El universo mágico de Sevdaliza. Red Bull Music Festival deja en Berlín una bendita resaca

por • 15 octubre, 2018 • Actualidad, De noche, Música, OCIOComentarios (0)979

Las cinco semanas del festival de música de Red Bull han llegando a su fin: más de 150 artistas, entre ellos Dixon, Pusha T y Jeff Mills, desplegaron toda su pasión en 25 eventos diferentes localizados en los lugares más emblemáticos de Berlín como la sala Funkhaus, Volksbühne, o Ballhaus Rixdorf.

El pasado 12 de octubre, con una interesante línea de estilos posmodernos, los icónicos artistas Mykki Blanco y Rico Nasty pusieron punto y final a cinco semanas de eventos musicales repartidos por toda la ciudad.

Red Bull Music Festival se consagra año tras año en una armoniosa revolución, de la mano de los creadores aclamados internacionalmente, así como de las figuras noveles más interesantes de diferentes estilos musicales. Un festival de altura, que también ha destacado el último mes por empapelar la ciudad con su comunicación, dotada de una cuidada dirección de arte y un diseño gráfico notable.

Tuvimos la suerte de hacer una cata del festival, con dos sesiones muy diferentes pero que describen muy bien su esencia. Una delicada función de Sevdaliza y un pase del mítico Dixon.

Sevdaliza, suave extravagancia

Era viernes por la tarde en Volksbühne, la gente esperaba con puntualidad alemana la aparición de la cantante iraní en el escenario. La sala, con el aforo completo, exceptuando, entro otros, los asientos que amablemente el teatro había designado a los fotógrafos, se mantenía en silencio. En una maniobra de iluminación, con Bruce Moerdijman a los mandos, el espectador fue descubriendo a la cantante, que ascendía desde el suelo, entrelazada en una maraña de cables negros. Al fondo del escenario, dos pantallas geométricas proyectaban en directo la grabación de una pequeña cámara que serpenteaba en el interior de esta peculiar puesta en escena. Esta utopsia al corazón era el primer tema, y tan solo una muestra del placer sensorial que Sevdaliza iba a desplegar a todos los allí presentes, con un excepcional y sensible repertorio de música, danza y luces.

Al término de la canción, Sevdaliza, se desenredó y la actuación continuó con su tema Libertine, del álbum ISON. Para la siguiente, una persona totalmente vestida de negro sacó al escenario una caja, y sobre ella, mediante una tenue iluminación, apareció Sevdaliza, con un vestuario que bien podría ser la reinterpretación de una prenda flamenca, para hacer gala de un repertorio de movimientos, que es particularmente agradecido por los espectadores.

La magnifica bailarina Elodie Augur acompañó en varios temas a la cantante, otorgando al espectáculo un plus de armonía y movimiento, dando a cada canción un aspecto nuevo.

Durante las casi dos horas que duró aquel soberbio ejercicio de seducción, el auditorio estuvo inmerso en una intima travesía por desiertos, traumas y aspiraciones. Los ritmos electrónicos agudos, fusionados con tambores e instrumentos de cuerda frotada, transportaban la escena a una especie de cueva encantada donde todo lo que allí ocurría estaba dotado de un sentido estético directo al hipotálamo.

La dramaturgia no perdió fuerza gracias, no solo al excepcional equipo de sonido del Volksbühne, sino también al vestuario de Sevdaliza, que apareció en escena en diferentes ocasiones con prendas dignas de la ilusionista en la que se convirtió aquella noche. Y de la que seguro querrán volver a disfrutar en directo los asistentes, a juzgar por la duración de los aplausos al cierre de la velada.

Herr Dixon

Al otro lado del ring, y con unos años mas de experiencia en la cima, estaba Dixon. Steffen Berkhahn creció en el Berlín del este, lugar donde persiguió una trayectoria como corredor. Pero una lesión le impidió hacer carrera en el deporte y en la década de los noventa ya comenzó a incursionar dentro del mundo de la música electrónica, que le ha llevado a pinchar en salas de todo el mundo.

Se labró una reputación como DJ de deep house, hasta que se convirtió en residente de los clubs más relevantes de la vida nocturna berlinesa, como E-Werk y Tresor. La noche fue tomando forma en el Ballhaus Rixford, y no era para menos, el DJ número uno según la revista Resident Advisor (el portal de mayor prestigio en música electrónica), hizo gala de un set potente, estético y hábil.

Resultaba curiosa la mezcla de la cotidianidad que suponía una sala con música electrónica en Berlín —son casi palabras que van juntas— con el hito que significaba estar ante uno de los artistas de mayor proyección del festival.

Los ritmos de Dixon sonaban entre silbidos de emoción y coros del público. Un control de luz ajustado dejaba ver en medio de la sala oscura una de las cientos de manos en alto, esperando la subida del tema. La gente se amontonaba ante la cabina en la típica escena, con por supuesto, las máximas de la noche berlinesa: no fotos, no vídeos (excepto los medios acreditados) en una de las noches más entretenidas de todo el festival. La noche estuvo organizada por completo por el staff de Red Bull, que trabajó insistentemente cada detalle para que la sala presentara un aspecto a la altura.

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