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Bienal de Venecia 2019. La Dolce Vita del arte a hora y media de Berlín

por • 6 junio, 2019 • Actualidad, Artes Plásticas, CULTURA, Escapadas, Fuera, OCIOComentarios (0)933

El pasado 11 de mayo se inauguró la 58.ª Bienal de Venecia, activa hasta el 24 de noviembre de 2019. A los que no puedan desplazarse desde Berlín a la ciudad de los canales les interesará saber que muchos de los artistas participantes e incluso varios de los trabajos mostrados ya habían sido expuestos en esta ciudad en los últimos años. Además, de los 79 artistas de la exposición principal, 12 residen en Berlín (solo por detrás de los 13 que viven en Nueva York), a los que habría que añadir los que encontramos en los pabellones nacionales y otros eventos paralelos que tienen lugar en la ciudad estos días.

Hay en esto un hecho muy significativo. A pesar de tratarse de artistas de diferentes nacionalidades, la gran mayoría de artistas seleccionados reside en ciudades europeas o americanas, lo que dice mucho de la centralización del mundo del arte contemporáneo.

Otro punto destacable es que el comisario ha optado por la paridad entre los artistas hombres y mujeres. Por suerte, parece que algo está cambiando lentamente en estos macroeventos artísticos, habitualmente copados por hombres.

Para los que quieran acudir a esta cita, un corto viaje en avión de apenas hora y media nos planta en esta curiosa ciudad.

Lo primero que se siente al llegar a Venecia para la Bienal es esa sensación tan contemporánea y habitual, muy conocida también en Berlín, denominada Síndrome Fomo (Fear of Missing Out). Hay tantos eventos y exposiciones sucediendo al mismo tiempo que es imposible estar en todas partes a la vez. Decenas de eventos anunciados en Facebook, Instagram o páginas especializadas, y un tiempo muy reducido para poder visitarlas todas. Todo esto sin olvidar las interminables colas, síntoma intrínseco de nuestro tiempo que se producen hasta para coronar el Everest.

«May you live in interesting times»

Comisariada por Ralph Rugoff y partiendo de una supuesta maldición china, la Bienal de Venecia nos pone, de partida, en una posición ambigua. Una frase que parece positiva, pero contiene un fondo de amenaza. Se da el hecho, además, de que la frase es falsa, por lo menos como maldición china. Fue pronunciada en un discurso por el parlamentario británico Austen Chamberlain a fines de la década de los 30, un momento de tensión que desembocaría en la II Guerra Mundial y, sin embargo, repetida innumerables veces a partir de ahí con su falsa atribución.

Una de las críticas más recurrentes que se oían sottovoce (a veces no tan sotto) los primeros días era la sensación de falta de comisariado. Esto podría deberse en parte, en mi opinión, a que nos estamos acostumbrando a esas grandes exposiciones en las que el comisariado es tan marcado que parecen usar a los artistas para ilustrar una tesis, cuando no simplemente para realizar una gran instalación artística con las obras de los artistas; y esta bienal se aleja mucho de este tipo de muestras. Las obras tienen tal protagonismo por sí mismas que a veces es difícil ver la relación entre ellas, e incluso el criterio con el que se han colocado en una sala. Pero es intención del comisario no organizar la exposición con base en un tema general, lo que tiene ventajas y desventajas que paso a comentar.

Para empezar, la exposición está divida en dos, la «Proposición A “ y la ” Proposición B», una, en el edificio central de los Giardini; y otra, en el Arsenale. El comisario pidió a cada uno de los 79 artistas, un número mucho menor que el de otros años, que mostraran en cada uno de los emplazamientos un punto de vista diferente de su trabajo. Una idea a priori brillante, pero que, por desgracia, está resuelta de manera irregular. Mientras que la muestra en el Arsenal es rotunda e interesante, la de los Giardini resulta extrañamente floja y desarticulada. Están todos los grandes nombres que se podrían esperar de un evento como este, aunque no siempre con sus trabajos más relevantes.

El espacio del Arsenal está divido por grandes tableros de madera que dialogan armónicamente con la arquitectura del espacio. Incluso su forma laberíntica sugiere de alguna manera los pliegues de un cerebro, en el que las distintas ideas y preocupaciones se acumulan o esconden sin tener que seguir un orden racional.

El espacio de los Giardini, en cambio, sufre mucho en la comparación. Se trata de un espacio museístico de muros blancos y con una disposición de las obras que transmite la sensación de un museo pobremente dirigido. Dejar en manos del espectador la articulación de un discurso entre obras de tanta densidad en ocasiones se vuelve agotador y desconcertante.

