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Cuatrocientos años de la Guerra de los Treinta Años – Parte II

por • 27 noviembre, 2018 • Alemania, HistoriaComentarios (0)266

La guerra de los Treinta Años en Europa Central (1618 – 1648) marcó el futuro del conjunto de Europa en los siglos posteriores.

“Una bestia despiadada y abominable”

En Alemania, fue la segunda mitad de la guerra (coincidiendo aproximadamente con la muerte de los dos generales más importantes, la de Gustavo Adolfo de Suecia en 1632 y la de Wallenstein en 1634) la que fijó la imagen que se tendría de ella en los siglos posteriores: bandas de soldados que merodeaban por el país dedicándose al pillaje, a la violación y a crueldades de todo tipo, dejando a su paso un rastro de devastación y enfermedades que se cobrarían incluso más muertos que la violencia directa.

Según Herfried Münkler, autor de una de las más recientes obras sobre la guerra, si durante su primera mitad todavía es posible distinguir una voluntad racional detrás de las decisiones de los implicados, a partir de 1635 parece que la guerra se ha convertido en un sujeto con voluntad propia, algo que se percibe en algunas imágenes de la época, en que la guerra es representada como una bestia desbocada que devasta la tierra por la que pasa.

Algunos historiadores posteriores han puesto en duda que las atrocidades llegaran al extremo que sostienen algunos testimonios de la época, pero es indudable que las tres décadas de violencia y privaciones dejaron una huella profunda en la mentalidad, en la cultura y en el pensamiento político de muchos lugares de Europa.

El Leviatán de Thomas Hobbes, con su ideal de un estado fuerte que ejerce el monopolio legítimo de la violencia, es una reacción no solo a las guerras civiles inglesas, sino también a la interminable guerra en el continente. Christopher Clark, el especialista actual más famoso en historia de Prusia, fija en el caos de la Guerra de los Treinta Años el origen de la reverencia prusiana hacia el estado, la afición por el orden y la autoridad que tanto influiría en la historia contemporánea de Alemania y que sigue siendo uno de los estereotipos más extendidos sobre el carácter alemán.

En la literatura, la guerra le dejó a la lengua alemana su primera gran novela: El aventurero Simplicissimus de Grimmelshausen que, con fuerte influencia de la picaresca española y antes de que la literatura alemana se volviera una cosa tan seria como sería a partir del siglo XVIII, cuenta las peripecias de un rudo pastor que, tras ver morir a su familia en manos de la soldadesca, es educado por un pío ermitaño para terminar convertido él mismo en soldado (a veces en un bando, a veces en otro) y recorriendo gran parte de Europa y del mundo.

La paz de Westfalia

Ya desde la década de 1630, fuese por un deseo sincero de terminar con la destrucción, fuese por aprovechar una situación militar favorable a los propios intereses, había habido intentos encaminados a iniciar una negociación. Estos esfuerzos dieron sus primeros frutos en la llamada Paz Preliminar de Hamburgo de 1641, donde se acordó que en marzo del año siguiente se iniciarían negociaciones en las ciudades de Münster, católica, y Osnabrück, protestante, ambas en Westfalia y donde en aquel momento discurría el frente entre imperiales y suecos.

En realidad, lo de Hamburgo fue una especie de “nos reunimos para hablar de las condiciones en que nos tendremos que reunir más adelante para solucionar el problema, y mientras tanto seguimos luchando a ver si pillamos algo”, pero poco a poco se fue imponiendo la idea de que efectivamente lo más razonable era sentarse a hablar. En lo militar, las cosas no le iban bien al emperador, y cada vez era más evidente que no podría conseguir una victoria en los términos en los que hubiera deseado hacía unos años.

España, viendo que se le iban agotando los recursos, había dejado de mandar dinero a Viena, y, por si eso fuera poco, después de la derrota de Rocroi en mayo de 1643 (a menudo interpretada como el final definitivo de la hegemonía militar española en Europa) no volvió a estar en condiciones de intervenir directamente en Alemania.

En el otro lado, Francia y Suecia, a pesar de las recientes victorias, también empezaban a ver la guerra como un desgaste excesivo, y por otra parte eran precisamente esas victorias las que les permitían iniciar conversaciones desde una posición de fuerza. En 1644 por fin se había llegado a una situación en que los principales implicados estaban realmente dispuestos a negociar, y ya los enviados de las grandes potencias empezaron a llegar a Münster y Osnabrück.

Se trataba de solucionar varios conflictos de una vez (entre España y los Países Bajos, entre España y Francia, entre Francia y el emperador, entre Suecia y el emperador, además del conflicto confesional y constitucional en el interior del Sacro Imperio), así que no es de extrañar que la célebre Paz de Westfalia no se llegara a firmar hasta 1648.

