Nación Low Cost: B (Berta)

por • 1 junio, 2011 • MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)2260

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

—Bienvenido a funnyJet, le atiende B…, ¿en qué le puedo ayudar hoy?
—Verá, llamaba para hacer una consulta.
—¿De qué se trata?
—Es que creo que tengo tuberculosis, y viajaré a Suiza con ustedes el día veintiuno. Necesito saber urgentemente si puedo viajar y si no, si me devuelven el dinero.
—Hombre, si no tiene usted consideración por el género humano, adelante: viaje y provoque que otras ciento cincuenta y cinco personas terminen en la misma situación que usted. Ponga los cimientos para la propagación de una nueva pandemia.
—¡Fantástico! Suena bien. ¿Y si decido no volar?
—Si decide usted no volar, me temo que no le devolveremos su dinero: funnyJet es una compañía que no emite reembolsos.
—¡Eso sí que no, no estoy dispuesto a que me roben los 18,99€ que me costó el billete!
—Me temo que esas son las condiciones de la compañía que usted aceptó a la hora de hacer su reserva…
—En ese caso, volaré.
—Gracias por llamar a funnyJet, le ha atendido B… ¡Le deseamos un feliz vuelo!

 

***

 

BAJA POR ENFERMEDAD. De los cuantiosos proyectos empresariales que desarrollaba Cagator Services repartidos estratégicamente por zonas del planeta deprimidas donde sacar un plausible rendimiento de los trabajadores no costaba grandes inversiones ni quebraderos de cabeza (hablamos de Nueva Dheli, Buenos Aires, Casablanca, Poznan, Estambul, Tallin, etc), funnyJet era el que más bajas por enfermedad acumulaban sus trabajadores. Era normal que cada empleado hiciera uso de, al menos, unas veinte o treinta bajas anuales por periodos de tres a siete días cada una y como mínimo. Y de ésas, puede que tal vez una fuera realmente causada por algún contagio vulgar o una dolencia leve. Casi siempre encadenadas sutilmente, antes o después, con varios días libres consecutivos o unas vacaciones que al final se alargaban como un chicle recién estrenado. ¡Y es que trabajar en funyJet ya era motivo suficiente para ponerse enfermo!

En Berlín, era tan fácil conseguir una baja por enfermedad como pillar ladillas a los veinte. Naturalmente, acabamos por engancharnos. Sobre todo cuando eras tú el que fijaba el número de días necesarios para recuperarte de una enfermedad que en realidad no padecías. Resultaba divertido: tú mismo te diagnosticabas y tú mismo determinabas el tiempo en el que te curarías. Con la tranquilidad de saberte seguro de que si te ponías enfermo un viernes y acudías el lunes por la mañana a la consulta acabarías igualmente obteniendo tu justificante médico para los días anteriores.

La mayoría del equipo español de funnyJet frecuentaba la misma consulta de la Oppelner Strasse donde casi todos los médicos hablaban castellano. De aquella Praxis für Allgemeinmedizin me gustaba casi todo: el mobiliario de la sala de espera con sillas, mesa, perchero y un par de alacenas del mismo tono de madera de palisandro; los dos ficus junto al par de ventanas que daban a la calle y también los enfermos y los yonquis que acudían periódicamente a los programas de desintoxicación con metadona. Supongo que el hecho de que casi nunca estuviera malo de verdad cuando acudía a la consulta, influía bastante en la valoración positiva.

Recuerdo una de aquellas visitas que provocó que el resto de visitas siguieran el mismo patrón, la misma secuencia de actos. Vómitos y diarrea, ésa era mi versión. Pero después de mi representación, no me esperaba lo que sobrevino:

—¿Bebió usted ayer?
—Sí.
—¿Bebió usted bastante?
—Sí.
—Huele usted todavía hoy a alcohol…

Quizá unos ojos ensangrentados incrustados en una cara más abotargada de lo habitual, le dieron la pista. Digamos que uno no había previsto esto. Hablamos sobre consumo de alcohol desmedido y grupos de apoyo. Acabé con una tarjeta en el bolsillo de una asociación de alcohólicos anónimos de talante religioso que por el momento no estaba muy dispuesto a usar. Cada vez que acudía a la consulta, otra copia de aquella tarjeta acababa deslizándose en mi tarjetero. Justo antes de bajar a la calle y comprar más cervezas.