A pesar de todo esto, resulta muy interesante ver como las obras de los artistas funcionan en los distintos espacios. Unos se ven favorecidos por uno de los espacios, otros por el otro y, los menos, funcionan con igual eficacia en ambos.

El ganador del León de Oro, Arthur Jafa, de quien pudimos ver una extensa exposición el año pasado en Julia Stoschek Collection de Berlín, incluido el vídeo The White Album, que formaba parte de la exposición en los Giardini, no resultaba tan demoledor en el Arsenale con sus esculturas de ruedas en cadena, que quedaban absorbidas por el espacio, perdiendo parte de su monumentalidad.

Lo contrario pasa con Ed Atkins, cuya instalación, Old Food, en el Arsenale, que también se pudo ver hace dos años en Martin Gropius Bau, resultaba abrumadora con sus inquietantes vídeos y sus viejos trajes de la Deustche Oper. Mientras, los dibujos que presentaba en los Giardini, muy deficientemente situados en el espacio (casi parecían cumplir con una cuota), se me antojaban parte de otro proyecto más grande que no se había podido mostrar.

La obra BLKNSWS, del artista Kahlil Joseph, sin embargo, funcionaba igual de bien en ambos espacios. Tanto era así que, aun tratándose de la misma obra, no podía evitar detenerme en cada punto en el que se exponía.

Continuando ahora con los artistas con sede en Berlín, nos encontramos en la muestra, además de al citado Ed Atkins, a Nairy Baghramian, Alexandra Bircken, Jesse Darling, Jimmie Durham, Haris Epaminonda, Cyprien Gaillard, Jeppe Hein, Maria Loboda, Tomás Saraceno, Slavs and Tatars y Hito Steyerl.

Sin detenerme demasiado en cada uno, simplemente quiero apuntar que Haris Epamininda fue galardonada con el León de plata como joven promesa y Jimmie Durham con el León de oro a su carrera.

Alexandra Bircken hizo un interesante uso del espacio en el Arsenal con sus esculturas de látex, cuero y poliéster, aunque la propuesta me remitía demasiado a Juan Muñoz, sin conseguir la perfección instalativa de este. Lo mismo me sucedió con Hito Steyerl. Su enorme instalación de vídeo me recordaba más a alguna pieza actualizada de Pipilotti Rist que a ella misma. A pesar de ser un trabajo muy interesante, resultaba casi una pieza menor (no por su tamaño), después de ver la genial exposición que tuvo en la Adk hace un par de meses con motivo del premio Käthe-Kollwitz.

A destacar, el trabajo de Cyprien Gaillard con una sencilla pero hipnótica holografía llamada L’Ange du foyer (Vierte Fassung), en los Giardini, y con su trabajo Ocean II Ocean, en el Arsenal. En el próximo Berlin Atonal podremos ver una versión live de este proyecto.

Otros artistas que han expuesto en Berlín son John Rafman, que presentaba dos vídeos, uno de los cuales, Dream Journal, ya pudimos ver en una primera versión en Sprüth Magers hace dos años; o Ian Cheng, cuyo trabajo se pudo ver el año pasado en Julia Stoschek Collection, aunque en la Bienal presenta uno de sus trabajos más conocidos: BOB (Bag of Beliefs), una forma de inteligencia artificial que evoluciona constantemente.

Finalmente, Teresa Margolles, artista que residió en Berlín el año pasado gracias a una beca DAAD, recibió una merecidísima mención de honor por su duro trabajo sobre la violencia en México.

Pabellones nacionales

Si es difícil hacer frente a la exposición general, plantearse siquiera reseñar los 90 pabellones nacionales es inabarcable, así que me centraré solo en unos pocos.

Se oía mucho en Venecia que el nivel de los mismos era muy bajo en general. En el caso concreto del León de oro que fue a parar al pabellón de Lituania, el premio estaba más que merecido. La maravillosa obra de Lina Lapelyte, Vaiva Grainyte y Rugile Barzdziukaite llamada Sun & Sea (Marina) es una de esas piezas que hay que ver en vivo, aunque queda muy bien en las fotos y vídeos de Instagram. En el primer piso de un edificio histórico se recrea una playa y a sus bañistas, que cantan canciones de pensamientos casuales y cotidianos, y de los que van emergiendo crisis y colapsos medioambientales mientras el espectador observa la costumbrista escena desde un hueco en el segundo piso.

