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Nación Low Cost: Alfa

por • 3 mayo, 2011 • MISC., Nación Low Cost (la novela de BA)Comentarios (0)2048

La novela por entregas de BA

Una historia de ficción. Por Daniel Zimmermann

 

A ver si esto no es raro. ¿Cuál es el peor trabajo que has tenido jamás? ¿Qué es lo más frustrante que recuerdas? ¿Comparten estas preguntas una sola respuesta? ¿A partir de cuántas golondrinas se puede creer en algo? ¿Cuánto es el máximo de latidos que podremos contar todavía? Inevitablemente, siempre te estrellas contra lo que intentas evitar. Cuando no se tiene presente hay que tomar precauciones para el futuro. Olvídate del mapa, pero no te olvides del tesoro. Lo que quiero decir es que nunca se sabe dónde va a aparecer un tesoro escondido. No os riáis, pero hay trabajos peores que el peor trabajo que te puedas imaginar. Otra prueba más de que tu Dios no te socorre. Este desastre te afecta. Y recuerda que siempre hay más malas noticias. Y que cuando las cosas se ponen duras, sólo las personas duras continúan.

***

Me levanto a las cinco de la mañana para ir a Londres. Llego al aeropuerto y… una cuestión irreal: ¿Cómo es posible que no haya tripulación? Hay pasajeros, hay avión, hay dos chicas en el mostrador a modo de mujer-jarrón, y… no hay tripulación. De verdad, yo os pregunto: ¿Esto no es indignante? Para mí es eso y mucho más. No hay información, no hay soluciones, sólo un retraso de cuatro horas o más y un cabreo monumental. Nos invitáis al desayuno, bueno, a un snack, que así lo llamáis, y os pensáis que eso es una solución. Ja, ja, ja. Si esto es una compañía aérea, prefiero volar en un avión de papel. INDIGNANTE.

***

Durante toda mi vida me había seguido los pasos la noticia de mi derrota, hasta que al final me dio alcance. funnyJet era una especie de sitio al que tus padres te dicen y te repiten y te ruegan que no vayas nunca. Pero también una especie de pequeña equivocación que te evitaba una mayor más adelante si eras listo. Allí estábamos a salvo de la persecución del éxito monetario que caracterizaba a la clase media. Queda digno y elegante, ¿verdad? Digamos que nos defendíamos desesperadamente con uñas y dientes del descenso. Resumiendo: nuestra situación económica era de las peores.

Un glorioso pedazo de mierda con incrustaciones de diamantes. Eso fue lo que significó para nosotros trabajar en funnyJet. Puede que eso mismo sea, al fin y al cabo, la vida. Ya se sabe —o deberías saber— que la mierda, como la basura o Starbucks, también es un fenómeno global. ¿Los diamantes? Are the girls best friends. Era difícil trabajar para una compañía aérea donde todos sus clientes se vestían con uniforme de víctima a diario. Uno de esos trabajos que atan los días en el calendario y los hace iguales. Los días de cobrar eran buenos. No por la abultada cantidad que no recibíamos, sino por la facultad de pagar deudas y vicios —a veces deudas de vicios— cada primera semana del mes. Digamos que el día de cobrar era un día engañosamente feliz.

Como navegantes arrastrados por una gran ola, nos encontramos fuera del camino de nuestras vidas. Convertidos en meras piezas de engranaje de una multinacional sin apuros. Una cinta de montaje a la que llegamos semi completos sobre la que terminamos viendo pasar los restos de lo que nos convertimos. Nos sentíamos al principio de algo y al final de algo. Inacabados. Interrumpidos. Llenando la vida de tiempo perdido. Nuestras patas se merecían un cepo mejor en medio de aquel bosque despiadado. Soñábamos con correr pruebas de velocidad, pero nos sorprendimos al vernos involucrados en pruebas de resistencia. Y todos nos señalaban con el dedo. Querían ver cómo nos agotábamos corriendo cada vez más despacio. Perdidos entre el gran pelotón. Entre la multitud uniforme. En aquella época los días tenían los bordes afilados como una lata de sardinas en escabeche. Nada de suerte para entonces. No teníamos el corazón de plomo ni grandes planes para el futuro.

Convendría actualizar, al menos una vez al día, la lista de cosas por las que merece la pena vivir. Y luchar. Y actuar. Antes de que sea demasiado tarde. Lo experimentábamos casi todo en la voz pasiva. Y la pasividad sólo queda muy bien en según qué camas. En la vida, afrenta. Sobre todo cuando se adhiere a ti como la sarna.

