Crónicas maricas #17: Vacaciones en el mar II

por • 12 agosto, 2019 • Actualidad, Crónicas maricas, De noche, Internet, Sexualidad, SociedadComentarios (0)997

El verano en Berlín es esa semana entre julio y agosto en la que tienes más de tres días seguidos de sol abrasador continuado por una tormenta eléctrica que acaba fundiéndote el módem. En Berlín el verano no es verano, es la actualización de un software que no se acaba de cargar porque es una versión pirata que nos ha pasado algún amigo. Te recalienta el sistema y al final… falla.

Por eso, muchos de nosotros, nos procuramos unas vacaciones en algún lugar decente en el que tengamos calor y sol asegurado. Unos eligen Benidorm, y yo, el crucero gay de la Demence. Si os acabáis de incorporar a la lectura, os invito a leer mi post anterior, pues aquí os presento la segunda parte y desenlace de lo que fueron unas vacaciones inolvidables.

Como decía, es labor primordial del primer día, averiguar, por un lado, quién es el camello; y por el otro, cuál es la suite presidencial donde se organizan los chill outs. De hecho, será siempre más fácil localizar lo primero. En caso de no encontrar lo segundo, que no cunda el pánico, la organización lo tiene todo pensado. Para esa coyuntura el buque dispone de una «disco after». Una especie de circo de los horrores donde podrás pasar las horas muertas hasta que se te pase el pedo antes de volver a tu camarote a comer techo.

La «disco after» se monta en el piano bar. La zona dispone de smoking area, una pequeña pista y por supuesto de un gran cuarto oscuro con slings y todo el attrezzo correspondiente. Caras descolocadas, miradas errantes y mandíbulas que mascan chicle eternamente. No estoy describiendo a los figurantes de una película de zombis (que bien podrían serlo), sino a los individuos que se zarandean en la pista de baile. Acercarte a alguien allí es perder el tiempo, porque los cuerpos que la ocupan están de viaje astral en un universo paralelo estirando un moco infinito del que no se pueden despegar. Sumidos en un ketaminoso bucle de geometría, trigonometría y electricidad ¡Tratrá!

La zona más concurrida de la «disco after» es el cuarto oscuro, el cual se cubre de plásticos negros no para ambientar, sino para proteger la moqueta de fluidos y demás líquidos radioactivos. De nada sirve, porque a la media hora están todos rotos… los jirones de plástico se enrollan entre los pies de la gente que, entre el pedo y la oscuridad, acaba tropezando y cayendo al suelo de forma indigna.

«¡El plástico resbala, tía!». De esta guisa conocí a Antonio, Toñi para las amigas. Funcionaria municipal en el Ayuntamiento de Utrera y una de las fijas de la zona oscura. Toñi se quejaba todo el tiempo de que había que desplazarse a la segunda cubierta de proa para poder ir al baño. Un auténtico suplicio si estás a mitad de colocón. Para evitar esto, Toñi me enseñó a mear en un vaso de tubo y luego dejarlo en la barra como si tal cosa. «¡Tía, le estás haciendo un favor al camarero!». La verdad es que era cierto, pues aquel after andaba siempre escaso de vasos…

Lo mejor de la «disco after» es la cuarta cubierta de popa: la smoking area. Allí uno se teletransporta a un chamizo del garden del Grießmühle a las doce del mediodía de una CockTail d’Amore. Un sinsentido maravilloso de dimensiones infinitas. Mezcla de musculocas, travestís y osas. Politoxicómanas todas deambulando en un mundo feliz habitado por seres de otro mundo. La quintaesencia del crucero en una terraza de horario limitado, pues, la «disco after» cierra a las diez de la mañana. Lo que suele ser un coñazo si aún estás a mitad de tajada.

