Crónicas maricas #20: Cincuenta sombras de un gay II

por • 27 noviembre, 2019 • Actualidad, Barrios, Crónicas maricas, Salir, Sexualidad, Street ArtComentarios (0)666

Creo que una de las tareas más difíciles que tenemos los seres humanos es conocernos a nosotros mismos. Aún no he encontrado a nadie que afirme con total rotundidad que se conoce a sí mismo. Creemos conocernos, que sabemos lo que queremos, pero solo atisbamos a ver la punta del iceberg que es nuestra alma. Escondidos, sumergidos bajo el agua, se ocultan nuestros sentimientos más profundos y para descubrirlos hemos de echar mano de métodos heurísticos… o de un buen psiquiatra. Probar y ver hasta dónde podemos llegar. Averiguar el límite exacto sin sobrepasar el punto de rotura. Un reto no apto para indecisos, que, como yo, siempre se mueven entre dos aguas, ¿paella de carne o de marisco?, ¿chocolate o vainilla?, ¿amo o esclavo?

Tras varios intentos fallidos como esclavo, y en una huida hacia adelante, decidí pasarme al otro lado y ser yo el amo. Siempre me dieron mucho morbo los asiáticos, supongo que las películas de los años ochenta sobre el viet cong tipo Apocalipsis now o Platoon tuvieron que influir de alguna manera, así que tras un sondeo en las apps de ligue cerré una cita con un filipino que me confesó que lo único que quería era que lo maltrataran un poco y que le dieran un par de azotes. Era delgado y de baja estatura, no exactamente mi tipo, pero probar tenía que probar.

Ser amo conlleva tener un fondo de armario acorde a tu posición. Así que unos días antes de nuestro encuentro me pasé por el DECATLHON de Alexanderplatz para comprarme una fusta y unas botas altas de polipiel en la sección de equitación. El outfit no quedó nada mal, pero el resultado con el filipino fue desastroso. Yo, que en España siempre ayudé a mi padre en las tareas del campo, le aticé como si estuviera vareando un olivo para recoger aceituna. No se me olvidará jamás el ruido de la fusta cortando el aire. Jamás. Al chico le sobraron dos golpes para decir basta. Pegar nunca fue lo mío.

Al poco conocí a Stefan, un farmacéutico que vivía en Innsbrücker Platz adicto a los medicamentos con receta. A Stefan le encantaba ser sodomizado por varios amos a la vez bajo los efectos del Methocarbamol (un potente relajante muscular de efecto retardado) el cual mezclaba con mefedrona, GHB y tina (cristal meth). Completaba sus mejunjes con una fórmula magistral de lidocaína con Crisco (grasa alimentaria) y J Gel (un lubricante especial para ayudar a parir vacas) que untaba en sus partes traseras. Todo con el fin de convertirse en un agujero negro andante, dilatar su músculo anal hasta los límites insospechados del universo. Convertirlo en un chicle. Un sumidero.

El caso es que mezclar químicos es tan malo como mezclar alcohol, y a Stefan le dio por “volar” tan alto que se acabó estampado contra el suelo con una parada cardiorrespiratoria. Empezó con unos ruiditos extraños, le siguieron unos espasmos y al final cortocircuitó. Le dio un chungo. Dobló. Se ocupó de él un enfermero ruso que pasaba por el chill y pudo reanimarlo. Al despertar le dio por gritar y gemir muy alto…; y a los vecinos, por aporrear la puerta. Apareció de repente la policía, una ambulancia… allí solo faltaban los testigos de Jehová repartiendo folletos. ¡Qué de vergüenza ajena pasé!

Decidí cambiar los chills por los bares una temporada, y una noche en el New Action conocí a Fritz. Un apuesto bávaro profesor de alemán. Entre copa y copa me confesó que le ponía sobremanera que le dieran descargas eléctricas, que para ello se había comprado un aparatito que, mediante un circuito de cables, hacía pasar corriente alterna por zonas de extrema sensibilidad y le hacían llegar al orgasmo casi sin tocarse.

Yo eso tenía que verlo, así que a la media hora ya estábamos en su casa montando todo el tinglado como en una clase de tecnología. Daba miedo y respeto, pero a la vez curiosidad. A mí en todo momento me pareció que disfrutaba, pero de nuevo la cosa salió mal, pues aquella noche sobrepasé el límite de tolerancia del pobre Fritz, y sin darme cuenta le freí tetas y genitales. El pito se le puso como un fresón de Huelva y los pezones como dos galletas María. Creo que los piercings que llevaba también tuvieron algo que ver. A lo que se ve, hizo contacto.

Mi búsqueda dio un giro inesperado gracias a los consejos de mi amiga Loli de Motril. Loli me confesó que ella y su novia Marisa estaban visitando unos cursos de shibari para profundizar en el arte de darse placer mediante nudos y ataduras (como un macramé aplicado a personas). Según me comentó, el secreto consiste en sentir la fuerza de las cuerdas en zonas erógenas mientras te dejas levitar, y que para ello habían puesto un cáncamo en el techo de su casa y se colgaban de él como si fueran un helecho. Me picó la curiosidad y, tras comprar dos rollos de cuerda en el Modulor y verme tres tutoriales de nudos marineros, busqué a mi primera víctima en las redes.

Era valenciano (de Alcàsser) y el nombre no lo digo porque seguro que alguna lo conoce. Me dijo que le ponía mucho el tema y que quería experimentar… Yo no le dije que no tenía experiencia. Le tapé los ojos con un trapo de cocina (sucio) y me lié a darle vueltas con la cuerda, tantas que aquello parecía una carne mechada. Un Rinderrouladen.

Improvisé tanto que hacía variaciones de los nudos que conozco (el de atar zapatos y poco más). El rollo se me caía al suelo, se enredaba entre mis piernas, entre sus piernas, yo allí ya no sabía qué hacer con tanto cordel… No hubo sexo, ni sushi, ni shibari, ni nada. El bondage resultó una pelota en la que tuve que meter tijera para poder liberar al pobre David (uy, se me ha escapado el nombre…).

Pero oye, acabamos hablando de paellas, de la Ruta del bakalao y viendo los spin-offs de Manuela Trasobares y Vicky la de Cullera en YouTube.

Algo positivo tenía que sacar yo al final de todo esto, ¿no?

Pepe Müller para Berlín Amateurs © noviembre 2019

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