Nación Low Cost: J (Julius)

por • 10 enero, 2012 • Literatura, MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)1810

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

—Bienvenido a funnyJet, le atiende J…, ¿en qué le puedo ayudar hoy?
—Hola, soy Javier Mena, de Viajes Iberia. Verás, quería pedirte un pequeño favor…
—¿De qué se trata?
—Es que quería saber si podías introducir un pequeño recordatorio en una reserva…
—¿Perdón?
—Resulta que un cliente no nos ha pagado unos vuelos todavía y quería saber si era posible que dejaras un comentario en la reserva para que la chica del check in en el aeropuerto le dijera que se pusiera en contacto con nosotros para realizar el pago pendiente…
—¡Pero hombre, por favor! Nuestro sistema no es un vulgar chat donde uno deja mensajes personales… Póngase en contacto directo con el cliente o mándenos una anulación formal de sus vuelos si no le ha pagado… Es todo lo que podemos hacer por usted.

(…)

***

JÄGERMEISTER. En alemán en el original. Jägermeister era un licor muy codiciado por la plantilla de funnyJet incluso en horas de trabajo. Contaba con un treinta y cinco por ciento de contenido alcohólico elaborado a partir de hierbas en Baja Sajonia, en la ciudad de Wolfenbüttel. En esta ciudad se encontraba la empresa que lo comercializaba. Aseguraban que la receta secreta de este licor alemán contenía cincuenta y seis hierbas diferentes y a saber qué otras partículas no desveladas. Se decía que le echaban sangre de arce. La popularidad de esta bebida se había extendido ya al resto del universo.

Siempre creímos que el Jägermeister contenía ciertas sustancias psicotrópicas naturales, tipo raíces de no sé qué, capaces de asemejarlo a la absenta. Cada vez que ingeríamos cantidades notables de este producto nacional, acabábamos con una importante cogorza que dejaba a las habituales en un inofensivo juego de aficionados. Al día siguiente no te acordabas de nada, pero tenías la terrible sensación de que no te habías comportado como marcan los cánones de conducta, si existieran, en establecimientos públicos o privados. Bajo los efectos del Jägermeister podías decir la peor de las barbaridades a tu mejor amigo, enrollarte con otra persona delante de las narices de tu pareja o participar en una orgía y al día siguiente no acordarte de nada.

JAMÓN. Sí. Puede usted subir con su jamón a bordo si no excede las medidas reglamentarias previstas para el equipaje de mano. Si es que no se podía ser más español, ¡coño! Digamos que Alemania nunca figurará en ningún ranking de los anales de la historia culinaria por las delicadezas de su gastronomía. Y es que no se podía llegar muy lejos con alimentos baratos como la Currywurst, la Kartoffelsalat o la Sauerkraut, por muy rico que estuviera el Schnitzel en según qué restaurantes, aunque bien mirado, no es que el Schnitzel fuera un producto netamente alemán.

Nada como estar en España para disfrutar de las delicias de la comida. Poner un pie en la Península Ibérica significaba poner un pie donde pudieran servirte una jugosa tortilla de patatas con cebolla caramelizada, unos sabrosos huevos rotos, una exquisita empanada de atún, unos deliciosos boquerones en vinagre, un pulpo a la gallega deleitable, unas patatas bravas apetitosas, amén de un buen surtido de embutidos y quesos ibéricos. En cierto modo, también éramos los clásicos emigrantes nostálgicos.

JEFE SUPREMO. Desde el primer momento que lo vi el día de la entrevista colectiva que me daría acceso al maravilloso puesto de trabajo que nos ocupa, sabía que acabaría liándome con él. Digamos que por aquel entonces, llevaba un servidor una vida sexual bastante activa y terriblemente alocada y rara vez hacía ascos a casi nada. No es que Peter fuera un adefesio y yo un adonis de la naturaleza, pero él tampoco era para lanzar al aire una secuencia de fuegos artificiales durante una noche estrellada. Ligar en Berlín, si se era gay, resultaba tan sencillo como pasar un botón por el ojal. Te hacía sentir un sex symbol cuando en realidad no se fuera más que un chico al que le gustaba pensar que era atractivo, nada más.