El índice de bajas por enfermedad entre los trabajadores llegó a ser tan escandaloso que idearon una treta amenazadora que, aunque nunca se llevó a cabo, sí despertó entre nosotros cierta sensación de alarma unido a un inofensivo temor. El invento consistía en una visita sorpresa al domicilio del enfermo durante su convalecencia. Se le llevaría bombones y una postal de recuperación en la que se podría leer gute Besserung. Miembros del departamento de recursos humanos, probablemente aquella gorda glotona cruel y sin afectos, serían los encargados de poner este perverso plan en funcionamiento.

BAR 25. Sitio perfecto del que era cliente buena parte de la plantilla española de funnyJet donde seguíamos bailando hasta mañana. Donde mañana se convertía fácilmente y sin que te dieras cuenta en el día anterior, en ayer. En Bar 25, a veces llegaba el feliz momento en que nos habíamos comido tantas pastillas que nuestras cabezas llegaban a cualquier destino imaginable mucho antes que nuestros cuerpos. Generalmente, muchas de nuestras bajas por enfermedad —o al menos las mías— las generaba el Bar 25 y sus interminables sesiones de minimal techno que comenzaban un viernes y finalizaban un martes sin interrupción alguna de por medio. Cuando uno acudía a la consulta tampoco tenía que fingir demasiado si la fiesta había sido dura y el afectado había gozado de ella lo suficiente para que su cara acusara unos efectos devastadores que ni siquiera el cutis ni el organismo más resistentes eran capaces de resistir.

El ciclo vital de los clubs de Berlín no atendía a interrupciones burocráticas fastidiosas, sino a requerimientos mercantiles básicos: cuando el público dejaba de ser el suficiente, se cerraba. No existían horarios predeterminados. Sólo una oferta convulsiva y perpetuamente prolongable. Puede que sí un comienzo tácito, preestablecido. Pero el final era siempre sorpresivo. Como la vida. Con una especie de estudiado desgarro. De lunes a domingo. Si se daba la perfecta e idílica confluencia de tiempo y dinero. No siempre era así.

Uno de los éxitos garantizados de la época estival era, sin duda, Bar 25. Junto al río. Espacios al aire libre. La luna llena. La bola de espejos colgando de un árbol. La pista de baile en plena cabaña. Los columpios, los coches de choque y el corsario negro. El ritmo sincopado y envolvente del minimal techno. Su público irrepetible. Sus sesiones maratonianas de postergado final. Allí muchos de nosotros invertíamos nuestro tiempo libre y los escasos cuartos que nos pagaban en funnyJet.

Bajo el nombre Bar 25 se sustentaba una empresa legal que aglutinaba restaurante, bar, club nocturno, sello discográfico, pequeño cine al aire libre e incluso un catering y hostal. Con una decoración similar a la de un rancho en pleno oeste, la cabaña con más ritmo de la ciudad, celebraba curiosamente cada verano su última temporada. Sin duda un gancho comercial bastante efectivo hasta que finalmente acabaron por enterrarlo bajo los cimientos de Media Spree. Por temor a su clausura, acudíamos cada domingo por la tarde con convicción devota.

Tres kilómetros y medio separan Janowitzbrücke de Elsenbrücke. Ciento ochenta hectáreas dentro de un espacio estratégico que conectaba el este con el oeste uniendo los distritos de Mitte, Kreuzberg, Friedrichshain y Treptow. Enclave perfecto donde se situaba Bar 25. Imperaba la locura bien administrada, el desconcierto jubiloso y la excentricidad (ma)dura.

Bar 25 se convirtió en un mito irrepetible. Uno de esos sitios que te tiras rememorando en el futuro hasta que se agotan los ‘te acuerdas…’. Caras conocidas de muchas partes. Consecuencia lógica de un cómputo dilatado de fiestas en común que haría palidecer a un matemático ejercitado. Sitios propicios para experiencias sublimes y amargas. Aceptaciones y rechazos. Victorias y derrotas. Alumbramientos y apagones. Risas y lágrimas. Momentos de lucidez, situaciones de vergüenza. Épocas de rechazo y escenas de reconciliación. Cervezas y Jägermeister. También las dos cosas a la vez. Incluso vodka. O tequila. Y el mismo día. La misma noche. Me atrevería a decir que incluso todas. Porque el tiempo no se cuenta, se vive, se goza.

