Crónicas maricas #19: Cincuenta sombras de un gay I

por • 10 octubre, 2019 • Actualidad, Barrios, Crónicas maricas, Imprescindibles, Salir, Sexualidad, SociedadComentarios (0)553

Me considero una falsa moderna de nula creatividad, un pedazo de madera en constante adaptación al flujo de la corriente que son las modas pasajeras y… a esta ciudad, Berlín, que nos hace ir siempre por delante, nos arrastra río abajo obligándonos a nosotros mismos a reciclarnos, a actualizar nuestro software constantemente. Siempre buscando la aceptación del grupo, la recompensa del otro. Un gesto, una mirada. Pasar pero sin pasar desapercibido. Recibir y dar, ya sea placer, dolor o atención. Todo vale en el bazar de las relaciones humanas. Todo, incluso el amor.

La búsqueda de mi yo interior me llevó, allá por el 2015, después de ver en la Berlinale Cincuenta sombras de Grey, a iniciarme en el mundo del BDSM (Bondage, Dominación, Sumisión y Masoquismo). Una experiencia sin resultados concretos, un callejón sin salida. Pues yo desde el principio no tenía claro ni lo que era (amo o esclavo), ni lo que quería… Bueno, un poco sí que sabía lo que buscaba. Tras ver la película, me obsesioné en encontrar a un joven magnate como el protagonista, que me atara y que me hiciera cosas como a Dakota Johnson. Ingenua de mí.

Fue así como conocí a mi primer amo, Rocco, un señor sexagenario natural de la vieja Alemania del Este que vivía en un piso de protección oficial de la Reichenbergerstr. Rocco, de profesión desconocida, sufría distrofia facial y era todo lo opuesto a lo que yo buscaba, pero oye, alguien me tenía que hacer el rodaje, ¿no? El caso es que no resultó ser tan malo (al principio), pues la mayoría del tiempo nos lo pasábamos fumando y bebiendo cerveza en la cocina de su casa. En aquellas orgías se hablaba lo mismo de Ségolène Royal que de marcas de lubricante o laca para el pelo. Un espacio abierto al debate y sin censuras. Un Parlament de Catalunya.

Lo nuestro acabó de forma abrupta tras una de las veladas en las que nos confesó que se dedicaba a recolectar el pipí de todos los que por allí pasábamos. El caballero, muy mañoso, había montado todo un sistema hidráulico que recogía el orín del pissoir que tenía instalado en su baño, y que, a través de un conducto, pasaba a almacenarse en un bidón situado en una habitación contigua. Pero ¿para qué?

Rocco tuvo el valor de reconocer que con él se hacía infusiones cada noche antes de ir a dormir, que le ayudaban a conciliar el sueño, y que muchas veces lo mezclaba con sopas de sobre y se lo bebía calentito con fideos. ¿Volveríais a quedar con Rocco?, ¿besarlo…? Yo tampoco. Ahora entiendo el color tan malo de cara que tenía, como de hepatitis. En fin. Berlín.

Tras aquello decidí acudir a un sitio de profesionales, ir a lo seguro, ponerme en manos de los mejores. Así que se me ocurrió visitar una feria de amos y esclavos en el Quälgeist de Mehringdamm. Un lugar (antro) de encuentro de los amantes del BDSM. Un crisol cultural del Sado en el que había de todo; desde tíos tremendísimos que no se entiende… hasta señores de aspecto desnutrido. Los primeros intocables, o bien porque ya estaban cogidos o porque eran más pasivas que yo. Así que, una vez más, me tuve que conformar con las sobras.

Me fui con Gühnter, un señor de tez blanquecina y culo colgón que vivía en un Plattenbau a las afueras de Lichtenberg (menudo cuadro de casa tenía). Se vendió como un amo muy activo, que me iba a atar y yo no sé qué más historias, pero la realidad fue otra. Me dio gato por liebre. El tipo, después de doparme con kamagras (viagra de la India), me obligó a sodomizarlo y a penetrarlo. Toda una contradicción, porque realmente me obligó a hacerle todo lo que yo quería que me hicieran. Una estafa al más alto nivel. Peor que lo de Fórum Filatélico. Una desfachatez de juzgado de guardia. Dantesco.

Tiempo después contacté por RECON (app de guarrerías) con Thomas, un muchacho alemán de muy buen ver que vivía en Wedding. Thomas era aficionado al mundo army y siempre me recibía en su casa vestido de soldado y con toda la parafernalia montada. Entrar a su casa era como adentrarte en un Afganistán en plena guerra. Para nuestros encuentros montaba una tienda de campaña en el salón y cubría las paredes con tela de camuflaje. Tenía una cruz en la que me ataba y me hacía todo tipo de fechorías. Con Thomas todo fue bien, hasta que en uno de nuestros encuentros me propuso practicar técnicas de respiración.

Sinceramente, yo no sabía a lo que se refería. Yo me imaginaba igual algo como con poppers y máscaras antigás, muy de performance. No sé. Encima Thomas era guapérrimo y me sabía mal decirle a algo que no, no fuera a ser que no me llamara más. Así que yo, como siempre, le dije que sí a todo. Bueno, para quien no lo sepa, las técnicas de respiración no son un curso preparto, más bien consisten en técnicas de ahogamiento, en las que el sujeto activo (Thomas), a base de apretones de cuello, deja sin aire al sujeto pasivo (o sea yo).

El resultado: vi pasar toda mi vida en diapositivas… de hecho, hasta se me apareció mi abuela muerta.

Perdí el conocimiento.

Tras recuperar el sentido, me vestí y salí de aquella zona de conflicto.

Thomas nunca me volvió a llamar.

Ni yo a él… no fuera a ser que un día apareciese mi cuerpo flotando en el canal.

Hay gente muy pirada en esta ciudad.

Pepe Müller para Berlín Amateurs © octubre 2019

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