Volvamos a Peter Porkins, jefe supremo que trabajaba a las órdenes de funnyJet. Peter rendía cuentas ante funnyJet. Era el encargado de apretar las tuercas a Cagator Services cuando las cotas de servicio, los objetivos pactados mediante contrato no se alcanzaban. También hacía notar de una manera muy poco profesional -como el más capullo de los jefes impertinentes en posesión de una miserable pizca de poder- cuándo algún empleado elegido al azar no estaba rindiendo al cien por cien respecto a las funciones por las cuales había sido contratado. Peter decía cosas a los empleados del tipo ‘ésa no es una postura profesional para trabajar aquí’ o ‘¿qué haces?, ¿no tienes trabajo?’

Pongamos otro ejemplo clarividente: un buen día que un team leader estaba enfermo y el personal a su cargo un tanto más exaltado de lo habitual, Peter se dedicó a hacer fotos con su móvil a ciertos agentes en sus mejores momentos de júbilo y escarceo. Fotos que inmediatamente fueron enviadas a Francesco Stronzzi junto al mensaje ‘esto es lo que hacen tus agentes cuando nadie los está controlando’. Si no estás dispuesto a permitir según qué conductas, no lo toleres o hazte valer por ti mismo. Peter Porkins podía ser un cerdo, pero también lo contrario. Pero, ¿qué es lo contrario de un cerdo? Véase también Peter Porkins en la P.

JESSICA.
Jessica, una francesa adorable un tanto peculiar, como si los demás no lo fueran. Jessica, según fuentes propias de ella misma, aclaramos, había perdido treinta kilos en los últimos tiempos. Aún así le seguían sobrando otros treinta. Repartía todas las mañanas besos a los miembros del equipo español, como si en realidad fuéramos sus retoños. A veces se comportaba como una niña de veintimuchos años y hablaba como tal, noqueando tu paciencia y sacándote de quicio. Jessica solía contar historias inverosímiles acerca de novios maltratadores, novios actuales inexistentes, violaciones, extorsiones y otro material susceptible de catalogarse en el apartado de ciencia ficción.

Jessica llegaba cada mañana, te plantaba dos besos, te daba los buenos días, te preguntaba qué tal y a continuación podía decirte cualquier cosa inesperada como, por ejemplo, comentar todas las veces que había intentado suicidarse sin éxito durante su vida o que iban a operarla de una hernia grave que le acaban de detectar. Todo sin preámbulos ni conversación previa sobre el particular o algún tema con el que se pudiera enlazar aquellos otros. Sus digresiones daban vértigo.

Jessica era adorable, eso ya lo has leído antes. Solía traer donuts del Donkey Donuts para el call center al completo —éramos más de cien— en cada cumpleaños, cuando no traía una tarta tamaño híper familiar deliciosa que ella misma había preparado. Sin embargo, a veces creía que su dulzura y candor no eran genuinos sino un intento desesperado para hacernos más llevadero el tener que mirarla. Jessica estaba tan falta de cariño como cualquiera de nosotros. Sólo que lo exteriorizaba más, imaginando historias donde quizás no las había y resultaba penoso. Basta que alguien muestre las mismas carencias que tú para que toda tu vulnerabilidad desaparezca y se convierta en saña hacia los de tu misma dolencia. Así somos. Así éramos.

JUDÍO. ¿Es un pecado tener simpatía por un pueblo oprimido al que muchos consideraban el opresor verdadero? El día que se me ocurrió la genial idea de ponerme la camiseta conmemorativa del sesenta aniversario de la fundación del estado de Israel, regalo de un conocido a propósito de los Jüdische Kulturtage, debía yo estar muy despreocupado de la situación política internacional al respecto, en estado de embriaguez o los astros, sencillamente no estaban en la alineación adecuada para favorecerme y sobre todo para proteger mi integridad física e intelectual, pues por poco me lapidan en el call center. De haber pensado un servidor en plantarse en Kreuzberg, barrio turco por excelencia, entendería la reacción brusca, grosera y descontrolada de todos. Y es que la tolerancia y el respeto siguen siendo las grandes asignaturas pendientes de la humanidad en todos los tiempos.