Así eran nuestros días y noches en Berlín. Fue aquí precisamente donde el jefe supremo de funnyJet y yo iniciamos nuestros escarceos en uno de aquellos últimos veranos. Cuando todo hacía pronosticar que Peter Porkins y yo terminaríamos en noviazgo. Qué equivocado volvía a estar otra vez. Como siempre, amaba con poca cordura y excesiva intensidad. Para Peter Porkins en concreto, el amor era sólo un asunto de agujeros. De rellenar agujeros. Y aquí rellenar agujeros no es ninguna metáfora.

BASE DE DATOS. La base de datos de la compañía se convirtió en un pasatiempo estimulante, tentador —en cuanto que era prohibido— y de valor incalculable, que sin duda habría dejado al sudoku en una mera ridiculez inservible destinada a mocosos sin edad de discernir. Todo el que hubiera volado con funnyJet tenía su registro personal en la base de datos. Tu padre, aquel compañero de universidad al que habías perdido la pista, tu profesor de yoga, el chico con el que perdiste la virginidad, el capullo que prometió llamarte al día siguiente y jamás lo hizo, aquel ex del que nunca volviste a saber nada, la compañera de piso que acabó birlándote el novio, el jefe cabrón que te despidió sin motivos aparentes. No era Facebook, ¡era mejor!

Base de datos a la que teníamos acceso libre y permanente sin que tú te enteraras. Y aunque la empresa se jactaba de sus medidas de seguridad extremas en cuanto a la protección de datos, en realidad, tuvimos acceso al E-Mess, así se llamaba el programa, desde el primer día del training. Nos aseguraron que los datos allí contenidos eran ficticios, pero pronto descubrimos que se trataba de una copia del programa y base de datos reales: al introducir nuestro nombre y apellido con el comando adecuado, eran los datos de nuestra tarjeta de crédito lo que aparecía a continuación. Imaginaros el resto.

Si conocías el apellido y nombre exactos, o si sabías la fecha y destinos puntuales en los que había realizado un vuelo en la compañía, aquello se convertía en la versión a pequeña escala de Google y Facebook juntos. El registro se componía de los datos personales de la persona localizada junto a su historial de vuelos en funnyJet. No sólo accedías al teléfono, la dirección postal o al correo electrónico sino que te adentrabas en su cuaderno de bitácora. Y lo más importante: quién era el desgraciado que realizaba los viajes con aquella persona.

Fue así como Pablo, uno de nuestros agentes, descubrió que la novia de su padre viajaba con otro señor a las islas griegas aquel fin de semana que aparentemente debía aquella señora visitar a sus padres en el pueblo. De la misma manera que yo mismo desbaraté los planes de sorpresa de mi mejor amigo, residente en Londres por aquel entonces, cuando decidió venir a Berlín por mi cumpleaños. Por citar tan sólo dos ejemplos inofensivos aunque reveladores. Un instrumento morboso del que nos enamoramos. Nos enganchamos también a esto.

Los secretos que esta base de datos atesoraba eran tan valiosos como perturbadores. Expandían posibilidades recónditas de la imaginación hasta límites jamás acariciados. Capaces de desencadenar un suculento torrente de maldades si uno era lo suficientemente astuto para perpetrar una venganza paradigmática. Un crimen perfecto. Una putada a través de funnyJet contra tus seres más detestados. El correo electrónico del cliente y la contraseña con los que se accedía al registro de funnyJet, estaban al alcance de nuestra mano. Dos armas que no dejarían huella una vez que el mal ya estuviera perpetrado. Hasta ahí puedo leer.

BEBÉ. Un recién nacido, un bebé, un ser humano por debajo de los dos años también se considera una persona y como tal debe viajar documentada. Y no, el libro de familia no es suficiente en vuelos internacionales. Aunque se pague una tasa de quince euros por volar en cada trayecto, eso no lo convierte automáticamente en un servicio adicional a la altura del equipaje facturado o el equipamiento deportivo. Un bebé no es un paquete impertinente, cagón y escandaloso, que uno lleva en el regazo. Otro de los clásicos errores en los que la compañía naturalmente se lavaba las manos.

