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Página 1 de 3 La novela por entregas de BA
Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann
—Bienvenido a funnyJet, le atiende H..., ¿en qué le puedo ayudar hoy? —Quería hacer una consulta, por favor. —¿De qué se trata? —Quería saber qué tenemos que hacer para transportar doscientos litros de leche hasta Bulgaria volando desde Madrid. —Si desea facturarlos, tenga en cuenta que cada pasajero podría facturar veinte kilos. Cada kilo que sobrepase el peso permitido le costará a usted quince euros. —¿Y cuánto tendría que pagar en total? —Tendría que saber primero cuántos pasajeros vuelan en la misma reserva y cuántas maletas han reservado ustedes previamente para facturar. —Pues dos. —En ese caso, pueden ustedes facturar en su equipaje cuarenta kilos. —¿Y qué hacemos con el resto? —Pues si desean facturarlo, deben pagar primero por las maletas necesarias para volar, cuyo precio es de once euros por pieza y trayecto, a lo que habría que sumar cada kilo de sobrepeso a quince euros la unidad. —Ah. —Mire, sinceramente. Le saldría infinitamente más rentable si usted compra la leche una vez que haya llegado a Sofia, ¿no cree? —Pero es que la leche la cede una ONG para un campo de refugiados... —Yo hago lo que usted desee, pero considere que con el dinero que va a invertir en transportar la leche le podría cambiar la vida a unos cuantos refugiados. —Vale, vale. Lo consultaré entonces. —¡Gracias!..., por llamar a funnyJet. Le ha atendido H... Buenos días.
***
HAKIM. O el lobo con piel de cordero. Hakim, lejos de haber nacido en oriente medio, era de procedencia latinoamericana; un latin king. Se convirtió en el único team leader del equipo español, pero hubo un tiempo en el que fueron dos los supervisores de nuestro equipo y fue precisamente entonces cuando Hakim jugaba al policía bueno concediéndonos lo que la otra jefa no podía o adelantándose a nuestros deseos o simplemente actuando con más rapidez y eficacia. No es que su contrincante fuera una incompetente sino que Hakim conocía a unas cuantas personas en determinados departamentos que agilizaban ciertos trámites cuando él les hacía una llamada. Sin embargo, la cosa cambió en cuanto él se quedó solo al frente de nuestro equipo. Ya no había contra quien competir, ante quien lucirse, nadie a quien ridiculizar de alguna manera ante los subordinados.
Fue entonces cuando Hakim sufrió una metamorfosis y se transformó en un bicho ruin. Lo que antes conseguía con un chasquido de dedos ahora lo negaba desde primera instancia o te hacía creer lo complicado del asunto cuando en realidad la cosa era bastante sencilla. Pedir un día libre se convertía en una odisea, si tenías un problema con Management o con Recursos Humanos te derivaba directamente al sindicato con una pasmosidad que desarmaba. Y si le alzabas la voz o mostrabas el más mínimo indicio de desacato a su autoridad infalible, te hacía la vida imposible hasta que te endosaban un Warnung o te despedían. O te castigaba si te ponías enfermo: si así era, sabías de antemano que el mes siguiente trabajarías los cuatro fines de semana sin tregua. Hakim pasó de ser nuestro ídolo a convertirse en el peor de los villanos. El típico retrato que por regla general suele atribuírsele a un jefe nauseabundo al que no se le transfiere el más mínimo afecto. En un guiño de complicidad solía intentar ganarse la confianza de algunos trabajadores desvelando datos internos que él conocía de las reuniones entre miembros de su rango, invitando a según qué agentes a tomar ron guajiro en su casa o criticando la vestimenta de según qué miembros de nuestro propio equipo, como si él ostentara el rango de persona más elegante del call center, nada más lejos de la realidad. Su manera de actuar denotaba desconfianza a raudales, así que muchos decidimos distanciarnos y pasar todo lo humanamente desapercibido en nuestros puestos de trabajo para evitar despertar al hijo de la gran puta que llevaba no tan adentro.