Aquel año se cumplían sesenta años de la fundación del estado de Israel. Punto fundamental y decisivo de las actividades que preparó la comunidad judía a propósito de los Jüdische Kulturtage. O lo que es lo mismo, en cristiano: los días de la cultura judía. Se creaba entonces una atmósfera propicia que promovía la inmersión total en la cultura judía pasada, actual y futura. Con exponentes de la música clásica y del pop, compañías de danza, exposiciones, discusiones y debates, así como un mercado callejero —la versión en miniatura del popular mercado de Tel Aviv, Shuk Ha’ Carmel— que cerraba la celebración ante extremadas medidas policiales de seguridad y cautela.

Un programa de actividades desde la diversidad cultural judía, tanto de Israel como de Alemania donde la huella de los Jeckes —aquellos que empezaron una vida nueva en un páramo lejano; judíos alemanes que peregrinaron a Israel— y su influencia en la cultura y en la sociedad israelí había jugado un papel protagonista. Una fracción condensada de diversidad que pretendía mostrar al público alemán las peculiaridades de la cultura judía. Un pequeño oasis de conocimiento que ayudaba a disfrutar de la pluralidad —eso se tendía a pensar— que manaba Berlín. Entre la cultura y el culto.

La Comunidad Judía de Berlín contaba en aquella época con once mil miembros, cuatrocientos trabajadores en nómina, por así decirlo, y —al margen de los actos culturales que nos ocupan— una importante crisis financiara que quizá no pudo hacer frente a sus objetivos futuros: la creación de una nueva sinagoga, cuatro cementerios, un asilo, dos escuelas, una Kita, una Volkshochschule y un par de espacios para la comunidad.

JUAN GARCÍA. Uno de esos, otro de tantos, licenciados en filosofía que emigraban a esa tierra prometida del conocimiento abstracto que es Alemania, y que tantos pensadores ha procreado, parido y hasta abortado. Alemania es a la filosofía contemporánea lo que fue en su día Grecia: cantera de intelectuales. Nunca habríamos pensado de aquel chico anodino, de origen canario, que había traducido al español alguna que otra obra del mismísimo Martin Heidegger. Vestía en tonos pardos y tallas holgadas y lo cierto es que costaría imaginar a un Sócrates o a un Parménides en el mismo tipo de vestimenta trasladada a la moda de la época. ¿Podía ser aquello considerado como estilo filosofal? ¿Pretendía Juan con esa austeridad severa en la ropa, aquella barba y sus greñas, aportar cierta gravedad a su propio pensamiento y a la imagen que quería proyectar? Lo cierto es que la seriedad de su atuendo congeniaba a la perfección con su carácter taciturno.

Juan se relacionaba poco con los compañeros de trabajo. Sin embargo, estiraba las conversaciones con los clientes como si fueran licra. Hablaba con una ceremoniosa parsimonia que embelesaba a las bestias y mareaba a los santos. A nosotros nos exasperaba el escucharle. Nunca le sorprendimos en un renuncio gritando a algún cliente en un tono que no fuera el suyo neutro e hipnótico habitual. Vamos, que tenía temple para la cosa. A veces nos preguntábamos, ¿era necesario aquel derroche de cualificación profesional requerido para aquella mierda de trabajo? ¿Por qué estábamos tan desvalorizados? ¿Cuánta gente sin formación estaría en aquellos momentos ocupando los puestos que realmente nosotros nos merecíamos? Difícil determinarlo. Algunas cosas eran sencillamente incomprensibles. ¿O acaso éramos todos unos fracasados con ínfulas?

JUICIO. Con la venia del señor (y de su señoría), sano, el de muy pocos. Acudiré a los tribunales y que los jueces decidan. Amenaza muy común entre la clientela de funnyJet. La gente tenía una visión muy televisiva de lo que eran sus vidas. Como si los abogados o los juicios fueran en realidad gratis. Y si tu aerolínea era funnyJet, debías tener claro que la primera consulta del abogado iba a costarte mucho más que los 18,99€ consabidos.

La única amenaza de juicio que obtuvo los frutos de la extorsión que era, fue llevada a cabo por un empleado: Sebastian. Harto de las acusaciones que se le venían encima una y otra vez por parte del sindicato, pues era un personaje muy odiado y acaparaba las iras de medio call center, amenazó con demandar a la empresa por acoso laboral. Si bien era cierto que el sindicato era un ente que abogaba por la defensa de los trabajadores, en el caso de Sebastian, como ocurría muchas veces en la empresa en otros ámbitos, los términos se invirtieron. Si Sebastian estaba de baja por enfermedad y alguien se lo encontraba en la fiesta de turno, no dudaba en hacer llegar la información al Betriebsrat para que se tomaran las medidas oportunas. Así fue como Sebastian fue atesorando un abanico de Warnungen con el que se podía solventar el sofoco momentáneo de media humanidad, si hubiera alguien osado a manejarlo.

