Amor, sexo, soledad y «apps» en Berlín: “Hagamos un trío” y otras multitudes

por • 29 julio, 2015 • Actualidad, Alemania, Berlín Práctico, Imprescindibles, Internet, SociedadComentarios (0)4973

 

—¿Es usted feliz?
—Es algo difícil de expresar. Soy feliz y desgraciado al mismo tiempo.

Entre estos dos polos se debate la vida. ¿Qué nos hace felices? ¿Somos realmente felices cuando lo somos o se trata de una pose engañabobos? ¿Nos vemos forzados a ser o a parecer felices para que no nos tomen por depresivos o individuos no aptos para quedar o relacionarse; por inútiles o por fracasados? ¿Qué es la felicidad? La verdadera magia cotidiana consiste en saber desconectar. Algo harto difícil en las tecnologías que corren.

Como sucede con el ordenador o un smartphone, a veces también es necesario borrar elementos de nuestra mente para liberar algún espacio y funcionar mejor. “¿Está seguro de que desea eliminar los elementos seleccionados?”. Sí, por favor, proceda. Sin embargo, en la mayoría de los casos, no disponemos de los megas necesarios —por muy pocos que sean— que requiere cultivar el gusto por los pequeños placeres: “Hundir la mano en un saco de legumbres, partir el caramelo quemado de la crema catalana con la cucharilla o hacer rebotar las piedras en el canal Saint Martin”. En su lugar, activamos el antivirus repele-emociones Avast.

Vivimos encerrados en una caja blindada, instintivamente encogidos y equivocadamente protegidos. Refugiados en nuestra protectora y hueca soledad. Con nuestras emociones y sentimientos a salvo, y neutralizando el eco. En posturas insoportables que nos parecen hasta cómodas ya. Pensando en el amor como sinónimo de sometimiento o vulnerabilidad. Pensando, pensando, pensando. Pero la razón no lo es todo.

D (hombre gay residente en Berlín) conoció a S (joven gay residente en Florencia, estudiante de psiquiatría) en Gayromeo. Para Freud, a quien S admira, el amor es básicamente un fenómeno sexual. El amor como fenómeno racional, como máximo logro de la madurez, no es, para Freud, materia de investigación, puesto que no tiene existencia real. Para gran parte de la humanidad, entre la que se cuenta S, tampoco. “Hagamos un trío” era una de las frases que S le repetía a D unas cuantas veces al día durante los dos meses que duró aquella fugaz relación entre parajes Mediceos. Era su máxima manifestación de amor. Entre otras…: “No eres permanente. No vives aquí. No estamos juntos. ¡Es que no estamos juntos!”. Jule et Jim (et Catherine), una joya —no de las más deslumbrantes— de la Nouvelle Vague fue la primera película que vieron juntos. Quizá para acentuar —y quién sabe si también justificar— aquel ansia caníbal de colectivo sexual. D nunca olvidará a Truffaut.

Yo y mi tripulación

Dentro de cada uno de nosotros habitan multitudes, enardecidas muchedumbres interiores que no siempre comparten carácter, personalidad, opinión, raza, sexualidad o partido político; muy al contrario. Nuestro niño interior, el yo adulto, el observador… y una manada de depredadores, hambrientos cual hienas desesperadas después del primer día de Ramadán, habitan en nuestras entrañas. Fuerzas internas nos presionan, someten y explotan. Y no hace falta ser Jekyll y Hyde. Vivimos abrazados al sabotaje amoroso de Amélie Nothomb. Unidos —¿de por vida?— al autoboicot.

Somos parte de una tripulación que nosotros mismos capitaneamos, a veces con mayor o menor determinación. En ocasiones, nos cuesta mantener firme el timón, incluso dominarlo. Algunas otras, abandonamos sin miramientos el barco, cual Francesco Schettino al frente del Costa Concordia, con miles de individuos a bordo. Y otras, nos dejamos arrastrar por la marea o el tiburón, al estilo de El viejo y el mar, de Hemingway. La gesta del pescador cubano, como la de algunos de nosotros, tiene mucho de martirio y de peregrinación: “Mi pez tiene que estar en alguna parte”. Lo que nos remite al “All around the world” de Lisa Stansfield. O tal vez no. Y como el viejo Santiago, solemos caer en la ensoñación después de la derrota. Porque es estúpido no tener esperanzas. Ni expectativas.

Love Boat vs. Summer sadness

El otro día, F (hombre gay residente en Berlín) le contaba a P (hombre gay residente en Berlín) su último viaje a bordo de un crucero gay por el Mediterráneo occidental. Un itinerario en el que no eran muy necesarias las apps como Grindr o Scruff. “Bailamos pegados el ‘Summer sadness’ de Lana del Rey mientras me cantaba al oído ‘kiss me hard before you go’. Yo nunca había follado así con alguien, P. Cuando le miraba a los ojos sentía que veía dentro de su alma, y que él es para mí y yo para él. El éxtasis también ayudó lo suyo… El novio, sin embargo, era como para tirarlo por la borda”. Nunca estamos seguros de lo que los otros sienten o piensan; siempre hay un elemento desconocido y misterioso en la atmósfera. O en la cubierta.

