos que Kristiane Ropohll podría ser perfectamente capaz de comerse su peso en pizza a diario. Y ahora, imaginaros su peso. Si es que cabe en vuestra imaginación. En una báscula no. De haberse comprado una pesa digital con voz en off, aquella le habría gritado todos los días al pesarse:

—¡ASÍ REVIENTES, HIJA DE LA GRAN PUTA!

KURZSTRECKE. En alemán en el original. Recorrido corto, en cristiano. Acortar, abaratar, suprimir. O lo contrario de la larga trayectoria que debíamos recorrer cada día hasta llegar a nuestros puestos de trabajo. Metro, tren regional, tranvía, pie. Término que se asocia a los medios de transporte urbanos de Alemania que implica una reducción en el coste del billete para el transporte a lo largo de un número determinado de paradas.

Se aplica al U-Bahn (metropolitano) cuando la intención es trasladarse en un intervalo de tres estaciones, mientras que respecto al bus o al tranvía el radio de actuación se sitúa en las seis paradas. El ticket solía costar un euro treinta. El Kurzstrecke para los taxis debías aprenderlo en la universidad de la calle porque no aparecía ni en las ediciones revisadas y actualizadas de las guías de la Lonely Planet.

Un Kurzstrecke taxi quedaba determinado si al subir al vehículo tu primera palabra pronunciada era precisamente ‘Kurzstrecke’. Era vital si no querías que el taxímetro empezara a rodar como un condenado. Acto seguido se indica el destino y el taxímetro quedaba congelado en tres euros. Lo malo del Kurzstrecke es que el desplazamiento no podía sobrepasar los dos kilómetros. Si sobrepasabas lo permitido el taxímetro revivía a la velocidad de la luz y empezaba a dar vertiginosas zancadas de cincuenta céntimos la unidad.

Con el tiempo, el Kurzstrecke degeneró hacía derroteros monetarios nada atractivos ni apetecibles en los que apenas notabas diferencia entre el valor del Kurstrecke y el precio real de la carrera. A Berlín, empezaba a pasarle lo mismo.

***

En este vuelo y en el 4511 de regreso a Madrid, no hemos incluido a un bebé que nacerá en el mes de junio. ¿Debemos incluirlo ya?, ¿cómo podríamos incluirlo?, aún no sabemos nombre, ni sexo.

Atentamente

Santiago Valencia

***

Estimado Sr. Valencia:

Gracias por contactar con nosotros.

Es fundamental a la hora de añadir un bebé como pasajero, conocer su sexo, su nombre y su fecha de nacimiento. Además, al tratarse de un vuelo internacional el bebé deberá poseer un documento apropiado (dni o pasaporte) para viajar. No se precipite usted. Sin los supuestos anterior verificados, su bebé no podría volar ni usted añadirlo a su reserva. El precio por transportar un bebé en nuestra compañía es inamovible. Reserve usted ahora y llámenos cuando nazca para introducir sus datos personales.

Le agradecemos una vez más que se haya puesto en contacto con nosotros y quedamos a su entera disposición para cualquier consulta adicional. En caso de necesitar nuestra ayuda de nuevo, utilice la sección ‘Ayuda’ en nuestro sitio Web.

Atentamente

Laura Lombarda
funnyJet Atención al Cliente

Una historia de ficción que podría ser increíblemente real. Por Daniel Zimmermann

CONTINUARÁ…

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