También se daba el caso del padre listillo que pretendía ahorrarse el importe de un adulto pagando la tasa de un bebé para su hijo mayor de dos años. El asunto quedaba desbaratado en el aeropuerto y el presunto padre listillo quedaba reducido a la categoría de subnormal, sobre todo después de pagar la tarifa más alta si quería que su hijo viajara con él aquel día. ¿Cómo se podía reclamar en esos casos también? El contenido de ciertas reclamaciones llegó a ser tan desconcertante que tuvimos que escudarnos en la sutilidad del lenguaje cínico para hacer notar a los clientes la estupidez de sus acusaciones absurdas sin que ellos se dieran cuenta de nuestras pretensiones.

BERGHAIN. Umgangssprache en el original. Nombre de un club berlinés cuyo origen responde a la nomenclatura de los dos barrios entre los que se ubicaba: Kreuzberg y Friedrichshain. Berg-hain. Pronunciado ‘Bergjain’ y no ‘Bergain’, por favor, ¡aprendedlo de una vez! Aquí vendía mi corazón en parcelas. Nichos, más bien. Los más caros solían tener mejores vistas. Otro motivo riguroso para solicitar otra baja por enfermedad en Cagator Services.

Los propietarios de este must de Berlín, debían vomitar dinero. O cagarlo, si se nos permite la vulgaridad. Berghain/Panoramabar venía a ser un club nocturno, un salón de baile y un burdel. Un reino de placeres nocturnos en el que jugueteaban los jóvenes y las bellas criaturas de los bajos fondos. Un interiorismo —cimentado en su pasado de central eléctrica— evocador de Metropolis, esa película de Fritz Lang, daba cada fin de semana la bienvenida a sus adeptos que acudían a él con periodicidad de feligrés. Era precisamente aquí donde nos fundíamos gran parte de nuestro paupérrimo sueldo.

En Berghain era posible encontrar todas las drogas imaginables y de las que todavía no habías escuchado hablar. Era difícil que volvieras a salir con la misma cara que habías entrado. La cultura de club hacía posible que esta discoteca tuviera dos nombres. La sala central correspondía a Berghain —de mayoría notoriamente homosexual— que aglutinaba a gran parte del público y a la importancia en la cabina de artistas internacionales. Abierto sólo los sábados hasta que cerraba, ya domingo a medianoche. Panoramabar —de talante ambiguamente mixto— se encontraba en la parte superior del recinto, coronado por aquel coño inmenso, foto a gran formato de Wolfgang Tillmanns.

Si estábamos aquí, en nuestras cabezas se encendían llamas de todos los colores antes de que nuestros pies volvieran a tocar el suelo. Y claro, los lunes no podías contar con ninguno de nosotros para una partida de ajedrez. Digamos que había físicamente allí, un fuerte contraste. De actitudes, de luces, de estilos, de música, de tribus urbanas, de cometidos, de colores, de intenciones, de sexualidades, de pretensiones, de curiosidades colectivas, de necesidades afectivas, de interacciones, de deseos correspondidos y no. Maricas que no lo eran. Heteros que eran maricas. Lugar propicio para decisiones arrebatadas, dictadas al calor de un impulso. La cola para entrar era de comedor de beneficencia en plena posguerra. Puerta indiscriminadamente selectiva. Y como en la mayoría de clubs de la ciudad: las cámaras, prohibidas.

Aunque allí, como en cualquier parte, las drogas estaban prohibidas, todos apelaban a ellas como meras transacciones anímicas. Gente consciente de que más que infringir leyes, pagaban por la adquisición de un sensiblemente alterable estado de ánimo.

Dos vidas. Dos escenarios: funnyJet y Berghain/Panoramabar. Nuestro hábitat. Uno de mis compañeros de trabajo del equipo alemán, Hannes, definió la esencia de Berghain cuando otros compañeros de trabajo de intereses diferentes a los nuestros preguntaron sobre el particular:

—¿Qué es Berghain?
—Un lugar donde hay muchas drogas y mucho sexo.