Las acusaciones se acumulaban, pero no las pruebas. Incluso la gorda de Recursos Humanos propuso a uno de los miembros del sindicato que siguiera sus pasos nocturnos y que le hiciera una foto que probara la autenticidad de aquella ristra de acusaciones. La foto era muy susceptible de hacerse, pero ¿cómo pretendía aquella bosta que se demostrara el día en que había sido tomada? Harto del poco compañerismo de los trabajadores de la empresa, Sebastian optó por el recurso estrella: amenaza de juicio y denuncia que, para asombro de propios y extraños, funcionó. Distaban todavía tres meses para que finalizara su contrato. Se le suspendió de trabajo, pero no de sueldo durante ese periodo. Lo que violentó aún más la estabilidad mental del resto de trabajadores y enardeció la furia del sindicato.

***

Más que una pregunta quería hacerles conocedores de la falta de educación a la que fuimos sometidos por parte de dos azafatas de la tripulación del vuelo descrito anteriormente con nombres Jo y Darni (la sobrecargo). Ambas se dedicaron a poner caras de disgusto cada vez que se les preguntaba algo o se les pedía cualquier cosa, no sé si debido a la falta de comprensión del español o a su poca profesionalidad. Al principio pensé que yo era el único en recibir dicho trato pero más tarde aprecié que era general. Siempre que se dirigían a alguien se olvidaban el «please» además de acompañarlo con sonrisa irónica. Y lo que me pareció más grave: durante la explicación en español de las normas de seguridad y evacuación del avión, no hubo ninguna azafata que lo gesticulara, y teniendo un casi pleno de pasajeros de habla española y siendo el destino Barcelona, parece lamentable.

El disgusto fue comentado entre los pasajeros. Espero que no sea la única reclamación que reciban, pero también deseo que se tenga en cuenta por su gravedad en el caso de las normas de seguridad y su mala imagen en el trato del pasaje.

Sin más dilaciones les remito saludos.

Atentamente,

Axel Bonet

***

Estimado Sr. Bonet:

Gracias por contactar con nosotros.

Según le hemos explicado en correspondencia previa, se ha dado constancia de los hechos al supervisor de la tripulación de dicho vuelo para que se tomen las medidas internas oportunas y le hemos pedido disculpas por el incidente no deseado. En este momento, es eso lo que estamos en disposición de ofrecerle. Lamentamos que no satisfaga sus necesidades.

Asimismo, le informamos que funnyJet es una compañía inglesa que exige como tal ese idioma a todos sus trabajadores, además del idioma procedente del país base de cada miembro de la tripulación. Aunque los conocimientos de otras lenguas son bienvenidos, no son obligatorios. Además, las normas rigurosas de seguridad a las que usted alude las encontró usted seguramente, de manera gráfica y bastante explícita, en el folleto explicativo ubicado en cada asiento y en el vídeo de seguridad proyectado antes de iniciar el despegue que, presumimos, SÍ sería en castellano.

Le agradecemos una vez más que se haya puesto en contacto con nosotros y quedamos a su entera disposición para cualquier consulta adicional. En caso de necesitar nuestra ayuda de nuevo, utilice la sección ‘Ayuda’ en nuestro sitio Web.

Atentamente

Jorge Castillo
funnyJet Atención al Cliente

***

Agradezco sus afables palabras pero quizás no muy convincentes.

No es una pataleta infantil sino un problema de seguridad y de educación que dice poco de la imagen de su empresa. Considero muy grave el hecho de no realizar ni un gesto durante el protocolo de seguridad para conseguir la máxima comprensión del pasaje de tan vitales normas. Así como aguantar la soberbia de algunos miembros de su tripulación de cabina. Por todo ello, muy probablemente, no vuelvan a darme la bienvenida en ninguna otra nueva ocasión.

Gracias por su atención y tiempo.

Axel Bonet

 

Una historia de ficción que podría ser increíblemente real.

CONTINUARÁ…

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