Crónicas maricas #12: Látex, vírgenes y otros traumas

por • 19 marzo, 2019 • Actualidad, Crónicas maricas, Imprescindibles, Sexualidad, SociedadComentarios (1)930

Un viejo amigo mío me dijo una vez que, a los gais, llegados a una edad, nos da por algún vicio o hobby estrafalario. El espectro es tan amplio que va desde coleccionar vinilos de Lola Flores o antigüedades hasta ropa de cuero o drogarse. Nos aficionamos a algo con el fin de suplir nuestro exceso de tiempo y dinero, de lo que en el mejor de los casos nos acabamos cansando, o, bien por el contrario, nos volvemos unos freaks en la materia. Tengo amigos que coleccionan ceniceros y ropa de licra, otros que coleccionan cisnes de porcelana y ropa interior usada; y yo, vírgenes de escayola de Olot.

Las compro y almaceno de forma compulsiva y sin ningún tipo de miramiento, con especial debilidad por las mutiladas o con alguna tara de fábrica (las bizcas son mis favoritas). Es tal la devoción que les tengo, que incluso en casa monto altares improvisados junto con dildos XXL, fotos de Sara Montiel, velas y muchas flores de plástico. En definitiva, un retablo de mis complejos, un reflejo de la amalgama de arte kitsch español y guarrería berlinesa que soy.

Aparte de dedicar mi tiempo libre a vírgenes y dildos XXL, también he coleccionado ropa en látex. Creo que lo de mi afición a los plásticos, al igual que lo de las vírgenes, me viene de algún tipo de shock o trauma infantil. Recuerdo de pequeño ver a mis padres enrollarse la barriga con film transparente de cocina (a modo de choped) con el infructuoso fin de adelgazar.

En aquella época, la faja Vulkan hacía su agosto, y mis padres, con el fin de ahorrarse unas perras, se fabricaban ellos mismos una versión casera con bolsas de basura y plástico transparente de embalar. Aún recuerdo el ruido del roce al andar y los rastros de sudor que iban dejando por el suelo de la casa. Yo era un niño entrado en carnes y bastante mariquita, y la idea de verme ceñida y enrollada como una morcilla me sobreponía de manera.

Tras varias dietas yoyó y pasada la adolescencia, no fue hasta el año 2012 en que hiciera mi primera inversión plastiquera. Yo, recién salía de una de mis múltiples relaciones y desde que había llegado a Berlín, no había disfrutado de la ciudad en todos los aspectos. Me refiero claramente al mundo fetish. Empecé mi afición como todos, combinando materiales, comprando cosillas de segunda mano y construyendo outfits poco profesionales, pero con mucho gusto.

Mis primeras botas altas negras militares las compré en el mercadillo de Treptower Park, y me costaron solo 20 euros. Las que combiné con un jockstrap (suspensorio) de látex que compré de saldo en una tienda de Schöneberg y un arnés de piel de mala calidad del Sling King.

Fue de esa guisa como me presenté a mi primera fiesta látex en el Lab. El mundo gummi es algo muy serio, y aquella noche era fácil distinguir a los expertos de los aficionados, que, como yo, iban allí más por el folleteo que otra cosa. Los profesionales vestían catsuits negros de una pieza, máscaras, bleachers, polos… Sinceramente, cosas espectaculares, auténticas obras de arte en látex. Se notaba el dineral que la gente había invertido. Y allí estaba yo con mi primer outfit rubber, que era una mezcla de materiales sin sentido, un quiero y no puedo. Era como una Aramis Fuster en un Baile de la Rosa de Mónaco; totalmente fuera de lugar.

—¿Hola?, disculpa, pero ¿esto es cuero? —me espetó un señor mientras tocaba mi arnés.
—eh… Sí.
—No te había visto nunca por aquí, ¿tu primera vez, supongo?
—He venido otras veces, pero sí, es mi primera vez en una fiesta de temática gummi.
—Se nota. Sobre todo por la mezcla de materiales que llevas…

Yo me quería morir de la vergüenza. El señor se presentó. Se llamaba Hans, era suizo y venía de Zúrich expresamente solo para la fiesta. Me comentó que él y su pareja nunca faltan porque en Suiza no hay nada parecido, y que siempre vienen una o dos veces al mes para algún evento.

—Yo vengo a lucir el modelo y a que me meen encima. —Me dijo.

Aquella noche, Hans me dio una clase magistral sobre fabricantes, grosores, cortes y tipos de látex. Entre otras cosas, me recomendó que empezara comprándome piezas económicas y ponibles. Que hacerse un buen fondo de armario lleva su tiempo, pues es una afición no apta para todos los bolsillos, por lo que es importante comprar algo que luego vayas a usar y sea combinable con otras prendas. Y que, por favor, nunca, bajo ningún concepto, mezclara materiales.

A los pocos días me hice con mis primeros leggings y un chaleco que costaron un total de 200 euros. De los leggings pasé a los chaps, de los chaps a polos, camisetas y tirantes. Todos mis accesorios tenían que ser de látex, máscara, gorras… ¡Todo! La tienda Blackstyle se forró con lo que poco a poco se estaba convirtiendo en una adicción, porque del prêt-à-porter pasé al corte a medida. Me hice amigo de los fabricantes, incluso me liaba con ellos para que me hicieran rebaja (el 10 %).

Me encerré en un mundo que orbitaba solo en torno a la goma.

El látex fue una trágica revelación que hizo que sin darme cuenta entrara en una espiral de sexo y drogas, haciéndome fijo no solo del Lab, sino también del Scheune, del New Action y del Mutschmanns. Me convertí en un alma libre que se presentaba en la puerta de Berghain totalmente enfundada en plástico negro. Era como una viuda negra que tejía su telaraña entre las cuatro paredes de aquel edificio, donde, drogada y empapada en sudor, bailaba y me restregaba sin ningún tipo de consideración con todo y con todos.

El látex era mi segunda piel, y ya fuera sobre la tarima o subido en el sling, me hacía sentir como una Virgen de la Macarena a la que todo el mundo adoraba y quería tocar. Era un revoltijo de culo, poppers y Virgen del Rocío. Puro barroquismo andaluz en la madrugada berlinesa.

El niño obeso y sudoroso se había convertido en una butifarra que adoraba vírgenes de escayola y que, tras abandonar a sus amigos por el plástico, había trasmutado en un politoxicómano fetichista adicto al sexo y a la goma. Estaba poseído.

El látex entró en mí, tanto, que al poco tiempo, una de las noches, al volver a casa y sacarme la ropa, me di cuenta de que tenía unas ronchas rojas que me provocaban unos picores que me duraban hasta una semana. Tras varias visitas al médico, y tras diversos tratamientos contra la sarna, acabé descubriendo que debido a la sobreexposición había desarrollado alergia al látex. Fue un desastre porque mi afición hizo que me llegara a gastar unos 6000 euros en modelitos. Una auténtica locura.

Durante una temporada estuve tomando antihistamínicos, pero las drogas anulaban sus efectos y al final siempre acababa lleno de ampollas.

Ahora vendo todo mi fondo de armario en eBay-Kleinanzeigen a precio de saldo y he decidido continuar con lo de las vírgenes de escayola.

Pepe Müller para Berlín Amateurs © marzo 2019

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One Response to Crónicas maricas #12: Látex, vírgenes y otros traumas

  1. dv dice:

    adoro esta sección

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