Ante el asombro de los presentes, no me quedaban demasiadas opciones respetables para salir del paso que el remedio de añadir:

—… ¡Y buena música!

Aunque mi respuesta era veraz, el mal ya estaba hecho.

BERLÍN. Todo en Berlín nos parecía grandioso, empezando por nosotros mismos. Y sin embargo, lo que más me atraía de aquella vida era lo exótico de su sencillez.

En nuestro paraíso no había serpientes ni manzanas. Sólo placer. Puro placer. Berlín era una ciudad jodidamente extraña. Nuestras vidas pertenecían a Berlín. Berlín era nuestra dueña y señora. Un ama de lo más condescendiente, debemos añadir. Pero nunca nos sentimos tan libres como lo fuimos aquí, siendo conscientes de nuestro rango de pertenencia. La libertad no se medía en metros cuadrados, sino que consistía en estar a merced de lo que uno quería. Y en las manos de Berlín seguíamos haciendo todo lo que queríamos, con el beneplácito de nosotros mismos.

Berlín era muy tentadora. Así, en femenino, porque yo no me la imagino de otra manera. Una moza muy gallarda. Una identidad turbadora, en cualquier caso. Un canon de belleza casi irrepetible. Puede que en Berlín no hubiera ni manzanas ni serpientes. La tentación se llamaba Berlín. Porque la tentación ya no era la manzana. Sino el mismo paraíso. Puede que un paraíso artificial, puede que no. Un paraíso donde la libertad era la condena. Y ser uno mismo, un pecado habitual y sin sanción. Una ciudad impulsiva, vibrante, caliente —para muchos fría, indiferente y pragmática—, con carácter (y muchas personalidades), que sabía gestionar muy bien su éxito. Sin hipocresías ni dengues. Un reducto de libertad —escenario fantástico para el desbarre— exento del acecho sin tregua de ansias prohibitivas. Siempre cultivando esa imagen de canalla que tanto ayudaba a su reputación. Ser gay y vivir en Berlín, era lo mejor que le podía pasar a un homosexual.

La particularidad de Berlín, una de las principales capitales europeas, era que aquí se podía vivir muy bien con muy poco. Algo que no ocurría en otras ciudades de la nación (ni europeas, por extensión), donde se concentraban las grandes multinacionales, razón suprema por la que en Berlín los precios se mantenían relativamente bajos. Quizá se explicara así la continua afluencia de emigrantes españoles que invadían la capital alemana. Aquí no abundaban las grandes empresas ni las grandes industrias. ¿El culpable? La rigidez de un sistema de impuestos blindado.

BETRIEBSRAT. En alemán en el original. También conocido como el comité de empresa para la defensa de los trabajadores. El sindicato. Allí supuestamente estábamos todos representados y se velaba por nuestro bienestar. Pero no era más que un convidado de piedra. Un títere con las cuerdas muy bien atadas en manos del titiritero maldito: Cagator Services. Rainer Müller era el comandante de aquella operación, nuestro líder del Betriebsrat. Un señor de cincuenta años de antigüedad y nacionalidad alemana que fue contratado en igualdad de condiciones que nosotros. Un agente muy astuto que supo bien jugar su partida: a sus años, con una formación universitaria allí inservible y dada la situación laboral precaria que vivía Berlín en aquellos tiempos, a Rainer no le quedaban demasiadas ofertas laborales en las que pudiera ser aceptado. Digamos que o hacía carrera en Cagator Services hasta su jubilación o lo tendría bastante crudo en su futuro profesional.

Se aferró al Betriebsrat como último recurso de salvación ante el inminente declive de una vida ya en el crepúsculo, como quien acepta una cita para ir al cine con alguien que en realidad no le gusta para ver una película que en realidad le gusta menos todavía. Nos conmocionó su determinación y nos convenció su entusiasmo contagioso. Al principio. Aunque lo que se debatía en las reuniones del sindicato quedaba bajo secreto y amenaza de despido su divulgación, más tarde supimos por otros miembros allegados del sindicato que las intervenciones y acciones de Rainer habían cambiado absoluta y misteriosamente de bando como un tránsfuga al que habían sobornado con una bicicleta con los neumáticos picados.

