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Marcela San Martín, la vida interrumpida

por • 11 septiembre, 2013 • CULTURA, Historia, Imprescindibles, SociedadComentarios (0)3216

Cuarenta años después del golpe militar que desgarró al gobierno de Allende, la extraordinaria historia de Marcela San Martín recuerda la utopía imposible de miles de refugiados chilenos del Berlín oriental.

“Cuántas veces lo hemos perdido todo y cuántas vuelto a empezar” comentan en Facebook dos hermanos ante la foto de un típico Plattenbau –gran edificio construido con paneles prefabricados– en el 177 de la antigua Lenninstr., la calle antes ejemplar de la gloria socialista y hoy territorio comanche en el denostado barrio de Lichtenberg. Allí llegaron en el invierno berlinés de 1974, desde la soleada Latinoamérica, la familia San Martín Hermosilla con la pequeña Marcela, una de las mujeres más vitales y activas del panorama cultural madrileño actual –al frente de la programación de la mítica sala El Sol, amiga y colaboradora del mago Juan Tamariz y coordinadora del proyecto Carte Diem– para quien comenzó, con solo seis años, la experiencia del exilio, la pérdida y la ilusión de la música como tabla de salvación.

Aquel Plattenbau gigantesco simboliza una historia de superación que ya podrían haber tomado como ejemplo los propios dirigentes de la Alemania oriental, abocada a un fracaso descomunal para nunca más existir, ni con toda su pompa o control policial, dos décadas después. Los recién llegados, al fin ya juntos, subieron los 18 pisos de escaleras del mundo imaginado por el presidente Erich Honecker, con sus pertenencias en mano desde el golpe de estado de Pinochet, hasta México, Cuba y Berlín, para terminar en el Madrid de los años 80. Desde allí, Marcela recuerda estos días el 40º aniversario del brutal asalto al prometedor gobierno de Allende y su estancia berlinesa con palabras como “familia”, “solidaridad”, “temor”, “sueños” y –tal y como demostró en una entrevista reciente con Berlín Amateurs–  aprendizaje y lucha.

Escalera hacia el cielo

Fue en el pupitre de su colegio del Berlín oriental, en el país que reconoce convirtió su pubertad en algo “terrible”, donde vio por primera vez escrito el nombre de un grupo que solo reconocería tras superar la clandestinidad musical: Led Zeppelin. Fue al dejar la familia Berlín –obligada por un régimen que obedecía al cisma entre socialismo y comunismo– cuando Marcela reconoce Stairway to heaven como una de sus canciones favoritas de todos los tiempos. Un himno que le apoya si piensa en momentos como el del ascensor del Plattenbau donde un vecino alemán le espetó “niña, lávate los ojos, que los tienes muy negros” o en el temible salto al potro de altura a pesar de ser una chiquilla “algo gordita”. Marcela nunca se acostumbró a un orden social donde “te medían los huesos para comprobar si valías para el patinaje artístico o el atletismo. Así te jodían la vida”.

Su candor y belleza temprana morena sirvió de portavoz propagandístico al régimen, empeñado en demostrar su gesto solidario con otros pueblos. No había 1 de mayo en el que Marcela no faltara, bandera en mano, desfilando ejemplar por la Karl Marx Allee o convocatoria internacional en la que la refugiada preadolescente no cantara. Marcela fue incluso candidata para la película sobre el golpe chileno protagonizada por el rockero rojo Dean Read. Pero también sentía la dureza de una cultura que hoy no duda en tildar de “racista” y demasiado “competitiva”, aspectos que contribuyeron a un mayor sentimiento de desarraigo en ella. En la comunidad chilena refugiada en Lichtenberg había alrededor de 3.000 compatriotas, algunos muy conocidos, como la hija y la hermana de Allende, que fueron recibidos con un nuevo hogar, trabajos y dinero para comprarse ropa en Zentrum y Alexanderplatz.

Los más jóvenes pasaron por clases de alemán y por colegios donde “no nos enseñaban nada; nos aprobaban sin más. Estábamos al margen, lo que para mí supuso cuatro años de ignorancia total”. También recuerda cómo Berlín estaba toda levantada “pero nueva” y el disgusto preciso de una decoración “de naranjas chillones” que hoy los hipsters de la ciudad pagan caro, glorificando el vintage de la Ostalgie.