“Le di mi número escrito en un papel. No sé si me escribirá… No sé qué tiempo prudencial debo esperar para escribirle en Facebook si no me contesta por Whatsapp. Y luego, a saber: el novio debe estar celoso, porque esto eran ya cuernos, por muy pareja abierta que sean. Ese nivel de profundidad, y esas cosas que me decía no son de persona que esté enamorada de su pareja. Una noche, el novio apareció en el camarote con una pizza en la mano mientras yo le comía la polla a su marido. Me encasquetó un cacho de pizza en la boca que yo escupí, porque no era ni el momento ni el lugar, claro”. Días después, ya en tierra firme: “Tengo que olvidarme de todo esto y recuperar mi vida anterior”. ¿Tú vida anterior?, ¿qué clase de vida es esa?, le pregunto P a F. “Quiero olvidarlo. No me trae nada bueno esto”. Muchedumbres enfrentadas. Contradicciones aceptadas. Lo de siempre.

Cómo hacerlo todo

Vivimos inmersos en una sociedad multitasking, engullidos por la cultura de la inmediatez. Una función multitarea omnipresente y universal, cuya hiperactividad no solo afecta al trabajo, sino a nuestras relaciones personales, al amor y al sexo. Un remedio de curandero para la soledad. O para la muerte. Un comprimido de distracción, una píldora quitapenas, soma.

Vamos rellenando post-its con las cosas por hacer, listas mentales de polvos con los chicos a los que nos hemos tirado o a los que nos gustaría cepillarnos, que pegamos con un imán en la nevera junto a la tira del Photoautomat. La gente no le hace ascos a nada. ¡Queremos vivirlo todo! ¿Se pierde alguien algo por estar en pareja? Se impone encarnar todas las posibilidades de la baraja. Incluso nos recreamos con frustración en aquellas vidas incontables que pudimos haber tenido a partir de todas las decisiones descartadas. Como si las asumidas fueran siempre erróneas, inadecuadas e insatisfactorias. Qué hubiera pasado si… ¡No tenemos remedio!

Pereza emocional

El amor no es una lista de tareas. Ni el sexo tampoco. Y la vida menos. Según un artículo publicado recientemente en El País: “Vivimos inmersos en la sociedad del rendimiento y la hiperactividad. Por supuesto, somos tremendamente productivos en nuestros trabajos, excelentes e imaginativos amantes y con una vida social rica, activa y variada… y el Facebook actualizado”. Sin embargo, al mismo tiempo que todos tratamos de estar tan cerca de los demás como sea posible, todos permanecemos tremendamente solos, inválidos por el profundo sentimiento de miedo e inseguridad.

Como autómatas, rotamos a toda mecha en nuestra órbita del entretenimiento rutinario. Adquiriendo siempre nuevas cosas (léase personas) y cambiándolas inmediatamente por otras. Un mundo (in)feliz: bien alimentados, bien vestidos, sexualmente satisfechos (a veces), y no obstante, sin yo, sin contacto alguno, salvo el más superficial que podamos manifestar en todo momento a través de cualquier app. Ya sabes: “Cuando el individuo siente, la comunidad se tambalea”. No interesa ni conmueve sentir. No obstante: “Todo el mundo es feliz hoy en día”. O lo parece.

En cuerpo y alma digital: Did you get your slice of happiness today?

De los mensajes de texto hemos pasado a los mensajes de audio, sin gama de grises intermedia. El teléfono, pensado en un principio para hablar, ha terminado convertido en una especie de telégrafo. Y en una cámara. ¿Las palabras? En iconos, cual código Morse poscontemporáneo o jeroglíficos digitales: «Me puso una ristra de smileys sonrojados, significará que le gusto o simple vergüenza ajena?». Se evita la conversación en tiempo real. Y luego nos quejamos de que nuestras citas no prosperen. Aunque casi siempre tienen mucho de intercambio de CV, salir airoso de una primera cita se ha vuelto más complicado que concluir una entrevista laboral con un trabajo debajo del brazo. P es de ese tipo de personas. Sortear una cita con éxito requiere de mucha brillantez, no solo de físico, ropa y complementos.

M (mujer heterosexual residente en Berlín) continúa vía Facebook su juego de seducción en cuerpo y alma digital con el artista italiano. Ya casi visualiza la boda en París. Lo cual no impide que su función multitarea siga activada y abarque también otros ámbitos. O los mismos de siempre: “Estuve en Berghain. No encontré a A, se me apagó el teléfono. Vi de pasada a L en el lavabo, creo que ella no me vio… Ya no ligo nada ahí. Berghain era mi reducto para ligar, así que ya no tengo ningún reducto. Como imaginarás, sigo en modo apps, aunque no tanto. Ahora estoy centrada en ÉL. Mira, un cursi me ha escrito en Tinder; es megafeo, no hay nada interesante que contar. Pero el mensaje es de traca: Did you get your slice of happiness today? Mine was a slice of mozzarella and a smile«.

Continuará…

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Daniel Zimmermann para BA © julio 2015

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