Paradójicamente, Rainer pasó de una defensa a ultranza de los trabajadores a un posicionamiento discreto aunque claramente a favor de los intereses de la empresa: quería asegurarse su puesto de trabajo y su permanencia en la empresa para el resto de sus restos. De sus días, queremos decir. No le interesaba el revuelo que nosotros pudiéramos ocasionar y muchísimo menos quería oír ni de lejos la palabra ‘huelga’: si ésta se producía era probable que el proyecto se fuera a pique y que todos acabáramos con nuestros huesos en las oficinas de desempleo. Aquel nuevo puesto de trabajo, en el que al parecer sólo se custodiaban los intereses de Rainer Müller, lo desempeñaba en su propio despacho del Betriebsrat mientras nosotros nos preguntábamos cuál sería entonces su cometido, en qué rellenaba los días. Una acción la suya, bastante lograda. Menudo cabrón.

BICICLETA. Una bicicleta era la primera adquisición en la que debía pensar un emigrante recién llegado a Berlín. Un must que otorgaba movilidad e independencia. Por menos de cincuenta euros era posible encontrar una de segunda mano en cualquier mercadillo de la ciudad. O gratis, si uno estaba lo suficiente avispado para localizar una sin candado en cualquier sitio. Un vehículo no motorizado que, aunque pudiera inducir a pensar lo contrario, no estaba exento de controles de alcoholemia. Algo que sin duda debía prever un alcohólico. Fuimos felices hasta que lo supimos. Controles policiales implacables que hasta tenían potestad para retirar el carné de conducir al propietario de la bici, si lo tenía. Amén de cuantiosas multas dolorosas. Los controles policiales en carretera eran extensibles a las bicicletas. Si por la noche te fallaba la dinamo o sencillamente no tenías luces disponibles, si te pillaban montando la bici y hablando por el móvil preparabas la cartera y el carné de conducir por puntos.

El carné por puntos era un método que siempre nos hizo mucha gracia por su posibilidad de trasladar el sistema a la vida. Naces con doce puntos: de ti dependerá el conservarlos, acrecentarlos o dilapidarlos con dispendio en un complejo entramado de bonificaciones y penalizaciones. Cero puntos implicarían la muerte. Quedaría planteada la cuestión de la inmortalidad por acumulación de puntos. Algo que se resolvería descontando el mismo número de puntos que la cantidad cumplida cada año. Asimismo, los puntos también se podrían canjear por móviles de cualquier compañía telefónica.

Volvamos a la bicicleta, ese medio de transporte con el que no podíamos acudir a nuestro puesto de trabajo en Potsdam ni aunque hubiésemos ganado el tour de Francia quince veces consecutivas. Facturar una bicicleta en funnyJet, como pieza de equipamiento deportivo, costaba veinticinco euros por unidad y trayecto, amén de las condiciones especiales requeridas para su facturación y transporte. Cierta vez se extraviaron las bicicletas de un equipo de ciclistas que iba a participar en no sé qué inminente competición de rango internacional. Y aunque no recordemos ahora cómo se resolvió aquel brete —pero seguramente no con suculentas indemnizaciones, nos tememos—, sí me puedo figurar la insatisfacción y el desconcierto de los ciclistas al verse impedidos a participar en una carrera que probablemente tampoco ganarían en aquella edición. Un deportista de élite no debería volar con funnyJet.

BIENVENIDO A FUNNYJET. Así comenzaba cada llamada sin saber todavía lo que iba a depararte. El tono al otro lado, la primera frase escogida eran de una revelación clarividente. Digamos que adquirimos ciertos conocimientos psicoanalíticos, la capacidad de nuestra paciencia se agigantó —cuando no conseguía lo contrario—, y nuestro aprecio por el género humano, lejos de dulcificarse, se corrompió. Podrido ya sin salvación. Al principio, era ésta nuestra valoración. Después comprendimos que funnyjet nos aleccionaba, en realidad, para valorar y despreciar en justa medida al género humano. Su aportación didáctica. La moraleja. Una curiosa contradicción. Malvenido a funnyJet, gritaba el subconsciente.