HANDLING. En inglés en el original. Empresa responsable de las operaciones que cada aeropuerto contrataba directamente para la gestión de sus servicios. La empresa de Handling era la responsable absoluta del transporte de las maletas desde los mostradores de facturación hasta la bodega del avión, y desde la bodega del avión hasta las cintas de recogida de equipajes. El aeropuerto que más robos en maletas registraban nuestros clientes era el de Madrid Barajas. Todos conocemos —y ahora nos referimos a los lectores también— a alguien al que han sustraído algo de la maleta en Madrid Barajas, cuando la bolsa no era completamente desvalijada. Y no creemos que se trate de una situación reciente ni olvidada. Lo vergonzoso era comprobar que nadie en el aeropuerto hacía nada al respecto. Y no. funnyJet no era responsable de esas desapariciones. Recomendábamos denunciar el caso en la comisaría más cercana y aquí hoy paz y mañana gloria, para frustración y asombro de los clientes. ¿Un consejo? Olvídate del candado y de asegurar con plástico de embalaje, distintivo que solía animar a los salteadores.
Sin embargo, qué curioso: los perjudicados siempre solían echar en falta artículos valiosísimos como un ordenador portátil, preferiblemente marca Apple, nuevo y sin estrenar del que curiosamente no conservaban la factura; un i-Phone que contenía los contactos empresariales; una cámara digital última generación y ochocientas libras. Todo en una misma maleta. Sí, has leído algo parecido antes, pero es que era muy-muy habitual encontrarse con estas descripciones...
¿Existía alguien realmente tan ingenuo capaz de facturar todos esos artículos de valor en una sola bolsa o nos encontrábamos ante un caso ordinario y recurrente de picaresca torpemente perpetrada? Fuese cual fuera la respuesta innecesaria a esta pregunta retórica, lo cierto es que funnyJet advertía a sus clientes a través de la página web de no incluir objetos delicados o de valor en el equipaje facturado. Porque lo que es valioso para usted, para nosotros no tiene ningún valor. Y por lo que no le ha costado casi nada, léase su billete con funnyJet, no pretenda otorgar un valor irrazonable llegadas las tribulaciones.
HARTZ IV. En alemán en el original. La manera más sofisticada de pedir limosna. O más bien tosca. Ayuda social, subsidio indefinido por desempleo en el que el estado alemán se hacía cargo de tus costes de alquiler y además te pagaba trescientos cuarenta y seis euros adicionales en concepto de manutención. El paro en Berlín sobrepasaba el quince por ciento de la población activa. Hartz IV era un estilo de vida muy extendido entre los jóvenes emigrantes europeos que llegaban a Berlín con la lección bien aprendida.
Era repugnante comprobar cómo la idea de emigrar a otro país con la intención de prosperar se convertía en un burdo truco para conseguir ayudas sociales ideales para vagos. No era de extrañar que los impuestos fueran tan elevados y que la economía alemana sufriera importantes reveses si tenía que abastecer, mantener a flote, a toda aquella panda de gandules de por vida. A los beneficiarios del Hartz IV se les dejaba por imposibles. Nadie les llamaba ni les acuciaba para que enviasen currículos y buscasen trabajo. Sin embargo, un trabajador que se acabara de quedar en paro y empezara a cobrar el subsidio que en realidad merecía, era acosado con saña de serial killer precisamente para que enviara currículos y buscase trabajo. El mundo al revés.
Se decía que en las oficinas del Job Center donde eran tramitadas las solicitudes para el Hartz IV, los funcionarios eran crueles y despiadados y debías mostrarte muy humilde y dejar caer un buen torrente de lágrimas si no querías que tu expediente fuera a parar al último puesto —por abajo— del montón. A veces, las lágrimas brotaban solas, solían decir, ante los argumentos feroces de aquellos trabajadores bien entrenados. Engañarles para salirte con la tuya, al fin y al cabo. Y aunque la idea de un estado de bienestar social que pudiera permitirse el gran lujo, el gran despilfarro, de dotar a sus ciudadanos con este tipo de cobertura era muy buena, siempre habría alguien dispuesto a sacar partido.