Visto ahora desde el barco, nada parece tan asqueroso, pero allí, en el agua, todo estaba oscuro, más bien marrón bajo los pies y había que ser muy bueno para no hundirse. Por aquel entonces, nadábamos en la superabundancia de lo cutre, flotábamos junto a todas las heces que jamás hayas podido imaginar. Ni contar antes de dormirte. Quizá por eso trabajáramos en funnyJet —aerolínea low cost líder del sector— y tú volaras tan a menudo con nuestra compañía, a pesar de las severas y recurrentes amenazas vertidas en cada reclamación en las que siempre manifestabas tajantemente que nunca más lo harías. Pero, cosas de la vida, siempre acabábamos dándote nuevamente la bienvenida a bordo. Seguías apostando al mismo jinete aunque supieras de antemano que el caballo había muerto. Trabajar allí era una vulgaridad desde el punto de vista físico, estético y semántico. Sin embargo, hicimos de nuestro destino de paria algo antiheróico. No había nada en nosotros en grandes cantidades, pero lo que había era bueno desde algún punto de vista.

Puede que la calidad, lo óptimo, hubiera sido sobrevalorado en exceso, a efectos de procurar la felicidad, la comodidad, la satisfacción, y nosotros no nos hubiésemos enterado. Nos contentamos durante una larga temporada trabajando para una empresa que aborrecíamos, desempeñando unas labores que detestábamos, para las que no era provechoso nuestro paso por la universidad ni necesario el currículo brillante que en realidad poseíamos. Pero seguimos adelante. O quizá aquello no fue más que un burdo retroceso, un paso atrás, como vulgarmente suele decirse.

Nos acomodamos, si es que esa apreciación podría equipararse al trabajo que desempeñábamos y sobre todo a las condiciones a las cuales ese trabajo estaba asociado: muy lejos de calificarse de confortables. Trabajar en funnyJet era lo más parecido a tomarte una copa de una bebida que no te gustaba, y estamos siendo muy condescendientes en esta apreciación, ya que a muchos de nosotros se nos hubiera podida catalogar de bebedores destacados. Trabajar allí era lo mismo que abrazar a gente que olía mal. Podía hacerse, claro. Digamos que nos conformamos. Y nos dedicamos a ser positivos: a más cambio climático, más mar, ¿no? Allí permanecimos un lapso de nuestras vidas ya perdido para siempre. En parte por costumbre, en parte por sentimentalismo. Digamos que una especie de embotamiento parecía enturbiar nuestros sentidos.

Pero si eras tú el que volaba con funnyJet, ser más optimista se convertía en un requerimiento de primera necesidad. Una cualidad, una exigencia, que prevalecía sobre el chaleco salvavidas. Más tarde seríamos nosotros los que nos tragaríamos toda tu mierda y la de la compañía para la que no trabajábamos directamente: estábamos subcontratados. Y ya sabes lo que dicen: uno siempre tiene que ponerse al mismo nivel de lo que examina.

Por fortuna, todos conseguimos desplegar ese mecanismo de defensa tan conmovedor, práctico e inteligente, esencial para la vida y que no todo el mundo es capaz de reconocer y mucho menos desarrollar, que nos permitió sobrevivir a aquella experiencia amarga y traumática: el humor. El diamante más valioso que condecoraba la plasta. La corona resplandeciente de aquel excremento infame. La nota distintiva gracias a la que resistimos aquella avalancha de porquería todo lo que nos fue posible. Aquella neblina marrón pardusca era tan espesa que resultaba incluso difícil ver a través de ella. Nuestro espíritu, que allí había caído más bajo todavía, se elevaría, tarde o temprano, hacia nuevas alturas de aquella manera. De sentirnos miserables como la calderilla, a la sensación opulenta del millón de euros.

Trabajar como agente de servicio en atención al cliente para funnyJet, consiguió accionar un botón en nuestras cabezas que conectaba directamente con la imaginación. Al poco empezamos a desarrollar una porción de tontería, teorías estúpidas e historietas absurdas: ¿Y si en lugar de vender viajes programados para un futuro inmediato, pudiéramos efectuar reservas para adentrarnos en el pasado? Poder visitar una ciudad en un periodo singular de su historia —pongamos por caso— durante los últimos veinte años. Cada compañía contaría con sus propios paquetes históricos promocionales, y los tours operadores, pues más. Berlín antes de la caída del muro. Acceder a lo más alto de las Torres Gemelas antes de su fatídico declive. Descubrir los entresijos de la movida madrileña cuando aún no era un recurso tan manido. Vivir en primera fila los disturbios del sesenta y ocho. Aquellos Juegos Olímpicos aciagos de Múnich. Cambios en la historia. Celebraciones. Periodos brillantes y vergonzosos. Donde viajar a la antigua Roma, Atenas, Egipto monetariamente equivaldría a un viaje actual a las estrellas. No seríamos nosotros quienes limitáramos la rentabilidad de una empresa.