Digamos que nos volvimos compasivos y agradecidos con las personas que trabajan atendiendo al público. Comprensivo con ellos y con nosotros mismos. Ahora aborrezco con intensidad a aquellos que se ocultan tras una línea telefónica o detrás de un correo electrónico para escupir soberbia, altanería y sobre todo mala educación. Me aborrezco a mí mismo cuando lo hacía. Cuando llamaba a Telefónica para montar pollos memorables y vergonzosos que en alguna ocasión terminaron con las lágrimas de alguna inocente empleada que no supo defenderse con astucia, sobrevivir, al fin y al cabo, como hacíamos en funnyJet.

BILLETE ELECTRÓNICO. Un billete de estas características difícilmente podía concebirse en formato papel. Sin embargo, recibíamos llamadas a destajo en las que los usuarios nos transmitían una preocupación de analfabeto porque a pocos días de realizar el viaje aún no habían recibido los billetes en su domicilio. Nos tocaba ponernos entonces a su nivel y explicar que ni siquiera era necesario imprimir la confirmación de la reserva —como muchos temían que era indispensable—, sino presentarse en los mostradores de facturación con el código de la reserva y la documentación en vigor en los tiempos previstos.

BILLY WATSON. Este norteamericano del equipo inglés de funnyJet se jactaba de haber sido nada menos que marine destinado en misiones militares en Irak. Misiones administrativas, presumíamos, dado el aspecto esmirriado de su inexistente corpulencia física. Una vez me llamó ‘brave’ ¡sólo! por beber agua del grifo. Desde aquel momento dudé con todas mis fuerzas reunidas a favor del escepticismo que hubiera sido el menda aquel, marine. Vestía siempre de negro y siempre la misma ropa. Digamos que quizá el uso en el pasado de un uniforme le había marcado también ahora en la vida civil. Repelía a la gente como un insecticida eficaz a las cucarachas. No era que le tuviésemos miedo, sino que no nos interesaban sus batallas. Ni literales ni figuradas.

Decían que su semblante era el de un soldado atormentando que había causado un buen puñado de bajas mortales. La gente veía demasiadas películas. Oían la palabra guerra y en seguida se ponían a darle a la imaginación. De haber analizado todos los semblantes que se daban cita cada día en funnyJet, habríamos detectados a quince serial killers, a treinta y dos esquizofrénicos violentos, a siete violadores, a unas cuantas ninfómanas y a cuarenta y seis delincuentes juveniles entregados en cuerpo y alma al crimen organizado. También presumía de haber matado a un león con sus propias manos desnudas en misión africana. Palabras textuales, que nadie crea que son fruto del autor, por favor.

BONO (ver Credit file). Solista de U2 aparte, era lo que menos apetecía a un cliente como la solución a alguno de sus problemas en los que nuestra compañía estaba seriamente involucrada. El bono subsana-errores, generalmente atribuidos a los usuarios de funnyJet, tenía una duración de seis meses y permitía la compra de vuelos en nuestra compañía para las personas que el propietario del crédito decidiera. Rara vez se contentaban con esta medida. Cada vez que practicábamos uno de estos bonos, teníamos acceso a claves y contraseñas de los bonos a estrenar. Aunque el uso de bolígrafos, papel, teléfonos móviles teóricamente estaba prohibido en la empresa, resultaba tremendamente fácil colarse con ellos en el call center.

Queremos llegar al momento en que estos bonos fueron usados por los más tontos e ignorantes de nosotros: compraron vuelos para ellos mismos sin calibrar el alcance de sus fechorías. Aunque en algunos casos pudieron disfrutarlos, fueron despedidos en cuanto el fraude se descubrió. Todo quedaba registrado en aquella base de datos: a través de nuestros números de agente, a través de nuestros nombres.

