Paco Arteaga - Mi Berlin libro

«A vueltas con Berlín…»

por • 1 febrero, 2012 • Mi BerlínComentarios (0)2111

PACO ARTEAGA

Llevo viviendo algunos años en Berlín, así que esa fase de enamoramiento-embobamiento inicial por la que pasamos todos, ya la he superado. Creo. Lo bueno de ser una persona negativa –mi caso- es que se detecta con mucha facilidad el “lado mierda” de todas las cosas. Y personas. Y el mío propio, ya puestos. O al menos yo lo veo como una faceta positiva dentro de mi particular círculo vicioso de críticas, quejas y lamentos. Así que lo que antes me fascinaba de Berlín, ahora me parece una porquería. Se me podría calificar –y de hecho me califican, y no sólo mi terapeuta– de ambivalente: por eso Berlín me puede parecer una mierda, pero ello no me impide promocionar con mucho gusto y cierto estilo la ciudad desde esta web sin que alguien/nadie me pague por ello.

Sólo soy un chico de Berlín este…

Uso desodorante marca “Cien” del Lidl, perfume Opium de Yves Saint Laurent –un clásico– y siempre llevo camisetas American Apparel, unos Levi’s destrozados, una cazadora de cuadros leñador rojos y negros y un par de botas Adidas o Red Wing Shoes, según proceda. Éste es mi legado; no suelo comprarme nada nunca. Ni siquiera tengo un smartphone.

Hago la compra –una vez cada mucho tiempo– en el Lidl de Warschauer Platz 14, en el Edeka de Frankfurter Allee 35 y cada vez más en el Kaiser’s de Revaler Str. esquina Gubener Str., pues hace algún tiempo que me gusta uno de los cajeros. De tonterías así se componen mis días; mi vida también. Rara vez compro el ticket del transporte público; y sinceramente, con servicio semejante no sé cómo la gente puede pagar un precio tan alto, pudiendo al mismo tiempo, no hacerlo. Es mi particular ejercicio de venganza, acto de sabotaje, contra-huelga y anti-contrición. Soy de los que piensan que el transporte público debería ser gratuito. Así que en consecuencia, actúo.

Berlín está lleno de españoles…

Sí. Berlín está lleno de españoles. Y de italianos. ¡¿Y QUÉ?! Salvando algunas zonas, ciertos tramos de una calle y edificios muy escogidos, Berlín es, en general, una ciudad fea y sucia de cojones –aunque paradójicamente con bajísimos niveles de contaminación- y bastante hostil –opto por este hermoso eufemismo– hacia los extranjeros, seguro que ya lo habrás notado. Aún así, tiene sus perlas, no te creas. De los alemanes prefiero no hablar. No por respeto, sino más bien por desidia y aburrimiento.

El mercado gay es de los más duros, crueles, despiadados y competitivos que un servidor haya experimentado en vida y online. Como dice mi mejor amigo: «¡Berlín es un gran incesto y nada más!». Pero los tíos –aunque no sientan ni padezcan– están muy buenos y muy bien hechos. Me río yo del mercado laboral y del financiero. Y del del arte, qué te voy a contar… En Berlín, la oferta cultural es desbordante, pero ya sabes: no es oro todo lo que brilla, ni artista todo aquel que se tiene por tal.

Fiel a Friedrichshain

No soy de los que se mudan de barrio sólo porque otra zona se ha puesto de moda. Por eso he permanecido la mayor parte del tiempo fiel a Friedrichshain, aunque me encante Hansaviertel, ya sabes, el barrio-monumento protegido, inalcanzable e inaccesible de Berlín. Al menos para mí. A nadie le gusta Friedrichshain. A mí sí. Soy un chico de Berlín este y me gustan los Plattenbauten (algunos). El norte y el sur, como bien sabes, aquí no existen.