—Bienvenido a funnyJet, le atiende…, ¿en qué puedo ayudarle hoy?
—Quisiera hacer una reserva para Londres el próximo fin de semana. No quisiera perderme por nada del mundo, el aniversario de la muerte de Lady Di.
—¿Y no le interesaría mejor estar allí para su boda con el Príncipe Carlos en julio de 1981? Tenemos plazas disponibles y todavía está a tiempo para acceder a una de nuestras atractivas ofertas con hotel y coche incluidos. ¿Quiere que reserve esto para usted?

Ésa fue sólo una de las cosas descabelladas que se nos ocurrían para amenizar la tortura diaria en forma de llamadas y correos electrónicos que recibíamos continuamente de usted. Todo habría resultado más apasionante de aquella manera. Pero no fue así. Digamos que la última visita de Kennedy a Dallas comparado con aquello le habría parecido una dulce caricia, un beso en la mejilla, un abrazo espontáneo entre dos hombres heterosexuales.

Insatisfechos de nosotros mismos, aunque cualquiera allí afirmaba estar sólo de paso, el tiempo nos unió como pegamento más de lo que habríamos deseado. La experiencia nos hermanó. Luego llegó un momento en que todo lo que nos unía se convirtió en antagonismos. Hacíamos todo lo posible para que todas nuestras desgracias parecieran más hermosas, dignas de ser contadas. Escritas. Y los vicios comunes nos acercaron. Allí todo el mundo se metía, o se había metido, o lo había dejado o tenía amigos que se metían. Y luego cabían dos actitudes: o tolerabas a los que se drogaban, o te oponías enérgicamente y en plan fundamentalista católico contra su hábito haciendo todo lo posible por censurarlo. Digamos que en funnyJet, al menos las drogas de diseño estaban allí donde pusiera un pie alguno de sus empleados. Era como montar a caballo o practicar la vela en la alta sociedad; no es que lo haga todo el mundo, pero el estilo cultural general está influido por el hecho de que muchas personas de ese estrato social lo hacen.

En los momentos de insatisfacción o desgracia, el hombre busca consuelo en la unión de su tristeza con la tristeza de los otros hasta convertirla en un sucedáneo de amarga alegría. Ya sabes, los adictos se juntan. Nos encantaba el desastre. Y nos encantaba lo que venía después. Digamos que éramos gente que estaba genética o ambientalmente programada para enamorarse del riesgo. Allí todos éramos la terapia de los demás. Cualquiera podía ser nuestra propia droga, la sobredosis diaria para soportar con estoicismo hedonista nuestro paso por funnyJet. Un bálsamo que nos permitía seguir residiendo en la ciudad que amábamos por encima de todo: Berlín. Berlín, aquel espacio, aquellas gentes. Con su natural abandono. Hay ciudades que actúan como una droga y Berlín era una de ellas.

Al fin y al cabo, aunque la nómina no era para tirar cohetes, ni sobre todo para comprarlos, nos permitía pagar buena parte de las facturas y mantener a flote nuestros hábitos malsanos. Berlín todavía seguía gozando de uno de los estilos de vida cuyo coste era de los más bajos de Europa. Y nosotros todavía no hablábamos alemán. No podíamos acceder a puestos de trabajo cualificados. Cuando encontrar trabajo en Berlín era tan fácil como dar con un yacimiento de uranio.

No se podía decir que tuviéramos una escala de valores bien definida. Cada uno de nosotros tenía su propia forma de hacer las cosas y eso era lo que teníamos en común. Y que todos queríamos estar muy lejos de donde habíamos nacido. Y digamos que nunca acabamos de perder el entusiasmo de encontrarnos por fin en Berlín. Como expatriados o transeúntes, qué más da. La vida era como un cajón: las cosas que veías en él cuando lo abrías, habían de interesarte un poco. Y si consideramos que Berlín era el cajón, lo que encontramos en él no estaba mal del todo.

Vivir hasta que te mueres es un trabajo muy duro. Ya lo creo. Y no remunerado, la mayoría del tiempo. Una suerte de esclavitud. Mientras cotizamos en la seguridad social que es la experiencia. En funnyJet, en contra de lo que pudiera parecer, vivimos momentos únicos, y lo digo ahora que todavía siento simpatía por aquel recuerdo, por aquella experiencia profesional. No sólo por la imposibilidad de ir atrás en el tiempo y recuperarlos, sino por la singularidad de los mismos. Si nos concentramos en la evocación, quizá podamos sacar a esta historia los más brillantes destellos anegados en toda aquella porquería. Quizá no.

Una historia de ficción que podría ser increíblemente real.

CONTINUARÁ…

 

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