Resumiendo, y mucho, lo que se decidió fue lo siguiente: la rama austríaca de los Habsburgo se comprometía a no apoyar militarmente a la rama española, rompiendo la pinza que tanto había inquietado a Francia desde hacía un siglo y medio; los príncipes alemanes alcanzaban una soberanía casi total en cuestiones tanto seculares como religiosas; las instituciones del Imperio estarían ocupadas de forma paritaria por protestantes y católicos; el Calvinismo se añadía al catolicismo y al Luteranismo como confesión reconocida oficialmente; los Países Bajos (en un tratado firmado también en Münster pero que no formaba parte de los tratados que se referían a la guerra en Alemania) se separaban oficialmente de la corona española; Suecia y Francia, además de conseguir sustanciales ganancias territoriales en la periferia del Imperio, se convertían en árbitros de los conflictos en el interior de este, pues se les otorgaba el derecho a intervenir en el caso de que las instituciones imperiales no hallaran una solución amistosa en un plazo de tres años.

Ganaban los Países Bajos, Francia, Suecia y los príncipes alemanes; perdían el emperador y España. Se dibujaba, además, un nuevo modo de ver las relaciones internacionales basado en la existencia de estados soberanos que interactuaban (al menos en teoría) en pie de igualdad, y aunque a día de hoy hay quien pone en duda que Westfalia marcara realmente, como se suele afirmar, el nacimiento del sistema moderno de estados soberanos, no cabe duda de que fue un paso clave en esa dirección. Y, si bien no se terminaba con todos los conflictos del continente (por ejemplo, la guerra entre España y Francia continuaría hasta 1659), se fijaba un modo de solucionarlos en el futuro y se daba un gran paso en la separación de los conflictos religiosos de los políticos.

Lecciones

Si la Guerra de los Treinta Años fue el gran trauma de la historia alemana hasta las dos guerras mundiales, la Paz de Westfalia fue, durante al menos un siglo y medio, alabada como un compendio de virtudes, una paz alemana como núcleo y garante del equilibrio europeo. La invasión napoleónica (que supuso la liquidación definitiva del Sacro Imperio) empezó a darle la vuelta a esta interpretación, y durante el siglo XIX el nacionalismo alemán convirtió a Westfalia en la representación más flagrante de todo lo malo de la historia patria: la desunión, la fragmentación territorial, la transformación del país en el tablero en que las potencias extranjeras jugaban la partida de la hegemonía continental.

En 1871, la unificación alemana ponía fin a esta humillación, y el aniversario de la Paz, motivo de eventos a lo largo y ancho del país en los dos siglos anteriores, se celebró en 1898 sólo en las ciudades donde se firmaron los tratados. Al terminar la Primera Guerra Mundial, muchos alemanes se veían de nuevo como víctimas de las potencias extranjeras, y el nazismo incluso equiparó la Paz de Westfalia al odiado Tratado de Versalles. A principios de la siguiente guerra, Hitler declaraba que había llegado el momento de vengarse por la “destrucción de la nación” al final de la Guerra de los Treinta Años: según él, el deseo de Gran Bretaña y Francia era volver a ver la Alemania “disuelta y desgarrada de 1648”. Al parecer, Hitler llegó incluso a pensar en Münster para la firma del tratado que sellaría la derrota de Francia: en noviembre de 1939, Goebbels escribía en su diario que Hitler veía como objetivo de la guerra la “liquidación total de la Paz de Westfalia, que se firmó en Münster y que él quiere eliminar en Münster”.

El desastre de 1945 supuso (aunque no inmediatamente) un giro en muchas de las interpretaciones que en las décadas anteriores los alemanes había hecho de su historia. En los años sesenta, consolidada la República Federal, el período 1871-1945 aparecía casi como una desviación, un error, una ruptura con la tradición. En 1998, en el 350 aniversario de 1648, el modelo federal alemán se interpretó como el ejemplo para el proceso de integración europea, y la Paz de Westfalia parecía el antecedente más directo del modelo actual (y deseable): una Alemania federal, y ya reunificada, como centro de una Europa en paz. Está por ver si esta interpretación positiva de Westfalia sobrevive a los actuales cambios en el paisaje político alemán y sobre todo al crecimiento de un partido como la AfD, que pone en duda algunos de los consensos que en las últimas décadas han caracterizado el discurso público sobre la historia del país.

Xavier García Olivé © 2018
Fuentes:
– Christopher Clark, Iron Kingdom. The Rise and Downfall of Prussia, 1600-1947
– Claire Gantet, Der Westfälische Frieden, en Etienne François/Hagen Schulze (ed.), Deutsche Erinnerungsorte. Eine Auswahl
– Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen (traducido por Jorge Miracle y Carlos Fortea, editado por Dieter Breuer), El aventurero Simplicissimus
– Daniel Kehlmann, Tyll
– Hans-Joachim Müller, Der Dreißigjährige Krieg. Leben und Überleben im konfessionellen Zeitalter
– Herfried Münkler, Der dreissigjährige Krieg. Europäische Katastrophe, deutsches Trauma. 1618-1648
– Hagen Schulze, Breve historia de Alemania
– Peter H. Wilson, Europe’s Tragedy. A New History of the Thirty Years War

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