Entre el resto de pabellones ha gustado mucho el francés, con el trabajo de la artista Laure Prouvost llamado Deep See Blue Surrounding You / Vois Ce Bleu Profond Te Fondre, como se adivina por las largas colas de acceso. Prouvost hace un uso extraordinario del espacio, con su entrada por una puerta trasera y la instalación de cristal de Murano, pero tengo que reconocer que el vídeo en el espacio principal no me convenció del todo. Las constantes referencias surrealistas y algún guiño a Un perro andaluz de Buñuel hace recordar la fuerza que sigue teniendo la película a día de hoy, en contraste con el regusto de parodia amateur de un anuncio de agencia de viajes que me dejó la pieza de Provoust en algunos momentos determinados.

Muy decepcionante resultó el pabellón alemán de la artista Natascha Süder Happelmann, comisariado por Franciska Zólyom. Aunque en algunos momentos da la sensación de que podría haber sido un buen trabajo, la sensación final es como si hubieran tenido que abrir el pabellón con las obras a medio instalar. Esta era en parte la intención del artista, pero el resultado, a mi parecer, no tiene la fuerza que se esperaba.

En el pabellón español, comisariato por Peio Aguirre, literalmente no se habían podido instalar las arquitecturas inflables que Sergio Prego había diseñado para el interior, por lo que su título, Perfored by, pierde parte de su sentido. Sin embargo, las piezas de Itziar Okariz, que ocupan el interior del pabellón, son de una sencillez y honradez apabullante, y dialogan maravillosamente con las instalaciones de Prego, estas sí exquisitamente instaladas en el patio interior. Tengo también que hacer especial mención al catálogo y los carteles, que son simplemente maravillosos.

En vista de la reacción general del público, quizás esta es una propuesta demasiado honesta y sencilla en un tipo de evento donde se espera la espectacularidad y los fuegos artificiales, o por lo menos una buena imagen para Instagram.

Y más que espectacularidad, el pabellón de Brasil ofrecía un maravilloso espectáculo. El dúo de videoartistas, Barbara Wagner y Benjamic de Burca presenta Swinguerra, que toma su título de swingueira, un movimiento de danza popular en el noreste de Brasil, fusionado con la palabra guerra. El vídeo presenta distintas escuelas de baile de Brasil con bailarines transgénero y no binarios.

Otro pabellón muy interesante es el de Corea, también con trabajos en vídeo. Llamado History Has Failed Us, but No Matter, el pabellón presenta obra de tres artistas: Siren Eun Young Jung, Jane Jin Kaisen y Hwayeon Nam, que investigan las condiciones presentes y pasadas que enmarcan la modernización de Corea y Asia Oriental.

Por primera vez en la historia de la Bienal, Ghana tiene un pabellón. Titulado Ghana Freedom, el pabellón, comisariado por Nana Oforiatta Ayim, examina los legados y trayectorias de seis artistas, a lo largo de tres generaciones, enraizados en Ghana y su diáspora.

El pabellón de Irak, escondido entre las callejuelas laberínticas de la ciudad, expone el trabajo de Serwan Baran, Fatherland, centrado en el conflicto en Irak y la región circundante.

Muy interesante resulta el trabajo realizado por el comisario español Agustín Pérez Rubio, que será uno de los comisarios de la próxima Bienal de Berlín en 2020, junto con el artista Voluspa Jarpa para el pabellón de Chile. Llamado Altered Views (Miradas Alteradas), se trata de la revisión de la historia europea, rescatando conceptos acuñados desde una perspectiva eurocéntrica, nociones que dan luces sobre esta violencia con la que se reduce el mundo a un modelo expansionista, desarrollista y hegemónico. Si el trabajo de Pérez Rubio mantiene la misma calidad en Berlín, disfrutaremos de una gran Bienal.

En cuanto a los artistas con sede en Berlín, el pabellón de Portugal presenta a Leonor Antunes, de cuyo trabajo podemos disfrutar en el Gropius Bau dentro de la exposición «And Berlin Will Always Need You». Comisariado por João Ribas, el pabellón ubicado en un precioso palacio presenta unas esculturas postminimalistas que han sido muy inteligentemente instaladas para dialogar con el artesonado y la decoración del propio edificio de manera casi mágica.

