cronicas maricas 3 - Flow

Crónicas maricas #3: “Flow”

por • 11 septiembre, 2018 • Alemania, De noche, Internet, Salir, SociedadComentarios (0)682

En primer lugar, quisiera dejar claro que los relatos que aquí escribo son todos reales. Historias mías o bien de amigos-conocidos contadas en primera persona. Pero ante todo, reales. Dejo la libertad al lector para  decidir cuáles son realmente biográficas y cuáles no.

Siempre he considerado que en Berlín es muy fácil ligar. Si no ligar, al menos tener sexo. Una de las cosas que me sorprendieron siempre de los clubes nocturnos de esta ciudad es el flow que hay en el ambiente. El psicólogo norteamericano Mihály Csíkszentmihályi define la idea de flow como el estado que alcanza un individuo cuando está totalmente centrado en el disfrute de la actividad que está realizando. Una mirada, un movimiento, un cosquilleo. El flow hace que bailes, que te sientas atractivo y que beses al chico que te gusta sin cruzar palabra.

Así es como conocí a Félix, un profesor de yudo de pelo en pecho y mirada penetrante. Un Heracles de carne y hueso que aquella noche hacía cola en los baños del antiguo SchwuZ de Mehringdamm. En aquel baño había mucho flow, calor y por supuesto también mucho ron. Félix y yo no cruzamos palabra antes de juntar nuestros labios, tampoco hacía mucha falta, pues al rato me daría cuenta de que Félix era sordomudo. Pero vamos, a mí eso me dio igual, pues para lo que me iba a servir no le hacía falta hablar. Bendito flow.

Tras unos morreos y alguna palabra suelta, nos enfilamos hacia su casa en pleno Mehringdamm. Al llegar a la puerta y con mucha dificultad, Félix comentó algo sobre animales que yo no pude entender, porque entre que mi alemán era muy nivel A1.1, el alcohol y todo lo demás, dije que sí a todo y me dejé llevar.

Al entrar en aquella Einzimmerwohnung me encontré algo no apto para insectofóbicos. Aparecieron unos 40 terrarios. Aquello era como una tienda de animales desagradables. Ratas, cucarachas, tarántulas, una serpiente de pitón, grillos, hormigas… una selva, vaya. Y allí, tirado en el suelo, en medio de toda esa fauna, había un colchón sucio con apariencia de haber sido recogido de la calle. Montones de ropa repartidos por toda la estancia completaban el bodegón digno de un pintor poscontemporáneo. Daba la impresión de que acababan de entrar a robar.

En mitad de aquel caos, el pedo y el calentón, no supe si quedarme o salir por patas. Pero he de reconocer que las ganas me pudieron y allí mismo con mi Nokia me hice una foto desnudo con la pitón rodeando mi cuerpo a lo Bárbara Rey. Y ya que estaba desnudo, pues aproveché para restregarme un buen rato con mi particular Félix Rodríguez de la Fuente. Por cierto, la foto, un cuadro.

Después de aquella noche, nos vimos un par de veces; por supuesto, en mi casa. Pero nuestro affair no duró más de tres cenas, un par de Mauer Park y un polvo. Aquello no cuajó y tras un ghosting, en el que supuse que había sido devorado por la pitón o por las arañas que tenía en su casa, decidí que mejor así, que aquello era lo que era: un rollo de sábado alargado.

Meses después volví a saber de Félix vía SMS; en aquel entonces no existía WhatsApp. Me comentó que le habían diagnosticado sarna, y que si me encontraba bien. Que si me picaba algo, acudiera al médico inmediatamente. Una semana después, no sé si inducido por aquel SMS o bien porque soy un poco  bastante hipocondriaco, me presenté un domingo a las siete de la mañana en Urgencias de la Vivantes de Friedrichshain.

En aquella historia acabó implicada hasta mi madre, a la que tras embadurnarme con crema todo el cuerpo avisé para que fuera a su médico de cabecera del pueblo y este le recetara tres tubos más de crema, porque mi médico de Berlín no me quería dar más. Hipocondriasis. Ya hace más de diez años de aquella supuesta sarna y aún conservo como recuerdo los tres tubos de permetrina caducada en mi botiquín. A Félix lo volví a ver una noche hace unos meses en el Tresor. Hubo miradas, coqueteo… pero nada de flow.

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