De la Warschauer Strasse, que es donde vivo –incluso donde morí y resucité una vez–, me gusta casi todo, a pesar de que seguro que nadie la describiría como una calle especialmente bonita, en un barrio no necesariamente hermoso. Con los años, la calle ha ganado en establecimientos más atractivos y concurrencia joven a cualquier hora del día. Dicen que es por los hostales que ahora proliferan en esta parte de la ciudad, pero a mí me da lo mismo, no me molestan los turistas.

Sólo una persona que jamás haya viajado debería tener derecho a quejarse de los turistas, una postura muy de moda -alabada y aplaudida en Berlín por los cuatro alternativos de turno que en muchos casos también son extranjeros, por cierto-, que sólo encubre –por mucho que se apoyen en la teoría nazi del nazi Enzensberger y el rollo de que el turista destroza lo que persigue- , y no muy bien, una cosita: xenofobia. No me gustan los antituristas y lo dejo aquí bien claro.

Warschauer arriba, Warschauer abajo

También me hace mucha gracia cuando la gente no se pone de acuerdo al decir si sube o baja la Warschauer…, ese tipo de dualidades que insinuaba al principio. Ese don tan nuestro de condecorar los puntos cardinales de esa manera.

Todo lo que pasa en Berlín tiene un cartel (ahora también lo llaman line up…) y lo encuentras pegado en la pared que hay a continuación del puente de Warschauer si subes la calle; no tiene nombre, que yo sepa (ni link, por extensión), pero detrás está la sala Astra (Revaler Str. 99), en cuyos magníficos conciertos actúan las figuras B de la música que no tocan en Lido (Cuvrystr. 7), o lo que es lo mismo: las estrellas indies. Eventos, festivales, fiestas, conciertos, exposiciones. Teniendo este muro, no necesito inspirarme en el otro a la hora de elegir los temas sobre los que voy a escribir. Yo lo llamo el muro de la iluminación.

Kleinigkeiten

No soporto cuando amanece a las tres de la mañana, no poder ver los vídeos de Youtube que me cuelgan mis amigos en Facebook ni tampoco la desincronización y la rapidez con la que cambian los semáforos verde-para-peatón, que tanto contrastan con el ritmo pausado y organizado de la ciudad. Y creo que tampoco me acostumbraré nunca a eso de abrir la puerta de una casa y que me de la bienvenida un batallón de zapatos arremolinados en la entrada… Ni a que en todos los canales de televisión sólo programen películas bélicas, de crímenes y de acción: “keine Bewegung!”.

No obstante, me encantan los días cortos del invierno cuando a las tres de la tarde ya es de noche. El frío me da igual, pero detesto el viento que aquí sopla en todas las direcciones en cualquier época del año. En sentido literal y en el figurado. De nada sirve esa hora diaria de producción: pones un pie en la Warschauer Strasse y ¡hala!, a tomar por culo el peinado.

No soy muy de comer, pero tengo mi ranking de comida rápida y he aquí lo mejor en cada categoría: kebap de pollo en ese macro Imbiss clásico con panel-multicolor-interiorhortera en Rosenthalerplatz ecke Brunnenstr., currywurst en Curry 66 de Grünberger Str. 66,  Schnitzel en Scheers Schnitzel de Warschauer Str. ecke Stralauer Allee, shawarma en Sanabel (Schlesische Str. 36), hamburguesa en White Trash Fast Food (Schönhauser Allee 6) y las pizzas baratunas del Kaiser’s (83 céntimos la de salami) cuando estoy bajo mínimos que es casi siempre.

Berlín desde mi habitación

Cuando te instalas en Berlín, pronto asimilas -si lo consigues- que la soledad será muchas veces tu gran amiga y fiel compañera. Me gusta mi casa y me gusta mi habitación, desde donde se ven muy bien las torres de Frankfurter Tor y las fiestas que en una de ellas dan casi todas las noches.