En el pabellón suizo, el dúo de artistas Pauline Boudry / Renate Lorenz transforma el espacio en una vasta instalación inmersiva. Con el título Moving Backwards, el proyecto explora, en un momento histórico de reacciones violentas, prácticas de resistencia, combinando técnicas de guerrilla, coreografía posmoderna y danza urbana, así como elementos de la cultura underground queer. Actualmente se puede ver una gran muestra de estas artistas residentes en Berlín en la Julia Stoschek Collectión.

En el pabellón de Mongolia, A temporality, comisariado por Gantuya Badamgarav, nos encontramos con el co-comisariado del artista con sede en Berlín Carsten Nicolai, también conocido como Alva Noto. Él se ha ocupado de la parte sonora de un proyecto interdisciplinar basado en las propias tradiciones experimentales de creación sonora de los nómadas mongoles.

Por último, en el pabellón finlandés encontramos también a otros conocidos de la escena artística berlinesa. Este pabellón acoge al Miracle Workers Collective (MWC). Este colectivo está formado, entre otros, por el comisario Bonaventure Soh Bejeng Ndikung y por Lorenzo Sandoval. Ndikung es director artístico del espacio de arte SAVVY Contemporary en Berlín, y entre los años 2015 y 2018 fue también director artístico de Galerie Wedding, mientras que Lorenzo Sandoval, que comisarió el desaparecido espacio Altes Finanzamt, actualmente codirige el TIER.space en Berlín y fue seleccionado el año pasado en el Berlin Art Prize con una brillante instalación. El proyecto que ha realizado el colectivo para el pabellón finlandés fue presentado ampliamente el pasado marzo en la Brandenburger Tor Stiftung y, además de la instalación, en el pabellón incluye una publicación titulada A Greater Miracle of Perception.

Eventos paralelos

Paralelamente a la Bienal, tienen lugar decenas de exposiciones y eventos por toda la ciudad. Imprescindibles siempre, el Palacio Grassi con la exposición «La Pelle» y obras de Luc Tuymans en esta ocasión; o la fundación Prada, con una majestuosa exposición de Jannis Kounellis comisariada por Germano Celant.

En el nuevo distrito de las artes en que se ha convertido Giudecca, una pequeña isla situada al sur de Venecia, se presentó un programa público de charlas denominado Politics of Space, puesto en marcha por Arts & Globalization Platform y comisariado por Rikke Jørgensen, con una impresionante performance del artista nigeriano Jelili Atiku.

También tienen lugar en Giudecca algunas muestras de artistas residentes en Berlín, como la exposición individual de Warren Neidich en el Zuecca Project Space. Titulada Rumor to Delusion, tiene como pieza central una de sus coloridas instalaciones de neón con palabras, que pudimos ver hace dos años en la Kunstverein Rosa-Luxemburg-Platz. Esta pieza hace referencia a la loca notica falsa conocida como Pizzagate de la campaña presidencial de Estados Unidos en 2016.

Y para acabar con los artistas «berlineses» dentro de la muestra, quiero mencionar Antena to Change the World, comisariada por Jacek Sosnowski y Gabriel Mestre, también en Giudecca, donde se pudo ver el vídeo Lost Codes del artista Ibrahim Quraishi sobre la búsqueda de un nuevo tipo de nomadismo que ya se mostró en la Galería Crone en Berlín en 2016.

Conclusión

Durante el transcurso de esta edición, se comentó varias ocasiones que esta era una Bienal muy politizada. Hay que tener en cuenta que uno de los temas de los que más se ha hablado ha sido la idoneidad o no de la instalación de un barco pesquero en el que murieron más de 700 migrantes, más que por la obra en sí, por la superficialidad de muchos visitantes que no dudaban en posar y hacerse selfies, en lugar de reflexionar sobre una tragedia no tan lejana.

Por otra parte, lo más político de la Bienal no ha sido ninguna obra de arte sino el pabellón cerrado y abandonado de Venezuela como un poderoso reflejo de la situación del país. Habría que repensar si realmente una bienal hoy en día puede centrarse unidamente en los aspectos formales del arte. Vista desde la perspectiva de Berlín, con una escena artística muy politizada, encuentro que, como su título da a entender, vivimos un momento histórico «interesante», donde es imposible no estar posicionado políticamente. Es de agradecer, y con esta conclusión me quedo, que el comisario haya tenido a bien ceder la voz a artistas con sus distintas visiones y opiniones. Este ha sido para mí de los mayores aciertos de esta Bienal de Venecia 2019.

Texto y fotos: Rubén González Escudero para Berlín Amateurs © mayo 2019

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