En el barco los ritmos se trastocan mucho y es todo un desarreglo muy extremo. Muy de psiquiátrico. No encontrar chill a la hora exacta puede significar peligro de muerte, y ante esto siempre puedes optar por una de las múltiples opciones que ofrece el crucero:

– ir a tu camarote SOLA a meterte dildos por el culo;
– enchufar el Grindr/Scruff y masturbarte SOLA durante horas;
– visitar Palma de Mallorca con 40 °C, resaca química y veinte parejas de jubilados, o bien, la que considero la mejor opción;
– arrastrarte por todos los pasillos del barco con cara de loca y ver las diferentes actividades diurnas que ofrece la organización. Que son muchas y variadas.

La oferta va desde hacer gimnasia acuática en la piscina hasta teatros-musicales y shows de vedettes de tres al cuarto. Fue así como conocí a Amapola López, la Prohibida, con la que pude compartir mesa y mantel en una animada conversación sobre microinjertos capilares en Turquía. Amapola, mujer agraciada de rostro, entre lo angelical y lo perverso, acabó invitándome a uno de sus shows de la tarde. Sin darme cuenta, acabé siendo víctima de las canciones de la femme fatale de Lavapiés.

Si tras todo este repertorio una no ha muerto, entonces recomiendo meterse un Bromazepam de 6 mg y caer frita hasta la siguiente fiesta. Si no te hace efecto, siempre puedes darte una vuelta por las boutiques del barco, en las que sustituyen los imanes de la nevera por arneses, dildos y suspensorios. Un auténtico sex-shop a bordo al que recomiendo ir el último día (el poppers lo ponen de oferta, a 2×1).

Todos los días, entre las seis y las nueve de la tarde, se celebran en la cubierta principal diferentes T-dance parties. De entre todas ellas, es la Ladies t-dance la más concurrida y la más famosa con carrera de tacones incluida. Un homenaje al transformismo, donde más de mil personas se dan cita con outfits que van de lo más fino a lo más arrabalero. De socorristas de la playa a María Antonietas y Sailor Moons. Todo el mundo saca su lado más femenino en esa fiesta en la que reina el tacón y la purpurina. Un evento de asistencia obligatoria.

El barco se comporta como un auténtico microcosmos en el que siempre corren rumores. Como el que a Mustafá el egipcio lo tuvieron que evacuar en barco-ambulancia porque tuvo una fractura de pene y se desangraba (fake news), que a la camella la habían pillado con todo el carrito del helado (super fake news), y que tres o cuatro personas habían fallecido a causa de un chungo de GHB (esto sí que era real). En el barco también uno se contagia de cosas, y no, no me refiero a las más que fusiladas ETS (Enfermedades de Transmisión Sexual). Me refiero a bacterias como la E-coli. El último año que fui más del 80 % del pasaje sufrió de diarrea y 40° de fiebre. Ibas al baño de cabineo y solo se oía a gente descompuesta. Un desastre para la organización. Un olor…

A La Demence no se va por la mala calidad de la música techno que pinchan, tampoco por el barco ni los destinos y mucho menos aún por la comida… Se va por la experiencia de vivir durante siete días sin complejos ni ataduras. Se va por los amores fugaces de la cubierta de popa. Como Dominic, un australiano mastodóntico profesor de educación física al que me declaré mientras bailábamos abrazados «Summertime Sadness» de Lana de Rey.

Aquel amanecer nos cantamos al oído todas las frases que nos vinieron a la mente mientras cruzábamos el mar Tirreno. El éxtasis hizo que nos juráramos amor eterno. Por momentos sentimos que éramos el uno para el otro, que nunca nadie nos separaría. Pero nuestro idilio duró lo que duran los efectos del MDMA y el efímero rocío de aquella mañana. Tres horas. Vamos, nada.

La aurora dejó paso a un sol que congeló aquel momento de amor promiscuo.

La brisa del viento se llevó a Dominic y sus besos.

Me dejó de nuevo sola, tirada en la cubierta, con un recuerdo que no olvidaré jamás.

El crucero de La Demence.

 

Pepe Müller para Berlin Amateurs © agosto 2019

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