El Bull vs El Capricho- Berlin bar gay

Crónicas maricas #5: el BULL

por • 1 noviembre, 2018 • Actualidad, Imprescindibles, INSIDE BERLIN, SociedadComentarios (0)704

El capricho del destino propició que un buen día, hace ya unos cuantos años, me encontrara a Sergio, un conocido al que la vida no lo ha tratado como se merece y al que hacía tiempo que no veía. Sergio me dijo que estaba trabajando de camarero en un bar de Schöneberg, que me pasara algún día a tomar un café. Así que un viernes por la tarde sin nada que hacer decidí acudir a su bar dispuesto a tomarme un café. Un café que sin querer se convirtió en una cerveza, y tras la cerveza vino un gin-tonic y a partir de ahí solo me acuerdo de estar en una fiesta skin-head y salir de allí con la cara tan picassiana que parecía una de las señoritas del carrer Avinyó.

Aquel día sin darme cuenta descubrí por casualidad lo que yo considero una de las mecas del ocio gay berlinés. Un espacio de libertad en el que aún se respira el encanto de los antros del Berlín de los noventa. Un local único, un lugar que, junto con el LAB, Kit-Kat y Berghain, es de obligada peregrinación marica en Berlín: el Bull.

De hecho, el Bull debería venir en todas las guías de viaje como lugar recomendado justo después de la Puerta de Brandeburgo y el pasaje del terror de Friedrichstraße. El lugar rezuma magia, tanta, que al entrar al bar lo primero que impresiona es la atmósfera cargada: no es un olor escatológico sino más bien una mezcla de sudor y tabaco, que te recuerda que en aquel sitio se bebe, se fuma y practica sexo las 24 horas, los 365 días al año. Y no se cierra ni para limpiar.

El guardarropa da la bienvenida a la zona de ambiente. Dos máquinas tragaperras siempre ocupadas, sofás tapizados en rojo sky y una pared con espejos conforman el magnífico mobiliario setentero, y en el centro, testigo de todo lo que allí ocurre, la magnífica barra coronada con una cabeza de toro en cartón-piedra fallero que da nombre a tan entrañable lugar.

Al fondo, y tras una puerta, la zona oscura. Allí un mundo de colchonetas, slings y señores mayores te rodean seas como seas, y te hacen sentir como Teresa Rabal repartiendo caramelos a la puerta de un colegio. Aquello es como una funeraria; no importa la hora que sea, siempre hay alguien haciendo guardia y también hay que andarse con cuidado porque el local suele estar frecuentado también por carteristas.

Para llegar a los baños ha de cruzarse la zona oscura. Mis amigos siempre me han comentado que las cosas más interesantes les han ocurrido en aquellos baños. Yo los conocí sin reformar y sin puerta para evitar el consumo de estupefacientes y las sobredosis, pues allí ha amanecido algún que otro cadáver. Tras la reforma, los baños han perdido la solera que tenían y aquello ha tomado un aire de falsa higiene tan típica de sauna recién inaugurada. Todo muy frío, muy rollo escandinavo, tan de moda últimamente. René, el de los urinarios de Berghain, me comentó una noche que la reforma no le había gustado, que con el meadero metálico y las bolitas de naftalina no se puede concentrar.

Y es que todo en Berlín está en constante movimiento. Porque en el Bull es como si todas las noches fuera Nochevieja, y lo mismo te venden algo ilegal que te dan la extremaunción. Es como el mar a donde van todos los ríos a morir. El after del after. El Späti del after. En este jardín de las delicias se dan cita constantemente celebrities, camellos, yonquis, curas, chaperos, estudiantes, party-monsters, comunistas, skin heads, osos, musculocas, travestís, ejecutivos casados de derechas y alguna que otra mariliendre perdida.

Es por ello que considero este bar como el lugar más democrático de Berlín. Allí uno puede encontrarse desde a su vecino casado hasta las travestís más famosas de Berlín practicando fist fucking en la misma barra. En el Bull hay de todo y se practica de todo, siempre respetando al prójimo. La democracia no nació en Atenas, sino en el Bull, pues este bar es más antiguo que la humedad. Nadie me ha sabido decir nunca cuánto tiempo lleva abierto. A veces echan a correr el rumor de que lo han cerrado, pero entonces procuro pasar por la puerta, abrirla y asomarme para comprobar que todo sigue ahí. Donde lo dejé la última vez.

Pepe Müller para BA © noviembre 2018

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