Sueño con celebrar allí una gran fiesta –en la Lounge im Turm, Frankfurter Tor 9, así se llama–, pero seguro que luego la organizas y al final no es para tanto o no va nadie y sólo te has gastado los mil pavos que cuesta el alquiler y únicamente consigues sentirte más triste –si cabe- que antes o como Kirsten Dunst en Melancholia, esa onda.

Hay sitios de Berlín que me encantan y a los que he vendido con rango de lugar favorito como los exóticos Jardines del Mundo de Marzahn (Eisenacher Str. 99) o el Gasometer de Schöneberg (Torgauer Str. 12-15), pero a los que jamás he vuelto después de la primera vez. Soy de ese tipo de personas. Sin embargo, a donde no he parado de ir en los últimos años es a la fiesta marica mensual Arm & Sexy, cada vez en distintos Gasttäten de mala muerte de Neukölln.

Arm & Sexy, la fiesta – Si hay que salir, ¡se sale!

Al principio me volvía loco, ahora ya… Ya sabes, al final vas por inercia, como suele decirse. El público se ha vuelto muy joven o yo muy mayor; el mismo rollo aburrido-depresivo de siempre ¿o seré yo…? Cada vez que voy me prometo que será la última, pero la última vez me encontré allí al chico de la caja del Kaiser’s, así que ahora tenemos una dificultad añadida para dejar de ir.

O lo que es más y dicho de otro modo: ¡ahora tengo un verdadero motivo para ir! A pesar de todo, es una de las pocas fiestas a las que yo de verdad otorgaría ese sustantivo y es la única que no me provoca ganas de cortarme las venas ni allí ni al llegar a casa ni el día después en pleno apogeo del bajón frente a Facebook.

Bares de mi barrio sólo podría recomendar Kaufbar (Gärtnerstr. 4) y Honolulu (antes Baustelle, en la recepción del Hotel Michelberger, Warschauer Str. 39), que es a donde voy a tomarme algo con mis amigos de verdad o con mis primeras citas, pues son espacios con sofás muy cómodos proclives al besuqueo que siempre van bien para retozar un rato. Aunque Sanatorium (Frankfurter Allee 23) y su rollo-simulacro hospital suele impresionar a las visitas; con los años, le he ido cogiendo bastante manía, como a todo/s. Por poco se me olvida el desvencijado Bellman (Reichenberger Str. 103), que si bien no está en Friedrichshain, es otro de mis bares estrella.

Más Kleinigkeiten

La decrepitud del personal que frecuenta Boxhagenerplatz -que tanto choca con el público infantil que la frecuenta- a veces me gusta y a veces me espanta. De vez en cuando cambio esta plaza-miniparque por el de Marchlewskistrasse esquina Hildegard-Jadamowitz-Strasse, en lo que yo llamo la parte señorial de Friedrichshain. Más tranquilo, más solitario, más verde, más todo.

De lunes a miércoles en el Kino Intimes (Boxhagener Str. 107) de mi barrio cada sesión cuesta sólo 3,50€, todas las películas son relativamente recientes y están dobladas al alemán. Yo las concibo como una variación de mis clases particulares, me sirven para mejorar el oído y actualizarme al mismo tiempo con la cartelera vigente. Así evito esos incómodos momentos vergonzosos entre amigos culturetas del “pues no, no la he visto”.

Pero lo mejor de todo, sin duda, es despertarte un domingo y saber que tienes al alcance -más que un abanico- un señor elenco de posibilidades, lejos del desbarre habitual en Berghain o la clásica ronda de Flohmärkte (los muebles de mi casa proceden casi todos del de Arkona Platz, by the way). Una oportunidad, que en mi pueblo, desde luego, no tendría. Al fin y al cabo, he de reconocer que Berlín es la ciudad por la que todo pasa, en la que todo sucede. Una ciudad tan dual como yo. Y es precisamente esa dualidad la que asegura su eficacia. ¡La mía también! Así que por el momento, me quedo aquí. O quizá debería mudarme, ya veremos.

Redacción Berlín Amateurs © febrero 2012

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