Del golpe militar al Muro vigilado

Aquel 11 de septiembre su padre trabajaba como jefe de la radio nacional chilena en la misma Casa de la Moneda. Saltó la valla de la embajada de México sin que lo supiera su mujer, ni Marcela y sus dos hermanos, que vivieron días angustiosos oyendo milicos, helicópteros –Marcela aún tiembla con el sonido de hélices–, tirados por el pasillo de la casa y quemando la biblioteca del padre en el wáter. Lograron reunirse en Cuba y ser invitados por la Alemania oriental al sueño socialista europeo. Pero aquellos años fueron los de “los ojos tristes” de la madre de Marcela, los de los vecinos que daban escobazos de queja en el techo que pisaban los hermanos al jugar, para –influidos por la Stassi– sufrir posteriormente una transformación misteriosa en amigos íntimos de la familia refugiada. Las cartas de Chile llegaban tarde y abiertas. No podían confiar mucho en nadie ni “queríamos molestar”, recuerda Marcela. Para la gestora cultural, la sensación de ser un incordio en Alemania era evidente desde el primer minuto que pisó el país.

Parques y Milka

Marcela y sus hermanos disfrutaron aquellos años del parque de atracciones Spreepark, del Zoo oriental y de las zonas verdes del barrio. En su piso céntrico de Madrid enseña fotos, cuadernos de evaluación escolar e insignias pronunciando un alemán aún perfecto. A Berlín no pudo volver hasta 2009, el año en el que colgó la foto comentada de la torre de Lichtenberg en Facebook. Una visita adulta con la que “lo pasé mal”, evocando una época de tránsito fría, en la que no sintió amistad. Su mayor felicidad frente aquellos cuatro años de témpano era su clase semanal de música.

Con lúcida memoria, Marcela abarca el recuerdo de la práctica tradicional del nudismo en la Alemania oriental: “en el 74 había ya FKK, lo que a los chilenos de mentalidad católica nos sorprendía. Pero había que conocer las vejaciones que habían sufrido tras la guerra las mujeres alemanas y cómo les afectó. Son mucho más reticentes a la hora de enseñar su interior, sus sentimientos, pero no les importa enseñar un pecho o un pubis… porque ya lo enseñaron todo. Por eso, les es difícil expresar ternura o pasión y exteriorizar los sentimientos”.

¿Y el Muro? Lo veía con seis años y no entendía muy bien de qué iba aquello. Su padre pasó dos veces con permisos y regresaba cargado de chocolates Milka. “Entonces aprendes a racionar” –confiesa Marcela– “y a escuchar y observar más”. Veían la tele occidental, a pesar del riesgo de ser considerados traidores. Pero Marcela y sus hermanos lo tenían claro: preferían aquel absurdo estigma a perderse las pelis de Elvis, las de ciencia ficción, o a los Beatles…Ya cumplían lo suficiente al atender los campamentos internacionalistas del régimen.

Cabaret y caída

Hubo momentos de relajación o apertura cultural –como el de las colas ante el estreno de Cabaret en Mitte, que Marcela recuerda como un “hito en la historia de Berlín oriental”– y otros aspectos positivos, como tener las gafas y el dentista gratis: “Todavía tengo un empaste de entonces”, dice. Los libros valían de un año para otro y tenían tres sueldos en casa: “como no se podía viajar, ese dinero se gastaba en peluquería o en unos excelentes equipos de fotografía”. Para aquella niña era maravilloso moverse por la ciudad sola y sin problema, en U-Bahn, S-Bahn o Tram, y “su estructura en torno a un parque, un polideportivo, siempre un policlínico y un supermercado”.

Vio la retransmisión de la caída del Muro por Hilario Pino: “Yo flipé”, recuerda. “Por un lado sentí pena, porque al fin y al cabo era parte de mi memoria, y por otro mucha alegría… porque carecer de libertad es algo tremendo”. En su visita de hace cuatro años descubrió una Berlín de colores y viva, sin aquel gris “nefasto”. Un reencuentro que le ayudó a cerrar etapa y que, sin duda, convierte a Marcela y Berlín en gemelas de una historia de adaptación y supervivencia.

Lara Sánchez para Berlín Amateurs © septiembre 2013

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