BOOKER. En inglés en el original. Persona encargada de realizar la compra de los vuelos que no siempre coincidía con el pasajero. La figura del booker solía recaer muchas veces en secretarias incompetentes (si es que ambas palabras no se consideran redundancia), generalmente déspotas y altivas (si es que estas otras dos palabras sumadas a las anteriores, no se consideran redundancia), con las que era imposible dialogar ni llegar a un acuerdo. En definitiva, digamos que la ineptitud y la torpeza —astutamente, creían ellas, encubiertas con un despliegue de arrogancia sin precedentes— eran cualidades destacadas inherentes al booker. ¡Santo cielo! La de veces que tuvimos que oír, mientras reprimíamos una carcajada sonora —he aquí otra redundancia—, aquello de:

—A ver cómo solucionamos este problema. Yo he marcado al hacer la reserva el ocho de febrero y me han mandado una confirmación para volar el ocho de marzo. Vamos, que esto me lo tenéis que solucionar porque ha sido claramente un error de vuestra página.

En estos casos, nos deleitábamos con nuestra respuesta, con cada palabra, como si en realidad tuviésemos joyas de Cartier en la boca:

—Eso resulta un tanto inverosímil. Verá, para culminar una compra de vuelos hay que confirmar hasta seis veces que todos los datos son los correctos, que los vuelos seleccionados son los deseados, etc. Es por ello que no podemos modificar su reserva sin acogerse a las tasas de cambio que estipula la compañía.

Sí el booker, esto es, la secretaria, insistía en su derroche de incompetencia al que debíamos sumar ahora la antipatía, no nos quedaba más remedio que asestar:

—A menos que pueda usted probar que efectivamente ha sido un error de nuestro sistema, me temo que no hay nada que nosotros podamos hacer por usted. Lo sentimos.

Y luego, la frase estrella:

—¿Cómo puedo poner una reclamación?

Ponte la reclamación a ti misma, cariño, e intenta resolverla si puedes.

BUSCADOR DE VUELOS. ¿Cómo era posible que algunos buscadores de vuelos por internet ofrecieran tarifas más baratas que las de nuestra página web? Desgraciadamente, un agente al servicio de funnyJet era la última pieza de aquella cadena. El último peón. La punta de un iceberg de dimensiones grotescas. Si hubiéramos trabajado en el departamento de finanzas o en otras esferas dirigentes, sin duda, el contenido de esta historia resultaría más valioso.

Estos buscadores adolecían de lo mismo: uno no se enteraba con qué compañía low cost volaba hasta que la compra estaba validada. He aquí las sorpresas. Nadie se molestaba nunca en leerse las normas y condiciones de la compañía en las que nos amparábamos cada día para la resolución no favorable de casi todos los casos que se nos presentaban. funnyJet, por ejemplo, no aceptaba a menores de catorce años para viajar solos en sus vuelos ni contaba con servicio de compañía para estos supuestos. Nuestra página lo advertía desde el principio, pero estos buscadores, al parecer, no.

***

Estimados señores,

¿Por qué su página web trata de cobrarme un suplemento por material deportivo, un seguro de viaje, y un servicio de embarque rápido, si yo no quiero ninguno de esos servicios? No sólo vienen premarcados, sino que no se pueden desmarcar… Acaban de perder a un cliente por tratarnos como idiotas.

 

***

 

Estimado Sr. Martín:

Gracias por contactar con nosotros.

 

Lamentamos que haya tenido dificultades en efectuar algo tan sencillo y elemental como una reserva en nuestra página web. Se podría decir que es más complicado acceder al formulario que da acceso al mensaje que nos acaba de enviar, que realizar con éxito una compra en funnyJet.

Todos los cargos que nos menciona son OPCIONALES y no obligatorios, como usted indica. Y por supuesto que se pueden rechazar: simplemente debe desmarcar y ‘actualizar’. Por favor, le rogamos que preste mayor atención al proceso de reserva antes de efectuar quejas innecesarias, improcedentes y sin sentido.

No es nuestra intención provocar en nuestros clientes sensaciones equívocas como las que acaba de mencionar en su última línea, es decir, no pretendemos que nuestros clientes se sientan idiotas. Pero, si ha sido este su caso, ¡le damos la enhorabuena!

Le agradecemos una vez más que se haya puesto en contacto con nosotros y quedamos a su entera disposición para cualquier consulta adicional. En caso de necesitar nuestra ayuda de nuevo, utilice la sección ‘Contáctenos’ en nuestro sitio Web.

Atentamente

Carolina Gómez
funnyJet Atención al Cliente

 

Una historia de ficción que podría ser increíblemente real.

CONTINUARÁ…

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