Por derecho, cualquier alemán adulto tenía asegurada su casa y su manutención cada mes. Para los extranjeros, en teoría, era necesario trabajar un año en Alemania para acceder al paro remunerado. Sin embargo, en ocasiones era posible acceder al Hartz IV sin haber dado un palo al agua en tierras teutonas, algo que los cafres españoles recién instalados sabían muy bien. Suponemos que estos eran sus mordiscos a la manzana.
En el trabajo, los contratos no eran renovados por parte del trabajador si ya había cumplido un año. El paro principal consistía en cobrar el sesenta por ciento de tu sueldo neto la mitad de lo que había sido tu vida laboral. El Hartz IV venía a ser la segunda parte del paro. El paro infinito para holgazanes. La subvención bendita de un generoso cómputo de haraganes. Muchos camuflaban las necesidades no reales del Hartz IV en una interrupción temporal en la que se dedicaban a estudiar alemán –clases subvencionadas también por el estado- para conseguir un puesto de trabajo mejorado, pero lo cierto era que una vez instalado en el Hartz IV, nadie tenía verdaderas ganas de mudarse.
HIGIENE. Asignatura pendiente de los alemanes y de media humanidad. En Alemania lo de ducharse todos los días no lo tenían nada interiorizado. Descubramos por qué. En el importe total del alquiler se incluía siempre una partida destinada a los gastos adicionales: calefacción y agua caliente. Al final de cada año, cada finca administradora enviaba a cada inquilino el Nachzahlung o Abrechnung correspondiente, esto es, el suplemento adicional. Se hacía un balance del consumo real y del consumo previsto por aquellos Nebenkosten pagados en cada mensualidad. Un ligero abuso de agua caliente o un uso desmedido de la calefacción implicaba que aquellos costes al final de año se incrementarían. Así que no sólo tenías que afrontar la tan anunciada y consabida cuesta de enero sino que tenías que contar también con el pago imprevisto del suplemento aquel.
Vivir con alemanes significaba a veces que la temperatura de la casa fuera regulada hasta niveles polares con tal de ahorrarse algunos euros al final de cada año. Asistimos a casos en que los demás compañeros de piso controlaban si otro compañero de piso se había olvidado aquel día la calefacción encendida o si la rueda del radiador que regulaba el calor en las habitaciones estaba demasiado alto. El consumo de agua caliente incidía en tales gastos también. Una de las razones por las que dedujimos que los alemanes se lavaban poco, era precisamente para deducir gastos en el Nachzahlung a finales de año. Porque en raras ocasiones el balance era negativo y era entonces la finca administradora quién devolvía una pequeña suma a sus inquilinos. Si el coste a final de año había sido positivo y muy alto, el precio del alquiler aumentaría con el inicio de aquel nuevo año.
Y en un país de guarros, chocaba encontrarte en los azulejos del baño de la empresa un cartel con dibujos que indicaba el modo exacto en el que debías lavarte las manos en siete pasos. Una hoja explicativa que te dejaba perplejo la primera vez que la veías. Más tarde supimos que aquello atendía a la prevención de una gripe mutante asesina que padecía el planeta en aquellos días. Y las manos eran uno de los focos principales de propagación.
Y colisionaba más aún con el sentido del olfato que la persona que peor olor desprendía en aquellas instalaciones —y no era Craig de Group Bookings, ¡cuidado!— era la encargada de ocuparse de la limpieza de los baños. Ya te puedes imaginar el resultado. ¿O quizá deberíamos habernos encomendado a aquel dicho tan español? En casa del herrero, cuchara de palo. Así y bien mirao, pues oye… Aquel señor olía a una mezcla entre orines y sudor rancio fermentado que impregnaba los lavabos hasta mucho tiempo después de que él físicamente se hubiera esfumado, no así su hedor. Todavía es recordado. ¡Qué ascazo!
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